El Alcalde: el pueblo bajo el yugo del CJNG
Entre el silencio, el abandono y el miedo, pocas familias sobreviven bajo la vigilancia del crimen organizado
Apatzingán, Michoacán.- Hay pueblos donde la ausencia del Estado explica el miedo y El Alcalde pertenece a una categoría todavía más amarga: ahí el miedo sobrevive incluso en presencia del Estado.
A unos cuantos metros de una Base de Operaciones Interinstitucionales (BOI), las desapariciones, las amenazas y el control del crimen organizado siguen escribiendo la rutina de una comunidad que aprendió que una patrulla no siempre significa protección.

Los habitantes ya no distinguen los días por el calendario, sino por las ráfagas de fusil, por el zumbido de los drones y por la incertidumbre de quién no volverá a casa.
La violencia dejó de ser una noticia extraordinaria para convertirse en el clima permanente del pueblo, una sombra que acompaña cada conversación y cada paso sobre los caminos de terracería.
«Aquí nadie quiere que lo graben»
Cuando la conversación se acerca a los nombres de quienes controlan la región, las voces bajan hasta convertirse en murmullos.
Los pobladores aceptan hablar, pero casi todos ponen la misma condición antes de comenzar: apagar la cámara, guardar el teléfono y no registrar sus rostros. En El Alcalde la identidad también puede convertirse en sentencia.
No es timidez ni desconfianza hacia los periodistas, es miedo, pues explican que cualquier fotografía, cualquier video o cualquier declaración puede terminar en manos de quienes patrullan los caminos antes que en las autoridades.

Las palabras salen fragmentadas, como si incluso el aire pudiera delatarlos, sin embargo, entre conversaciones discretas y frases pronunciadas casi en secreto, las demandas aparecen una tras otra.
Dicen que el principal problema ya no son solamente las balaceras, lo más grave es que no pueden trabajar sus parcelas, porque los grupos criminales utilizan esos caminos para desplazarse y los mantienen sembrados de minas explosivas. La tierra que antes alimentaba a las familias terminó convertida en territorio prohibido.
Los limonares permanecen abandonados y alrededor de 400 hectáreas dejaron de producir desde el año pasado. La economía del pueblo se secó al mismo ritmo que sus calles.

Quienes aún permanecen sobreviven trabajando apenas dos o tres días por semana, en una pequeña franja donde la delincuencia todavía no ejerce un control absoluto. Hay jornadas que apenas dejan 35 pesos y otras, con suerte, alcanzan 400 pesos.
Los pobladores calculan que casi el 70 por ciento de los habitantes abandonó la comunidad. El contraste es evidente, donde antes vivían cerca de 300 personas, hoy apenas quedan alrededor de 50.
Las desapariciones, el desempleo y la imposibilidad de salir a trabajar son las razones por las que El Alcalde se convirtió en un pueblo fantasma.
También hablan del abandono institucional, pues aseguran que los maestros llegan tarde o simplemente faltan por las condiciones de inseguridad y recuerdan que la alcaldesa Fanny Arreola sólo visitó la comunidad «de entrada por salida» el pasado 6 de enero, desde entonces nadie ha regresado para ofrecer soluciones a quienes decidieron quedarse entre las ruinas de su propio pueblo.

Así, sin nombres y sin voces registradas, los habitantes dejaron un mensaje que pesa más que cualquier declaración grabada: el crimen organizado les arrebató el trabajo, el campo y la tranquilidad; el miedo les arrebató incluso la posibilidad de contar su historia en voz alta.
El silencio se volvió un mecanismo de supervivencia. No denunciar, no señalar, no preguntar demasiado y no aparecer en ningún medio forman parte de las reglas no escritas con las que intentan permanecer vivos en una comunidad donde el miedo aprendió a esconderse detrás de la prudencia.
Las siglas pintadas sobre el miedo
Los muros donde antes había anuncios de refrescos, campañas políticas o fiestas patronales, hoy permanecen cubiertos por tres letras que parecen vigilar el pueblo incluso cuando las calles están vacías.
El grafiti del CJNG aparece en una barda, y contrasta con un crucifico que rememora las supuestas palabras de Jesús previo a morir en la cruz: “Padre por qué me has abandonado”.

