Entre camisetas mundialistas, pantallas gigantes y aficionados que esperan el siguiente partido, una mesa cubierta de figuras de madera parece pertenecer a otro tiempo en las celebraciones del Jalo Futbolero.
Morelia, Mich. | Asaid Castro/ACG.- Hay estrellas imposibles de armar, cubos que se transforman en muebles, pirinolas, tangrams, dominós y rompecabezas que obligan a detenerse varios minutos. Mientras alrededor en la cotidianidad predominan los celulares para el ocio y tomar fotografías, Daniel Gerardo Rangel Baldovino acomoda con calma cada una de sus piezas. A sus 65 años, se ha convertido en uno de los contados artesanos dedicados a rescatar juguetes tradicionales que sobreviven, cada vez con más dificultad, en una época dominada por las pantallas.

Toma una estrella de seis piezas entre las manos y la desarma en cuestión de segundos. Después la coloca sobre la mesa y la ofrece a quien quiera intentarlo. La mayoría acepta el reto. Algunos logran separar las piezas; casi nadie consigue volver a unirlas. Él sonríe. Está acostumbrado a esa escena. Dice que justamente ahí está el valor del juego: equivocarse, probar otra vez y entender que no todo tiene una solución inmediata.
«La vida ahorita está llena de puro estrés. Los muchachos pasan horas pegados al teléfono y a las redes sociales. Yo lo que busco es que conozcan estos juegos y descubran otra forma de entretenerse, una donde tengan que pensar, concentrarse y tener paciencia», explica mientras vuelve a ensamblar la figura frente a los curiosos.
Los juguetes que exhibe parecen sencillos, pero detrás de cada uno existe una historia. Habla del tangram, un antiguo rompecabezas capaz de formar cientos de figuras; del cubo Soma, creado para convertir aquellos desafíos en objetos tridimensionales; y de los cuadros mágicos que mezclan lógica y matemáticas. No vende solamente juguetes. También comparte las historias que los acompañan.
Dice que muchos de esos juegos desaparecieron de los patios, de las salas familiares y hasta de las escuelas. Fueron sustituidos por otras formas de entretenimiento más rápidas e inmediatas. Por eso insiste en mostrarlos a quien se detenga frente a su mesa.
Juguetes nacidos de la madera olvidada

Ninguna de las piezas que fabrica nació de un árbol cortado especialmente para convertirse en juguete. La materia prima llega de otra forma. A veces alguien le avisa que un árbol cayó durante una tormenta. Otras veces son los talleres de carpintería quienes le guardan retazos y sobrantes que ya no utilizarán. Lo que para muchos es desperdicio, para él representa el inicio de un nuevo rompecabezas.
En su taller, esos fragmentos terminan convertidos en pirinolas, dominós, acertijos matemáticos o complejas figuras geométricas. Cada corte debe ser exacto. Un error mínimo basta para que una pieza deje de funcionar. Por eso trabaja con moldes, guías y años de experiencia acumulada.
«Yo no compro madera. Me hablan y me dicen que se cayó un árbol o los carpinteros me guardan lo que les sobra. Todo eso lo transformo. Lo que otros consideran basura todavía puede servir para divertir, enseñar y durar muchos años más», cuenta mientras muestra las distintas vetas y tonalidades de algunas de sus creaciones.
Sin embargo, la historia de Gerardo con los juegos comenzó mucho antes del taller. Antes de convertirse en artesano trabajó en la contabilidad, participó en la elaboración de vino y pasó por distintos oficios. Pero los juegos siempre estuvieron presentes. «Yo nací para jugar. Me encantan los juegos. Empecé coleccionándolos, luego investigándolos y después terminé fabricándolos», recuerda.
Juguetes contra el olvido

A lo largo del día, los visitantes se acercan a su mesa. Algunos observan apenas unos segundos antes de continuar su recorrido. Otros toman una pieza y pasan varios minutos intentando resolverla. Muchos confiesan que nunca habían visto varios de esos juegos.
Gerardo no se sorprende. Dice que precisamente ése es el problema. Mientras otras artesanías conservan espacios visibles en ferias y exposiciones, los juguetes tradicionales aparecen cada vez menos. Encontrarlos se ha vuelto raro. Ver a alguien fabricarlos resulta todavía más extraño.
«Si la gente no los conoce, se pierden. Por eso es importante mostrarlos. Puedes encontrar ropa, alfarería o muchas otras artesanías, pero este tipo de juegos ya casi no se ven. Hay que hacer que las nuevas generaciones los descubran», señala.
La tarde avanza entre el ruido del festival y las conversaciones sobre futbol. Sobre la mesa permanecen las estrellas de madera, los tangrams y los rompecabezas que han sobrevivido al paso de generaciones enteras y que Gerardo vende desde los 40 pesos.
Gerardo continúa detrás de ellos, observando cómo alguien intenta resolver una figura imposible. Porque dice que mientras exista quien quiera armar una rompecabezas o jugar a las damas chinas, esos juegos tradicionales todavía tendrán una oportunidad de sobrevivir.





