El registro de Ana Lilia Guillén Quiroz al proceso interno de Morena en Michoacán agita el ajedrez político, actuando como una voz que pretende ser incómoda y hasta un recordatorio ético para el obradorismo local. Aunque cuenta con escasísimas posibilidades reales frente a punteros con estructuras masivas, su participación sugiere representar la legitimidad de las bases consideradas puras.
Por eso, de entrada, su perfil contrasta con los favoritos de la cúpula, quienes sostienen, controlan, manejan, los recursos y el aparato formal de la maquinaria guinda. Ella, al menos tratará, que su fortaleza radique en lo que considera una consecuente trayectoria moral de tres décadas en situarse en la izquierda, enfrentando el arribismo de perfiles reciclados de otros partidos políticos.
No obstante, su debilidad principal es el aislamiento político derivado de su confrontación especialmente con la cúpula estatal. Hay que apuntar, remarcar, puntualizar, que el objetivo de su registro partidista como aspirante al Gobierno de Michoacán no es el voto masivo, que es más que evidente que no tiene, sino tratar de sacudir conciencias y exigir transparencia en las encuestas y campañas mediáticas guindas.
Si, veremos si su discurso también funciona como una crítica directa a los métodos de selección de perfiles del PRI, PAN y PRD. A pesar de no ganar la candidatura, obvio, también estaremos al pendiente si realmente Ana Lilia actuará como un dique moral que obligue a los punteros a negociar con la verdadera militancia. Su voz puede recordar que la decencia y la congruencia deberían prevalecer en el proceso electoral. Veremos.
Y, sin embargo, qué tenga eco su voz, ya es otro cantar…





