Morelia, Michoacán.- La entrada de la Renovadora de Calzado Rojas, sobre la calle Eduardo Ruiz, es sumamente discreta, de esas fachadas por las que pasas rápido y no imaginas lo que hay detrás. Marcada con el número 356-B, a una cuadra de donde estaba la antigua central de autobuses, la puerta se abre a un taller largo y de techos altos sostenidos por viejas vigas de madera.
Al cruzar el umbral, el ambiente se tiñe por el olor de las reparaciones del calzado, hileras abarrotadas de zapatos y paredes de un verde pastel que el tiempo y la humedad se han encargado de descarapelar poco a poco. Es la Renovadora de Calzado Rojas, uno de los locales con más historia en el primer cuadro de Morelia.
«Mi lema es abrir temprano. Tener mi hora fija: a las 9:00 de la mañana, llueva o truene, aquí tengo que estar. Aunque esté enfermo. ¿Por qué? Porque el cliente merece respeto. Si vienes a un lugar y está cerrado, te vas. Llevamos casi cuatro décadas aquí aguantando, no es de que «ay, hoy no voy a abrir»», platica don Roberto de 57 años, mientras arregla un calzado al ritmo de una canción romántica de Los Baby’s que sale de una bocina.
El negocio es familiar, pero no de esos donde todo fue fácil desde el inicio. Actualmente trabajan ahí don Roberto, su esposa, su hijo, a quien de joven no le llamaba la atención el oficio, su nieta y un ayudante.
Todo comenzó cuando su hermano se vino de Salamanca; su papá le consiguió este local y se quedó un tiempo al frente mientras se abría.
Con los años se expandieron. Don Roberto llegó como trabajador hace 29 años y después, cuando la central de autobuses se movió y el comercio se vino abajo en el Centro, su hermano ya no podía con los gastos. «¿Sabes qué? Quédate con el negocio», le dijo.

Para pagarle las máquinas y el retiro, don Roberto le estuvo pagando de a poco la maquinaria y el negocio por dos años. Ya lleva 18 años como propietario.
De no querer ensuciarse las manos a heredar el oficio
El oficio de zapatero no le gustaba a don Roberto cuando estaba joven. Quería andar limpio, como cualquiera a esa edad. Pero la necesidad y el compromiso de sacar adelante a sus hijos lo hicieron agarrarle amor a las suelas. Su papá era originario de Moroleón y hacía zapato nuevo en Valle de Santiago e Irapuato; de los cinco hermanos hombres, todos aprendieron, incluso uno que ahora es médico internista.
«Difícil no fue aprender porque soy muy observador. Hubo un tiempo en que me llevé a mi esposa y me puse a trabajar. Empecé a quitar tapas y todos se me quedaban viendo porque yo antes solo era dependiente de mostrador, no reparaba. Mi papá le dijo a mi hermano: «A ver, chéquenmelo porque no sabe trabajar», y resultó que sabía más que todos. ¿Cómo? De estar viendo nada más», recuerda mientras entrecierra los ojos para revisar con precisión milimétrica la costura de una gruesa suela de hule negro.
A ras de suelo, el viejo piso de mosaico con figuras geométricas de triángulos rojos y crema resguarda los pasos de las decenas de clientes que entran a diario.
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Sobre esa superficie gastada descansan a veces pesadas botas vaqueras con costuras bordadas detalladamente, esperando a que las manos del artesano les devuelvan la vida o les coloquen cierres nuevos.
Esa misma resistencia a la labor la vivió con sus hijos. De tres hombres y dos mujeres, a casi ninguno le interesaba pararse en el taller. Sin embargo, la falta de oportunidades hizo que uno de ellos entrara al quite.
El joven trabaja en una empresa por las noches y por las mañanas se encierra en el taller, lleno de botes, cepillos y herramientas de metal, dándole vueltas al pesado volante de hierro de las máquinas de coser y cortar.

Don Roberto dice que salió buenísimo para reparar zapatos. «Un día me dijo: «Papá, ¿por qué no me regañas como a los otros trabajadores?». Le digo: si haces las cosas mal, te regaño, pero es muy bueno, la verdad».
La pelea contra el calzado chino de 200 pesos
Con la transformación del Centro Histórico, los talleres tradicionales han ido desapareciendo. Ya no están El Imperial ni el taller de don Chuchito en la Vasco de Quiroga.
Ahora, la competencia más pesada viene del comercio informal y de las tiendas chinas, que inundaron las calles con calzado barato que se desarma a las pocas semanas.
Colgados entre chamarras de piel en reparación y la lona principal del negocio, resaltan varios letreros de advertencia escritos con marcador sobre cartulinas: «50% de anticipo. Después de: 30 días no respondemos por ningún trabajo». Es la dura regla de un negocio que necesita asegurar cada centavo para sobrevivir al día.
«Los chinos echaron a perder todo el negocio. Un zapato chino te cuesta 200 pesos, pero ¿cuánto te dura? Un mes o dos. En cambio, uno de calidad te dura años, pero la gente no lo sabe. Los chavos ya no quieren arreglar zapatos, prefieren comprarse otros nuevos, aunque luego vienen a decirnos que siempre sí se los arreglemos porque los nuevos no aguantaron nada», comenta don Roberto.
Para el zapatero, la clave para mantener el local abierto durante cuatro décadas ha sido la honestidad con la gente de Morelia. Si un zapato ya no aguanta el arreglo, prefiere no recibirlo.
«Yo soy sincero: si va a quedar mal, mejor no le invierta dinero, para qué le voy a quitar un peso que va a tirar a la basura. Si no hablas con la verdad, el negocio no funciona».

Esa misma derechura ha hecho que al taller llegue calzado no solo de Morelia, sino de clientes que mandan sus cosas desde Uruapan, Apatzingán, Guadalajara, la Ciudad de México y hasta migrantes que mandan sus botas desde Chicago.
«A veces me quedo pensando de que habiendo tantas reparadoras allá, me los mandan aquí. Me dicen que les da confianza. Yo me debo a la gente; si tienes mal genio, se te van. Aquí hay personas que si no me ven a mí en el mostrador, mejor ni dejan sus zapatos», concluye antes de regresar al banco de trabajo, bajo la luz de los focos que cuelgan del techo, listos para arreglar otra suela y seguir dándole vida a lo que otros dan por muerto.





