El teatro de Uran, desaparecer para encontrarse

Imagen especial

“El público verdadero del teatro moreliano lo tienen los payasos y lo tienen los recorridos de leyendas”.

Morelia, Mich. | Acueducto Noticias / Irene Valdivia.- Uran Victoria Gutiérrez Vieyra es una directora de teatro y dramaturga de 27 años de edad, nacida en Morelia. Hoy en día también se dedica a la docencia de actuación e igual es barista, especializada en el área herbal y tarotista.

La egresada de la Escuela Popular de Bellas Artes de la licenciatura de Teatro, recientemente montó su obra, “Dos payasos sobre la lluvia” junto al colectivo teatral “Amar(nos) o morir” en el centro cultural El Agasajo, lugar que generalmente cobija su trabajo artístico.

En esta historia, conoceremos de la trayectoria que la hizo llegar a ser la directora que hoy es, en donde la fuga y retorno  a casa, así como la reconciliación y confrontación son constantes en el guion,  que escribió para sí misma.

La suerte de llegar al teatro

Acueducto.- ¿Cómo llegas al Teatro?

Recuerdo que en la infancia me compraron una guitarra. La primera guitarra que tuve me la compró mi abuela, y yo quería comenzar a tocar guitarra. Entonces me metieron a un curso y en algún momento supe que existía una preparatoria dedicada al arte, que era el Cedart Miguel Bernal Jiménez.

Me metí para hacer examen y afortunadamente quedé. Entonces yo llegué a esa escuela queriendo hacer música, pero digamos que por la falta de aliento por parte de un docente, yo creí que no era buena en la música y terminé escogiendo teatro. En realidad, fue más como una cosa de suerte.

Recuerdo que todo pasó una tarde en donde nos habíamos juntado con cuatro personas, un amigo que bailaba y otro compa que tocaba el piano. Y entonces entre esos momentos de improvisación, en algún momento dijimos “güey, ¿Y si nos ponemos a estructurar esto?”.

Y, el día que presentamos el trabajo, un 27 de marzo, el Día Nacional del Teatro, estuvo bien loco porque nosotros no esperábamos en realidad que la banda llegara no y de repente llegó media prepa.

Lo recuerdo con mucho amor, porque me acuerdo de cuando en algún trazo yo me subí a un cubo y hacía como que era un titiritero, y recuerdo que cuando pasó eso y las luces me estaban pegando en la cara, bien de película, yo estaba así de “guau, ¿qué pedo, güey? Esto se siente muy bonito”. En ese momento dije, “Quiero dedicarme a esto, quiero saber qué se siente esto”.

La obsesión

Acueducto.- ¿Y de ahí como fue el salto a Teatro en Bellas Artes?

Historia muy trágica, porque me da mucha tristeza, a veces. Bueno, ahora ya la abrazo, pero recuerdo que en tercer año de Cedart todos los que estábamos en el específico de teatro queríamos irnos a la Escuela Nacional de Arte Teatral en Ciudad de México.

Entonces nos súper obsesionamos, o sea, neta al principio de tercer año, cuando los maestros nos hablaban de “bueno, ¿Y qué van a hacer después de eso?”, la mayor parte coincidimos en que queríamos ir a la Escuela Nacional de Teatro.

Como ya todos teníamos en la mente que queríamos ir a esa escuela, pues comenzamos a hacer como muy, muy disciplinados con el ejercicio de verdad, sentir que estábamos entrenando para eso, pero creo que poco a poco y a medida que fue pasando el año, pues fuimos obteniendo distintos intereses cada persona, hasta que eventualmente recuerdo que solo yo saqué la ficha.

En realidad, todo fue un sentimiento muy feo, porque pues no terminé quedando en esa escuela, aparte de que era muy hostil la forma de seleccionar de esa escuela; recuerdo que cuando fui a su primera junta te decían “¿por qué estás aquí?, ¿si te das cuenta de que este es un trabajo que no es remunerado o donde no hay un sindicato? ¿dónde no tienes prestaciones? ¿quieres ser un actor, neta?”.

Por un lado, eran los docentes quienes te decían eso en la junta, y tú salías y te encontrabas con todos los alumnos de la ENAT haciendo un pequeño ritual donde regalaban unas cosas. Había personas que se acercaban y platicaban contigo y te decían “me lo tienes que entregar cuando entres a esta escuela”.

La declinación

Yo conservé esos objetos por mucho tiempo, como unos 3 años, hasta que en algún momento decidí soltarlos porque también intenté 3 veces entrar a esa escuela. Fue lo que me marcó mucho, que seguí intentándolo.

