Morelia, Mich. | Agencia ACG.— En cuanto el Jueves Santo se abre paso dentro del calendario litúrgico, el sonido habitual de las campanas en la Catedral de Morelia se desvanece por completo. En su lugar, un eco distinto comienza a recorrer los muros de cantera: el golpeteo seco de la matraca, un instrumento de madera que, con su ritmo áspero, anuncia el inicio de los días más solemnes de la Semana Santa.
La sustitución de las campanas no es un hecho menor. Dentro de la tradición católica, este silencio simboliza el luto de la Iglesia ante la pasión y muerte de Jesucristo. Es entonces cuando la matraca adquiere protagonismo, no solo como un recurso práctico para convocar a los fieles, sino como un signo profundamente cargado de significado espiritual.

Durante la Misa de la Cena del Señor, que conmemora la Última Cena, y en los oficios posteriores, el sonido de la matraca se deja escuchar en distintos momentos, marcando los tiempos litúrgicos y acompañando la solemnidad que envuelve cada acto. Su resonancia, seca y repetitiva, contrasta con la armonía habitual de las campanas, generando una atmósfera de recogimiento entre los asistentes.
En la Catedral de Morelia, esta práctica se mantiene como parte viva de una tradición que ha trascendido generaciones. El instrumento, accionado manualmente, resuena en los pasillos y se proyecta hacia el exterior, recordando a la ciudad que se encuentra en uno de los momentos más significativos de la fe cristiana.

Más allá de su función, la matraca se convierte en un elemento que transforma la experiencia del espacio religioso: el silencio, la penumbra y el sonido constante construyen un ambiente que invita a la reflexión. Así, año con año, el Jueves Santo en Morelia no solo se observa, sino que también se escucha, a través de un instrumento que, en su sencillez, guarda siglos de tradición.





