La Gotita como espacio ecológico donde el agua une a la comunidad

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Morelia, Mich. | Agencia ACG.- La Feria del Agua y Tianguis La Gotita es el resultado de un proceso comunitario que comenzó mucho antes de que existiera como evento. Su historia se remonta a 2001, con la conformación de la comunidad ecológica Jardines de la Mintzita, un espacio que, con el paso del tiempo, fue reconociendo la importancia del territorio que habitaba José Ramírez, conocido como “Bob”, recuerda ese momento como un descubrimiento colectivo: “Cuando llegamos no sabíamos en el lugar en el que estábamos… pero con el paso del tiempo nos dimos cuenta que estábamos en una zona donde hay mucha agua, donde están las recargas del manantial”.

Ese entendimiento transformó la forma de vivir. La comunidad comenzó a implementar prácticas como la agroecología, el uso de sanitarios ecológicos y la producción sustentable, al mismo tiempo que identificaba amenazas como la contaminación, la extracción de agua, el crecimiento urbano y proyectos que ponen en riesgo el equilibrio del lugar. Con el paso de los años, estas preocupaciones comenzaron a compartirse con más personas y, hacia 2012, el movimiento empezó a tomar forma a través de foros, encuentros y procesos organizativos. Dos años después, en 2014, se realizó la primera Feria del Agua en el centro de Morelia, como una forma de visibilizar las problemáticas, pero también de compartir alternativas.

Desde entonces, el proyecto ha crecido hasta alcanzar 41 ediciones, manteniéndose como un espacio autogestivo, independiente y horizontal. Aquí no hay líderes ni financiamiento institucional; todo se decide en asamblea. “Trabajamos en colectivo… no hay nada impuesto, hasta que llegamos a acuerdos”, explican. La organización se divide en comisiones —educación, tianguis, logística, difusión, arte y palabra, entre otras— que cambian según las necesidades y la participación de quienes se suman. Cada persona decide en qué involucrarse y asume responsabilidades concretas. “Nos vamos intercambiando las comisiones… a veces somos más, a veces somos menos”, compartió Eréndira Guazano. En esa misma línea, Mauricio subrayó: “La feria no tiene recursos, no tiene un padrino… somos independientes”, una condición que, lejos de limitar, ha permitido que el proyecto se sostenga a lo largo del tiempo.

La feria también rompe con las lógicas tradicionales en su funcionamiento. Es itinerante, se mueve por colonias de Morelia y comunidades vinculadas al sistema de manantiales de la Mintzita, con el objetivo de acercar la información y motivar la organización comunitaria. “Vamos a motivar para que la gente se organice”, señalaron. En cada edición, el espacio se convierte en un punto de encuentro donde confluyen talleres, actividades artísticas, espacios de diálogo y organización colectiva. Uno de sus pilares es el tianguis de trueque, donde el dinero no existe: “Intercambiar bienes y servicios sin dinero es una manera anticapitalista”, explicó Mauricio. Las personas llevan alimentos, plantas, artesanías o ropa, y los intercambian directamente, sin intermediarios. A la par, se realizan talleres abiertos y gratuitos: “La educación llevada a través de talleres solidarios… está desmercantilizada”, compartieron.

El inicio de cada feria está marcado por una ceremonia simbólica. “Es un ritual para pedir permiso al agua, al viento, al fuego, a la tierra… a los elementos que hacen posible la vida”. A partir de ahí, el espacio se abre a la palabra, al arte y a la reflexión colectiva. En la comisión de Arte y Palabra, cualquier persona puede tomar el micrófono. “Se denuncia, se dice el dolor, se dice la preocupación, pero también el amor”. La feria también tiene un posicionamiento político: cuestiona modelos de desarrollo urbano, el capital inmobiliario y proyectos que priorizan la ganancia sobre la vida. Sin embargo, lo hace desde otra lógica. “No vamos a confrontarnos… es en la alegría que vamos a hacer las propuestas y defender el territorio”.

