Columna Acueducto | Samuel Ponce
• Entre el rostro de la exigencia: Las Tarascas cubiertas de pañuelos morados, pintas de protesta, demandas estudiantiles o el luto social; el espacio donde Morelia grita cuando algo duele; y el rostro del desahogo: Las Tarascas rodeadas de banderas, espuma, familias enteras saltando, alcohol y camisetas; el lugar donde la ciudad olvida sus problemas cotidianos para unirse en un solo grito de gol.
LAS TARASCAS: DEL DOLOR DE LA PROTESTA A LA EUFORIA DE LA VICTORIA
Sin duda, hay un punto en la geografía moreliana donde el bronce no solo adorna, sino que respira, ríe, llora y, sobre todo, aguanta. Se trata de la fuente de Las Tarascas. Custodiada por el imponente Acueducto, esta glorieta una de las aduanas obligadas de la identidad michoacana: un preciso rincón urbano, en donde la ciudad decide dividirse entre la furia de la exigencia social y el éxtasis absoluto de la fiesta popular:
1.- La noche en que la moral colonial secuestró la fertilidad | Para entender por qué todo el mundo corre a Las Tarascas, hay que mirar su pasado de censura. Corría el año de 1965. La fisonomía original del monumento —tres mujeres indígenas de cemento cargando una batea de frutos con el torso completamente desnudo— quitaba el sueño a la sociedad más conservadora de la época.
La leyenda cuenta que los suspiros de indignación llegaron a oídos de la primera dama de la nación, Eva Sámano, quien calificó la obra de «fea e indecente».
La respuesta oficial fue un golpe de nocturnidad: el 25 de agosto de ese año, bajo el amparo de la madrugada y las sombras, un operativo gubernamental desmontó la estructura. Al amanecer, los morelianos hallaron un vacío desolador.
Durante casi dos décadas, el mito urbano alimentó la sospecha de un robo internacional o una venta clandestina, mientras las princesas purépechas yacían arrumbadas en bodegas municipales.
La posterior colocación de una fuente abstracta apodada despectivamente «El Huarache» solo avivó la nostalgia. Sin embargo, en 1984, la justicia estética llegó en forma de bronce gracias a la réplica exacta de José Luis Padilla Retana. El pueblo había recuperado su tótem.
2.- El punto de partida de las causas airadas | Por su diseño urbanístico, Las Tarascas se convirtieron en la válvula de escape de la política michoacana. Al ser el inicio de la Avenida Francisco I. Madero, marchar desde ahí es garantizar el bloqueo del corazón capitalino.
Por décadas, el asfalto que rodea a las princesas Atzimba, Eréndira y Tzetzangari ha escuchado las pisadas firmes y consignas de sindicatos, transportistas y estudiantes normalistas; estos últimos, rostros cubiertos con capuchas, a veces contrastando con la rigidez de los operativos policiales que hoy cuidan el entorno.
Pero el espacio también muta con los tiempos. En los últimos años, el monumento de la fertilidad ha tomado un significado de lucha contemporánea.
Cada 8 de marzo, las Tarascas amanecen con pañuelos morados y verdes al cuello, y su agua es teñida de un rojo denso y simbólico. Ya no es solo la herencia indígena; es el epicentro de la protesta contra la violencia de género, el lugar donde el bronce se hace eco del dolor y la exigencia de justicia.
3.- El desfogue del frenesí futbolístico | Sin embargo, basta un silbatazo final para que la solemnidad de la protesta se disuelva y dé paso a la locura. Cuando la Selección Mexicana sella un pase a octavos de final en el Mundial, o cuando el Atlético Morelia sacudía las redes de la gloria, Las Tarascas se transforman en una monumental pista de baile y carnaval.
La memoria colectiva resguarda anécdotas memorables de este frenesí. En los noventa y dos mil, la travesura clásica consistía en vaciar bidones de detergente en el sistema hidráulico; las bombas hacían lo propio y en minutos se formaban montañas gigantes de espuma que invadían los carriles viales, provocando batallas campales de pura diversión entre automovilistas atrapados.
El rito de iniciación de los más audaces —o más alcoholizados— siempre fue el famoso «piquero»: burlar las vallas y a los uniformados para trepar el monumento y echarse un clavadito en la batea de frutas de bronce. Una hazaña de alto riesgo que hoy obliga a la Policía de Morelia a desplegar cercos monumentales de hasta 100 agentes para evitar que el peso de la euforia colapse el patrimonio histórico.
4.- La estampa reciente: lluvia, baile y cerveza gratis | El festejo más reciente tras el contundente 2-0 de México contra Ecuador sintetiza perfectamente este fenómeno. Ni una tormenta eléctrica previa ni la persistente lluvia intermitente lograron amilanar a la marea tricolor.
La Avenida Madero se cerró por completo al tránsito para dar paso a un bailongo masivo al ritmo de «Payaso de Rodeo», «La Chona» y los inevitables tradicionales sones.
Y, como cuando México derrotó 3-0 a Chequia, la ley seca en la vía pública fue rebasada por la fraternidad callejera: un aficionado apareció con un barril entero de cerveza para repartir vasos gratis a cualquiera que se uniera a los saltos.
La policía, en un acto de prudencia urbana, optó por tolerar la fiesta y concentrar sus esfuerzos en el blindaje estricto de la fuente. Al final de la madrugada, entre nubes de espuma en lata vacías y toneladas de basura, el saldo blanco coronó la jornada.
Así son Las Tarascas. Un día tribuna de denuncia y al otro, prácticamente cantina y pista de baile a cielo abierto. Un monumento de bronce que, imperturbable al paso de los años, sigue cargando en su batea no solo los frutos de la tierra, sino las pasiones, las contradicciones y el pulso vibrante más allá de las fronteras morelianas.
CANTERA
Cuando en Michoacán, desde adentro, se habla de la no intromisión descarada de funcionarios públicos en la lucha guinda por la candidatura al Solio de Ocampo, solo se escupe hacia arriba.
CANTERITA
Toc, toc…Hay de pasiones a pasiones: del cautiverio del Jalo Futbolero a la libertad de Las tarascas.
GOTEO
En tiempos de bostezos morenistas, una bocanada de oxígeno cuando juega la selección mexicana.





