Microteatro Unicornium: donde nacen historias fantásticas

Imagen ACG

Cuando la tarde comienza a apagarse sobre la calle Eduardo Ruiz y los autos se agrupan en semáforos, en el número 365 una fachada morada se ilumina. El aire trae olor a palomitas, café recién hecho e infusiones suaves. Esa luz, discreta, es la entrada a un espacio inusual en Morelia: un teatro en miniatura donde los protagonistas tienen telas, varillas y sueños.

Se llama Unicornium, y detrás de su fachada, construida por dos creadores —Miguel y Luna—, ocurren funciones delicadas, íntimas, cargadas de imaginación. «Aquí las historias se prenden aunque llegue una sola persona», dice Miguel con firmeza mientras acomoda una marioneta que parece a punto de dar su primer paso.

Por Asaid Castro/ACG

Morelia, Michoacán. — Apenas se cruza la puerta, el ruido urbano se queda afuera. El lugar es reducido: estantes pequeños, paredes que sostienen máscaras, figuras en miniatura, bocones, criaturas de tela y madera. Las figuras esperan su turno, colgadas del techo o apoyadas sobre repisas, como guardianes silenciosos de un universo paralelo.

Miguel lo describe como “nido”, Luna lo llama “universo”. Y el espacio responde: hay una vibración discreta, esperando a contar una historia. En las paredes, la mezcla de sombras y luces contribuye a esa sensación: todo conspira para hacerte creer que entraste en otro mundo.

El microforo es un cuarto pequeño, pintado con colores obscuros, apenas iluminado para centrar la atencion en el escenario: luces ténues, bancos de madera, y un espacio para unas 5 o 6 personas, maximo. Las funciones duran entre 45 minutos y una hora, aunque puede variar. El público se sienta tan cerca del escenario que distingue el roce de las telas, el susurro de los movimientos, o el pequeño leve movimientos de una articulación.

Aquí no hay escenario elevado: el espectador y el títere comparten espacio. Eso exige intimidad, atención, quietud. Pero también abre una posibilidad: que hasta una sola persona, la obra cobra vida como si fuera para muchos.

Marionetas hechas de retazos, historias hechas a mano

Luna crea las marionetas desde cero. Algunas miden apenas diez centímetros; otras llegan a rozar los dos metros y funcionan como mojigangas complejas.

Usa cartón, tela, varillas, pinturas, y muchas veces objetos reciclados. Cada figura lleva varias capas de trabajo: estructura interna, recubrimiento, aplicación de color, detalles de vestuario. Es un proceso artesanal, cuidadoso, que puede tardar días y hasta semanas. En su taller, Luna da forma a seres que luego cobrarán vida en las manos de Miguel.

Miguel explica que aproximadamente “el 90 % de las criaturas” salen de ese trabajo: «Ella las imagina, las crea; yo las muevo, les doy ritmo y espacio». Con ese reparto nace un universo propio: relatos originales, algunas adaptaciones, personajes que reaparecen y hasta se conectan de obra en obra.

Como en un libro de relatos conectados, quien regresa puede reconocer guiños: un personaje que fue secundario toma protagonismo. Así, cada función es independiente, pero todas comparten un hilo invisible.

Un teatro pequeño en una ciudad que no da tregua

En Unicornium no hay telón ni luces potentes, no hay butacas numeradas ni filas ordenadas. Hay un espacio mínimo, una invitación a entrar, un cartel, una puerta discreta. Y aún así, funciona. «Si llega uno, se da igual», dice Miguel. No suena a resignación, suena a convicción y amor por lo que hacen dentro de «Cobertizo Escénico», nombre de la compañía teatrale. En ese simple contrato —un títere, un público, un cuarto— cabe la posibilidad de magia.

Sostenerlo no es sencillo. Costos, materiales, logística, tiempo. «Falta más conciencia de que el arte también se compra y vale», reconoce Miguel. Pero sin pausa continúan: funciones, talleres, presentaciones con instancias culturales locales, planeación de ciclos, de obras nuevas. Cada función no es solo espectáculo: es resistencia, construcción, afirmación de que el teatro no siempre necesita grandes escenarios para sobrevivir.

En una ciudad donde los días pasan rápido y el ruido tapa las voces, Unicornium se abre como un respiro. Un sitio donde lo pequeño tiene espacio; donde las historias se narran con hilos, telas y manos; donde los títeres recuerdan que la imaginación no depende del tamaño del escenario.

Unicornium Micro-Teatro vive en Eduardo Ruiz 365, y basta pasar para sentir que uno entra a otro plano: ahí las funciones comienzan desde las 4:30 de la tarde, hay café, pociones, máscaras colgadas y títeres que observan en silencio. Es un espacio familiar -los niños caben de maravilla en esa fantasía miniatura- y su cartelera puede encontrarse tanto en físico como en sus redes sociales.