Morelia/Sandra Soraya Castro
Su apariencia es normal, la de un niño de 13 años… si no sabes quién es se podría pensar que es un estudiante de segundo o tercero de secundaria, pero no. Roberto Ramírez es un niño superdotado, esta en quinto semestre de la carrera de ingeniería en sistemas, habla tres idiomas, estudia otros dos y su mayor sueño es tener una empresa tecnológica de nivel mundial.
De regreso a Michoacán después de haber pasado una larga temporada de estudios en los Estados Unidos, Roberto confiesa extrañar mucho su estado y su ciudad natal, Zamora.
Sin embargo, asegura haberse habituado ya a la vida en la Unión Americana en donde vive en el albergue estudiantil de la universidad donde estudia.
La mayoría de sus compañeros de clases tienen entre 22 y 23 años de edad, diez más que él. Esto hay llamado la atención de muchos, incluso admite, dificulta la convivencia, pero no ha sido ningún obstáculo para seguir adelante.
Admite no tener muchos amigos. Mientras que la mayoría de sus compañeros universitarios aprovechan su tiempo libre para ir a fiestas o divertirse, él permanece en el campus universitario estudiando.
Confiesa que para muchas de las materias no repasa, las puede aprobar sin necesidad de ello. Solo lo hace para matemáticas y física, disciplinas que dice, requieren practica y constancia.
Cómo te ves en unos años? Le pregunto a mitad de la plática.
Quiero acabar mi carrera, estudiar la maestría y el doctorado y después quiero regresar a Michoacán para instalar una empresa tecnológica de competencia mundial.
Algo así como Apple? , le cuestiono.
Más grande, responde, natural, sin conocer los limites.
Roberto es originario de Zamora en donde curso la primaria, secundaria y preparatoria en un lapso de escasos seis años.
Después emigro rumbo a los Estados Unidos debido al prestigio y alcances de las Universidades den aquel país.
Su padre, Roberto Ramírez confiesa que para lograrlo ha tenido que vender casi todo su patrimonio y hasta recurrir al Monte de Piedad.
“Lo digo sin ninguna pena” señala.
Sin embargo, a su decir lo más difícil de mantener el ritmo de la inteligencia de su hijo ha sido la cohesión familiar.
La mamá del niño tuvo que mudarse a los Estados Unidos para estar cerca de Roberto y su hijo menor quien también se mudó a aquel país mientras que él, en su calidad de padre de familia se quedó en Michoacán, trabajando y esperando los espacios para reunirse con los seres que dice, lo sostienen y son su pilar.
“No me quejo… creo que le voy a quedar a deber a la vida por haberme dado a un hijo como Roberto”, conluyo.





