Conservación Monarca, son sus vigilantes: Iker, con 15 es uno de ellos

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Sierra Chincua, Michoacán | Redacción ACG.- Entre los árboles altos y la neblina que se deshace lento al amanecer, los vigilantes de la Mariposa Monarca encuentran un espacio para descansar. Son hombres y mujeres de edades distintas, provenientes de las comunidades cercanas, que cada invierno hacen del bosque su centro de trabajo y de guardia.

Caminan los senderos cuidando que el turismo no rompa el equilibrio en el que miles de mariposas naranjas duermen, se posan, tiemblan, respiran y se reproducen durante cerca de cinco meses.

A un costado del camino, sentado sobre un tronco, está Iker Castro. De piel morena, gorra negra y el cabello asomándose debajo de ella, apenas tiene 15 años y viene de la comunidad de Cerro Prieto y, aunque lleva poco tiempo siendo vigilante, habla con la seguridad de los mayores.

«Nos encargamos de que no se salgan del camino, que no toquen a las mariposas, que guarden silencio porque el ruido provoca que las mariposas se alejen del santuario… más que nada de cuidar a la mariposa», dice con una voz gruesa que contradice su juventud.

El bosque respira a su alrededor. Las corrientes de aire mueven las ramas de los oyameles donde reposan las Monarcas, que atraen la mirada de los turistas cuando cientos de ellas cruzan el cielo del santuario.

Iker observa ambas cosas: a las mariposas y a la gente, dice que las Monarcas son un símbolo de belleza, algo que vale la pena proteger. Si la gente grita, se espantan; si cruzan los lazos, el daño puede tardar años en repararse. Su labor es hablar con respeto: pedir silencio, marcar límites, recordar que aquí todo funciona mejor cuando los humanos bajan la voz.

Mientras vigila, cuenta que terminó solo la secundaria. Su trabajo principal está en la construcción, junto a albañiles; pero cuando llega el ciclo migratorio —alrededor del 15 de noviembre— se suma de inmediato a la vigilancia del santuario.

Esto lo hace durante los cinco meses que la mariposa permanece en la región. Habla del ciclo de vida de la Monarca como si lo hubiera leído en un libro, aunque lo aprendió escuchando y observando. Sabe que los machos viven cerca de siete meses y las hembras uno o dos más; que las que llegan no son las mismas que se irán; que cada generación nace, migra, se reproduce y muere sin regresar jamás. Y aun así, la especie siempre encuentra el camino.

Los cinco santuarios entre Michoacán y Estado de México abrieron oficialmente ayer, 22 de noviembre, con autoridades federales y estatales dando el corte de listón. Pero la verdadera inauguración ocurre dentro del bosque, donde los caleidoscopios de Monarcas vuelan sobre los senderos que vigilantes como Iker protegen año con año.