Incluso estando ya en la licenciatura de Bellas Artes. En primer año intenté volverme a ir, el segundo año volví a intentarme a ir, en tercer año volví a intentarme a ir con un programa de intercambio y en ninguna de las tres ocasiones me recibieron.

Yo creo que el intento de tercer año fue el más duro, porque justo fue topar con pared con el hecho de, “¿por qué necesito un reconocimiento de esta institución y por qué el teatro que hago en otros lugares no podría ser válido sólo por no haber estudiado ahí?”.

Y eso, por ejemplo, fue algo que me dijo una docente de Bellas Artes que fue egresada de la ENAT, y que estaba muy molesta porque no me habían dejado quedarme. Y recuerdo que en ese momento yo estaba, así como de “ay ya, pues ya fue, no me dejaron entrar, pero no importa, lo volveré a intentar”.

Muy molesta, recuerdo que me confronta y me dice, “¿qué vas a volver a intentar? ¿que no entiendes después de 3 intentos? ¿no te es suficiente el teatro que haces aquí? ¿qué es lo que lo hace tan importante?”.

Creo que en ese momento fue un parteaguas, porque el teatro de la capital puede ser muy bello, puede ser maravilloso, pueden tener un gran capital para poder hacerlo, pero eso no lo hacen el mejor teatro del país ni me va a ser el mejor actor ni la mejor actriz egresar de esa escuela.

El “morrito”

Después. Yo soy consumidora activa de marihuana, me considero que soy una persona responsable consumiéndola, pero en mi primer año de la licenciatura no lo estaba haciendo tanto.

Entonces te voy a admitir que se me conocía probablemente en la facultad por 2 cosas, uno ser el morrito, porque en ese momento me nombraba a mí como “él”, ser el morrito que siempre estaba buscando más y que no le era nada suficiente, y que siempre estaba pacheco.

Inevitablemente el consumo de marihuana en ese momento era una manera de escape para evadir como toda esta realidad. Lo menciono y me es importante mencionarlo porque hubo un momento en mi historia familiar, donde mi familia se entera de mi consumo y me quiere anexar.

De que “vamos a sacarte de la licenciatura”, “Ya no vas a hacer teatro” porque además el pensamiento bien profundo de mi familia era “tú llegaste a esto porque haces arte”.

Recuerdo que era a finales de año, y yo tenía 3 mil varos en el bolsillo, un boleto para irme a Ciudad de México, porque iba a pasar las fiestas de fin de año allá, y cuando me dijeron eso de “al día siguiente vas y te despides de tus maestros”; yo me fui a Ciudad de México.

Los peores momentos

Acueducto.- ¿Y qué pasa en ese viaje?

Yo creo que tiene los peores momentos que he vivido allá, porque todo mi trip con ir a esas escuelas y con ir a Ciudad de México, era que justo yo me metí en la cabeza que esa era mi escuela, que esa era mi ciudad, que yo merecía estar allá.

Entonces cuando me fui a vivir a Ciudad de México, afortunadamente conocí a personas maravillosas que me ofrecieron un techo, un lugar en donde estar, comida, un trabajo.

Terminé viviendo a una estación de Ciudad Azteca en casa de una señora que me conocía ese mismo día en el trabajo que acababa de conseguir. Y ella me dijo, “Te rento una habitación por 700 varos”. Me acogieron como parte de esa familia y para mí era muy, muy bonito. Conocí a uno de los hijos de la señora, que era vendedor de pollos, pero que también era un don Juan bien tremendo.

Otro de los morros que dormía ahí con ella en esa casa, pero que él tenía negocios turbios en Tepito, en una ocasión me pidió que lo acompañara a llevar unas cosas. Y esa cosa que yo llevaba en la bolsa eran kilos de mariguana.

Neta viví muchísimas, muchas experiencias, que a nivel de ahora es lo que diríamos actuación de método, pues me funcionó para la puesta en escena.

La desintoxicación

En ese momento tenía la idea clara de “voy a estar trabajando aquí un año, el siguiente año hago examen, entro, cambio mis horarios y ya me dedico a esto”, pero hubo conversaciones importantes con mi mejor amiga, que había una constante:

“Es que, si no te sientes segura, si de verdaderamente estar aquí, pues a veces a lo mejor es regresar con la cola entre las patas y decir ‘la cagué’. Lo siento, no me anexen, pero déjenme seguir estudiando”, entonces eventualmente terminé regresando acá a Morelia”.