Más allá de su estructura, la Feria del Agua se construye desde las historias de quienes la han habitado. Eréndira Guazano, también conocida como “Tierra Roja”, llegó en 2015 junto a su colectivo, influido por el pensamiento zapatista. “Nosotras caminábamos muy de lado del pensamiento zapatista… y una compañera nos habló de la comunidad”. Recuerda su primera visita con claridad: “Nos recibieron con una rosca de reyes, con chocolate… era una casita comunal con trabajos en los muros”. Ese encuentro la atravesó profundamente: “Fue muy inspirador, muy conmovedor… como si nos hubieran abierto una ventana donde vislumbramos otra posibilidad”.

También recuerda cómo cuestionaron sus propias formas de entender el intercambio: “Nos preguntábamos si teníamos que pagar… porque uno llega de afuera con esa lógica”. Decidió quedarse. “Así pasa en el trabajo colectivo… muchos van y vienen, pero algunos nos quedamos. Y yo me quedé”. Su vínculo creció al punto de transformar su vida: “Me quedé muy maravillada, muy enamorada… y tanto me quedé que ya me metí a estudiar geohistoria”. Hoy forma parte de la comisión de Arte y Palabra y de difusión. “Somos personas que no somos ricas, pero tenemos mucha voluntad… mucho amor”, afirma, al tiempo que resume su aprendizaje en una idea: “El territorio no es mío… yo soy de la tierra”.

Mauricio, originario de Medellín, encontró en la feria un espacio para continuar su activismo social. “Yo necesitaba mi activismo social en México porque si no mi parte política se muere”. Conoció la feria en 2015, pero se integró de lleno en 2018. “Me dijeron: ‘ve y busca a Bob’… y así fue como llegué”. Desde entonces ha participado en la organización de múltiples ediciones. “Me he sentido en casa… he sentido que lo poco que sé lo hemos podido llevar a una acción colectiva”. Para él, la feria articula comunidad y pensamiento crítico: “Genera empatía socioambiental… cuestiona las políticas urbanistas, el capital inmobiliario”. Pero, sobre todo, permite reconectar con lo esencial: “Te conecta con el territorio, con la vida… te das cuenta que no estamos separados, que somos naturaleza”.

Karla Ávila Carreón, por su parte, llegó desde una experiencia profundamente personal. Su primer acercamiento al territorio estuvo marcado por un encuentro que la transformó. “Una señora me dijo: ‘cuéntame… el único que nos escucha es el agua’”. Ese momento, recuerda, le dio paz. Con el tiempo, se integró al proceso y comenzó a entender la problemática del lugar. “Fue en la Mintzita donde empecé a entender”. Para ella, la feria es una escuela viva: “Es un espacio que te permite ser… sin la carga del deber ser”. Ahí ha aprendido desde habilidades organizativas hasta formas de relacionarse con la vida cotidiana. “Aprendes a hablar, a organizar… nadie nacemos sabiendo”. También ha resignificado el valor del trabajo: “Cuando siembras y comes lo que tú hiciste… valoras todo lo que hay detrás”. Incluso, dice, le ha permitido reconectar con su historia personal: “Me permitió encontrarme con mis raíces… con mi familia”.

José “Bob”, desde su experiencia a lo largo de los años, resume el sentido de este proceso en la necesidad de compartir lo aprendido y generar conciencia colectiva. La feria, explica, es una herramienta para visibilizar, pero también para construir alternativas desde abajo, desde la comunidad, desde el territorio.

Después de más de dos décadas de historia comunitaria y más de una década de ferias, el proyecto sigue creciendo, adaptándose y resistiendo. “Con poquito nos alcanza para todos”, coinciden. Hoy, la Feria del Agua es una red, una comunidad extendida que demuestra que existen otras formas de organizarse, de aprender y de habitar el territorio. Un espacio donde nadie compra, pero todas y todos comparten, aprenden y defienden el agua.