Hidalgo, Mich. | Redacción ACG.- San Matías el Grande, comunidad otomí del municipio de Hidalgo, carga desde hace más de dos décadas con una realidad que se repite en distintas casas: la insuficiencia renal dejó de ser un caso aislado y se convirtió en parte de la vida cotidiana.
En esta localidad del oriente de Michoacán, la enfermedad atraviesa generaciones. Las autoridades comunales sostienen que hoy ya no afecta solo a adultos mayores, sino también a jóvenes y menores de edad.
“Actualmente esta enfermedad abarca todas las edades. Tenemos desde niños, adolescentes, jóvenes y adultos mayores”, señaló Roque Martínez Hernández, contralor e integrante del Consejo Comunal.
Según Alejandra Martínez García, consejera de salud, en la comunidad tienen identificados alrededor de 50 pacientes renales. En proporción, explicó, representa cerca del 5 por ciento de la población local. Sin embargo, advirtió que esa cifra no refleja el total de personas afectadas, ya que muchos casos no están diagnosticados formalmente o aún no llegan a hemodiálisis.
En un recuento más amplio que incluye comunidades cercanas como San Pedro y Alta Huerta, las estimaciones comunitarias han llegado hasta el 35 por ciento de personas con algún tipo de afectación renal.
El impacto también se percibe en el sistema de salud. De acuerdo con lo relatado por las autoridades comunales, el hospital regional cuenta con 19 máquinas de hemodiálisis, aunque no todas están operando, y la demanda rebasa la capacidad instalada. Algunos pacientes han esperado meses para ser ingresados; otros, según dijeron, no alcanzan a llegar con vida.
“El año pasado fallecieron cinco personas aquí en San Matías por esta enfermedad. Este año ya va una”, expuso Roque durante la entrevista.
A la crisis médica se suma la económica. Una sesión particular puede costar entre mil 500 y dos mil pesos; la colocación de un catéter ronda los cinco mil. Para familias dedicadas a la alfarería, la venta informal o empleos domésticos, esos montos significan endeudamiento o abandono del tratamiento.
Dos familias, versiones médicas distintas
Yolanda Romero Martínez relató que su hijo Arturo Evaristo Romero comenzó con síntomas alrededor de los 17 años: hinchazón en los pies y vómitos. Tras los estudios, les informaron que uno de sus riñones era pequeño y no funcionaba correctamente, mientras el otro trabajó hasta que terminó por fallar.
En su testimonio, Yolanda explicó que los médicos le señalaron que esa condición era “de nacimiento” y la relacionaron con una mala alimentación durante el embarazo. Según lo que le dijeron, sus riñones no se desarrollaron de forma normal.
Años después, su hija Viviana Arely Evaristo Romero también fue diagnosticada con una condición similar.
Arturo lleva años en hemodiálisis. Relató que las sesiones lo dejan con mareos, baja presión y dolor, y que en una etapa tuvieron que pagar tratamiento particular porque no había espacio en el hospital público.
“Es muy costoso y muy triste”, resumió Yolanda.
En otro punto de la comunidad vive José Cornelio Martínez, de 30 años. Él comenzó con cansancio extremo hace algunos años y, a diferencia del caso anterior, considera que su enfermedad es hereditaria. Mencionó familiares fallecidos por padecimientos renales.
“Yo siento que es herencia”, afirmó.
Su esposa, Martha Estela Evaristo Cornelio, narró que el diagnóstico no fue inmediato. Primero les dijeron que se trataba de colesterol y triglicéridos altos; después, en la clínica de la comunidad, confirmaron insuficiencia renal avanzada.
También relató que en Morelia recibieron versiones distintas sobre el origen: un especialista les dijo que no estaba relacionado con el agua; otro les comentó que sí podía haber relación. Esa contradicción incrementó la incertidumbre.
Herencia, alimentación o agua contaminada
Para el Consejo Comunal, la magnitud del problema no puede explicarse únicamente por factores hereditarios o mala alimentación.
Roque Martínez recordó que hace alrededor de 25 años comenzaron a detectarse los primeros casos en aumento. Antes, dijo, los abuelos bebían agua directamente del manantial sin que se registrara esta frecuencia de enfermedad.
La comunidad sostiene que existen estudios recientes que detectaron metales pesados en el agua que abastece a la población. En el manantial de donde obtienen el agua se mencionó la presencia de arsénico como el elemento encontrado en mayor concentración y la posibilidad de plomo en menor proporción, según lo que refirieron los representantes locales.
Ese señalamiento se conecta con el antecedente presentado públicamente por el Consejo Supremo Indígena de Michoacán (CSIM), que el 15 de enero de 2026 acusó que la Central Geotérmica Los Azufres ha contaminado agua y suelo en municipios como Hidalgo, Zinapécuaro y Maravatío durante más de 30 años.
En ese posicionamiento, el CSIM citó el proyecto “La enfermedad renal crónica: un enfoque interdisciplinario en salud física, ambiental y psicosocial”, presentado en diciembre, como sustento científico de que el agua estaría siendo contaminada.
Sin embargo, la Comisión Federal de Electricidad ha sostenido públicamente que cumple con la normatividad ambiental, lo que mantiene abierta la controversia.
Mientras las causas siguen en discusión —herencia, alimentación, hábitos o metales pesados— en San Matías el Grande la enfermedad ya es una realidad concreta.
No hay un programa permanente de detección temprana. Las personas acuden cuando los síntomas son graves. Las familias ajustan su economía para pagar pasajes, medicamentos e insumos. Y cada semana, varios habitantes deben conectarse durante horas a una máquina que sustituye lo que sus riñones dejaron de hacer.
En esta comunidad otomí, la insuficiencia renal no es una cifra lejana. Tiene nombre, edad y familia. Y mientras no haya una respuesta definitiva sobre el origen y una atención integral que vaya más allá de la hemodiálisis, la pregunta que persiste en cada casa es la misma: quién sigue y por qué.






