Editorial | Michoacán, una paradoja de impunidad en dos tintas
Y, bueno, el discurso oficial en Michoacán presume hoy una vanguardia judicial que pocos estados alcanzan en el papel. La numeralia de la Fiscalía General del Estado de Michoacán se convirtió en la bandera predilecta de un Ejecutivo sediento de legitimidad social: sin embargo, adjudicarse el éxito ajeno vulnera la línea ética de la autonomía institucional en la entidad.
Hay diferencias; la realidad penal camina sobre un terreno plano, pero la vida económica transita en un fango espeso. De nada sirve presumir juzgados eficientes su el aguacate y el limón siguen pagando tributo al crimen organizado. El impuesto delincuencial sigue regulando el bolsillo de los ciudadanos ante una total indiferencia de carácter social.
En la entidad, el bosque, los bosques se consumen entre llamas provocadas y la complacencia de las respectivas autoridades que parecen mirar hacia otro lado. Las certificaciones tardías no borran los años de impunidad ambiental que benefician a los grandes capitales agrícolas. Las sierras se tiñen de verde comercial, en tanto el ecosistema sufre un despojo permanente.
Y es que, mientras en la mesa administrativa, las cuentas estatales presumen una limpieza esta se desvanece al llegar a los municipios. Los desfalcos locales y las obras públicas a sobreprecio, en donde hay manos delincuenciales, siguen siendo el refugio de una burocracia intocable. La inhabilitación real es un mito burocrático que se disuelve con el paso de los meses.
Cierto, se diría: muy cierto, Michoacán padece así una impunidad dual que se divide la estadística oficial de la dura vivencia de las calles. El éxito penal es un logro indiscutible de fiscales y jueces, pero no una victoria del Ejecutivo. La pacificación real del territorio requiere menos propaganda política y una mayor contención de los poderes fáctica o ambas, como sea.
Al calce: presumir número alegres en el escritorio es fácil; convencer al productor que paga cuota es lo imposible. De cara al relevo político. Las estadísticas no votan; el bolsillo y el miedo, sí. Veremos.