Las siglas permanecen visibles, nadie se atreve a borrarlas, hacerlo sería entendido como una provocación. En El Alcalde hasta una brocha puede convertirse en un acto de rebeldía.
Las paredes terminan diciendo lo que las personas prefieren callar. Funcionan como un recordatorio permanente de quién impone las reglas en el territorio y de quién decidió apropiarse incluso del paisaje.
No hace falta que haya hombres armados en cada esquina, basta con esas cuatro letras para comprender que el miedo también puede escribirse sobre el concreto.
Los pobladores pasan frente a ellas sin mirarlas demasiado. Han aprendido a convivir con esos mensajes igual que con los retenes clandestinos, las balaceras nocturnas y el zumbido de los drones, porque en El Alcalde, antes que borrar un grafiti, lo urgente sigue siendo sobrevivir un día más.
«Aquí la BOI está, pero el miedo también»
Los pobladores hablan de los militares sin levantar demasiado la voz. No es respeto, es resignación, ya que, a pesar de que la base permanece instalada en la comunidad, ellos aseguran que su presencia no ha logrado devolverles la tranquilidad que les arrebataron los grupos armados.
Para ellos, los uniformes y las armas oficiales forman parte del paisaje, igual que las camionetas de civiles armados que recorren los caminos con la misma libertad.



El río, que antes servía para refrescar las tardes de calor y alimentar los sembradíos, terminó convertido en un sitio donde con demasiada frecuencia aparecen cuerpos abandonados por la violencia.
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El camino donde manda otro gobierno
Las brechas que conectan El Alcalde con las demás comunidades parecen caminos rurales, pero en realidad funcionan como fronteras invisibles. Quien las recorre sabe que, en cualquier curva, el poder cambia de manos.
La propia regidora Carmen Zepeda Ontiveros lo comprobó cuando regresaba de entregar alimentos y medicamentos a familias desplazadas. Primero fue interceptada por hombres armados que la interrogaron. Después, unos kilómetros más adelante, otro grupo la retuvo durante media hora.
«Nos pusieron las armas en la cabeza», narró. «Nos acusaban de pertenecer a otro cártel y me dijeron: ‘Si usted vuelve por aquí va a aparecer muerta en el río'».

La amenaza no necesitó más palabras, bastó esa sentencia para entender quién impone las reglas en esa carretera.
Los agresores revisaron cada rincón del vehículo. «Con una varilla rompieron partes del interior. No sé qué buscaban», narró la regidora.
Fotografiaron sus identificaciones, registraron sus pertenencias y la dejaron marcharse únicamente después de advertirle que la próxima vez no habría regreso.
Cuando la ayuda humanitaria necesita permiso
Llegar con despensas o medicamentos a El Alcalde ya no depende solamente del estado de los caminos, sino también requiere atravesar una geografía gobernada por el miedo.
Mientras interrogaban a Carmen Zepeda, algunos de los hombres armados se burlaron de la ayuda que llevaba a las comunidades.
«En su territorio la gente no ocupaba nada», le dijeron con ironía. Después añadieron otra frase que revelaba la disputa por el control de la región: «Los Templarios tenían a la gente con hambre», señala.

No buscaban alimentos. Querían información. «Preguntaban cuánta gente armada habíamos visto en el Valle de Acatlán. Decían que allá había muchos malandros armados», relató la regidora.
La ayuda humanitaria terminó convertida en un interrogatorio sobre los movimientos del grupo rival.
Un pueblo donde quedarse también es resistir
A pesar de todo, El Alcalde sigue habitado. Permanecen quienes no tienen otro destino, quienes se niegan a abandonar las tierras heredadas por sus padres o quienes simplemente saben que empezar de nuevo, lejos del pueblo, también significa perderlo todo.
Las casas están abandonadas, los animales siguen buscando sombra bajo los pocos árboles y algunos pobladores insisten en permanecer, aunque lo hagan con cautela.

Quizá la imagen que mejor resume a El Alcalde sea esa contradicción imposible de explicar para quien nunca ha vivido una guerra: un destacamento militar instalado en el corazón del pueblo y, al mismo tiempo, habitantes que suplican a quienes intentan ayudarlos que no vuelvan, porque en El Alcalde, cuentan ellos, el verdadero límite ya no lo marcan los retenes oficiales, lo marca el miedo, y ese, dicen, sigue teniendo dueño.





