Federico Hernández, Más allá del laboratorio, conserva desde el territorio

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Morelia, Mich. | Agencia ACG.- Hay historias que no se quedan en un salón de clases. La de Federico Hernández Valencia empieza entre libros y prácticas, pero pronto se mueve a caminos, playas y comunidades donde la biología se aprende de otra manera: viendo, escuchando y trabajando con la gente.

Originario de Monterrey, Federico recuerda que todo comenzó desde niño, cuando salía al “monte” con su padre. Al principio pensó en estudiar arqueología, pero por cuestiones económicas eligió la biología. Con el tiempo, esa decisión marcó toda su vida.

Cuando entró a la universidad, a finales de los años setenta, no solo estudiaba. También participaba con otros estudiantes para pedir mejores condiciones: laboratorios, transporte y materiales. Ahí entendió que la ciencia no está separada de la realidad de las personas.

Años después llegó a Michoacán, invitado a trabajar en la conservación de la tortuga marina. Se instaló en la costa, en lugares como Maruata y Colola, donde vivió varios años. Lo que parecía solo un trabajo de cuidado de especies se convirtió en algo más grande.

En comunidades como Pómaro, Coire y Ostula, aprendió que conservar no es solo cuidar animales, sino trabajar con la gente. Se involucraron escuelas, médicos tradicionales y familias enteras. Poco a poco, las propias comunidades tomaron el control de estos proyectos, y hoy existen varios campamentos tortugueros gracias a ese esfuerzo conjunto.

Después regresó a Morelia y se integró a la universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo como técnico de laboratorio y profesor. Dio clases en distintas áreas, incluso algunas que no eran su especialidad. Eso le dejó una enseñanza que ahora comparte, un biólogo debe estar abierto a aprender siempre.

Uno de sus proyectos más importantes fue la creación del Laboratorio de Educación Ambiental, junto a la académica Ana Santamaría. Desde ahí organizaron campamentos donde estudiantes convivían con la naturaleza: observaban tortugas, recorrían la selva y aprendían directamente del entorno. También se formaron guías dentro de las comunidades.

Más adelante coordinó el Plan Ambiental de la Universidad Michoacana, con el que buscaba hacer a la institución más responsable con el medio ambiente. Aunque el proyecto avanzó, cambios internos hicieron que se detuviera.

En 2016 enfrentó uno de los momentos más difíciles de su vida: fue diagnosticado con cáncer. A pesar del tratamiento, siguió dando clases y participando en campo cuando podía. En 2022 recibió el alta médica, cerrando esa etapa.

En años recientes, ha trabajado en una serie de proyectos como el proyecto achoque para el cuidado y conservación del ajolote del lago de Pátzcuaro y el Plan G para el cuidado y la reintroducción de peces nativos, como los goodeidos, en lugares como el Río Teuchitlán. De ahí surgió el colectivo Guardianes del Río Teuchitlán, que desde 2021 realiza acciones para proteger el río.

También colabora en el sur de Nuevo León, trabajando con comunidades para recuperar especies de peces que estaban desapareciendo.

Para Federico, la conservación no se puede hacer desde lejos. Hay que estar en el lugar, convivir con la gente, escuchar y respetar. No se trata solo de conocimiento, sino de confianza.

Hoy, esa es la principal enseñanza que deja a sus estudiantes: cuidar la naturaleza también es cuidar las relaciones entre las personas.

Su historia muestra que la biología no solo se queda en el laboratorio. También sirve para unir a las comunidades y buscar formas de cuidar el entorno a largo plazo.