Editorial
Con la apertura del puente Independencia, el gobernador Ramírez Bedolla asesta un golpe de autoridad en Morelia. No solo es concreto; es el mensaje de una administración que busca sacudirse el estigma de estancamiento vial. La inversión estatal de 350 millones de pesos, sin deuda, refleja una disciplina financiera que hoy se traduce en flujo vehicular.
El paso del tren dejará de ser el verdugo de la puntualidad en el surponiente de la capital michoacana. Rogelio Zarazúa Sánchez cumplió la encomienda técnica: elevar la estructura a 8.5 metros para que el hierro no detenga el progreso. Se acabaron los semáforos ociosos; ahora la logística obliga a retornos inteligentes y una visión de largo alcance.
La presencia del alcalde Alfonso Martínez Alcázar, junto al mandatario estatal, en el corte de listón envía una necesaria señal de tregua. Aunque los colores políticos suelen chocar, esta vez la “visión municipalista” del segundo encuentra eco en la gestión local. Es un ejercicio de pragmatismo donde la imagen oficial intenta sepultar, al menos por hoy, las viejas asperezas.
Esa coordinación estatal y municipal es el oxígeno que Morelia requiere para modernizar su rostro urbano y social. Dos aspirantes morenistas a la alcaldía atestiguaron una obra que prioriza al peatón con cruces seguros y áreas recreativas. Es el intento de rescatar el tejido social en un bajo puente que solía estar abandonado y hoy busca ser vida.
Si, queda pendiente el desenlace de los trabajos inferiores para redondear una gestión que se autodefine como transformadora. Por ahora, el libre tránsito es el mejor argumento frente a las críticas de quienes dudaban de la solvencia. Ambos gobernantes andan en un tablero político en el cual la movilidad ciudadana es, finalmente, la ganadora de la partida.





