Morelia/Teodoro Barajas
Recién que estuve en Paracho redescubrí ese timbre tan auténtico que mezcla la melancolía con un espíritu festivo, la ambivalencia manifiesta.
El sabor a la nostalgia y el aroma a eterno. Muchas caras nuevas, las ilusiones juveniles plagadas de ansiedad, el ritmo de la guitarra, la estética como constante flujo que brota de las manos de los lauderos.
Todos los recuerdos desfilaban junto a los cazadores, en mi mente cazaba fantasmas, no más. Mucha gente, el bullicio típico, las pirekuas, sonecitos, todos los componentes de eso que llamamos identidad.
Llovía, a veces las tormentas se desatan en el interior. Es regresar en mis propios pasos al origen que siempre permanece arraigado en mi alma y memoria.
El viento soplaba, casi esparcía murmullos como música apenas perceptible, mi gente que ya se fue me hizo falta.
En Paracho el viento es limpio, el aroma a tierra mojada me transporta, la guitarra suena, el alma no vaga en pena porque se adhiere a la querencia, si, así es.