Y es que justo el ritmo de la ciudad me hizo darme cuenta de que evidentemente no iba a lograr hacer lo que yo quería, porque no lo estaba logrando.

Cuando regresé a Morelia, pues sí hubo una conversación muy larga con mi familia en la que me dejaron regresar a estudiar teatro, pero la condición era tomar terapia y dejar de consumir mariguana, cosa que sí logré por un año y medio.

El regreso

Acueducto.- Y una vez que volviste, ¿cómo es vivir Bellas Artes?

Pros y contras. Creo que a nivel de docencia, nuestra Facultad sí deja a veces mucho que desear a nivel de cuántos docentes tenemos, no por la calidad de ellos. Por lo menos yo estoy muy feliz de decir que la mayor parte de los docentes que yo tuve son docentes que sabían lo que estaban haciendo. 

Por ejemplo, lo decían muchos maestros de análisis de teatro, que les hacía muy feliz cuando nos poníamos a debatir en cuarto año. Ya no eran debates de hablar por qué nos gustaba una obra o por qué no nos gustaba, sino que había todo un análisis del ejercicio, de quién lo había escrito, desde cuándo lo había escrito, qué era lo que decía, desde dónde lo decía.

Era muy bonito y era muy rico porque por lo menos a mí, como estudiante y también como espectadora, me daba cuenta de que sí había un gran impacto, por lo menos a nivel de reflexión acerca de lo que decíamos y cómo lo hacíamos.

Eso pasaba cuando estábamos en confianza también con docentes que nos hacían sentir esa confianza.

El poco corazón

Uno de los problemas más fuertes que yo sí veo a nivel docencia de nuestra Facultad, específicamente en el área de teatro, es que hay muy poco corazón, y con corazón no me refiero al amor o la pasión por el teatro, sino al cuidado que tienes por verdaderamente cuidar la integridad emocional, psicológica y corporal de la otra persona.

Digo, no voy a mencionar nombres, pero en la clase de un maestro que se encargaba de técnicas actorales y de acondicionamiento físico, entre comillas, que además venía con su propio ritmo de ser un exatleta, pues nos ponía entrenamiento de atleta.

“¡No lo toquen, no lo toquen!”

Todos los días era entrenar muchísimo por la mañana y cuando sus clases duraban de 3 a 4 horas, si no me equivoco. Pero que neta era muy de la vieja escuela. Me refiero a la metodología de Stanislavski, que es una metodología que utiliza más a las emociones, no desde el cuidado, sino como detonante.

Uno de sus ejercicios muy famoso era hacer un circuito de cubos negros de distintos tamaños. Nos hacía subirnos a los cubos y dar una vuelta sobre todo el cuerpo.

Primero nos subíamos todos a los cubos, cada quien en un cubo, y el ejercicio era darle una vuelta completa al circuito y regresar a tu propio cubo.

El ejercicio seguía con él separando los cubos y volviendo a decir, “va, ahora el circuito pero no importa si tienes que pasar a tus compañeros, tu objetivo es llegar a tu cubo”, pero tienes que llegar con los ojos vendados. Entonces como que el ejercicio cada vez iba siendo más riesgo.

Ya habíamos hecho ejercicios de confianza de cuidado del otro, estos clásicos de te pones una venda y te dejas ir hacia atrás, o ejercicios de guía. Pero creo que ese ejercicio, particularmente, era un ejercicio que ya sobrepasaba muchos límites.

Creo que era muy necesario que por lo menos hubiera 3 personas cuidando a los que estábamos en la parte de arriba, pero lo que teníamos era un docente que estaba en las gradas hasta la parte de atrás. Como pinches 5 metros de distancia de las personas vulnerables, con sus ojos tapados encima de cubos que estaban a desniveles en un espacio que tampoco tiene un piso regulado.

En el salón Silvestre Revueltas. Ese piso tiene astillas, tiene clavos. Recuerdo que una mañana, después de un entrenamiento nos pone a sentir circuito, y mientras hacíamos el circuito, de repente yo escucho un golpe tremendo. Así en seco contra el piso, un grito y otros 2 cuerpos cayendo.

En ese momento todos nos quitamos la venda de los ojos, y lo que encontramos en el piso era un compañero tirado, mirando hacia arriba, tirado de espaldas, pero también como que su cabeza estaba como… No sé, estaba como toda extraña, pegada a los hombros, y el docente bajando diciendo “¡No lo toquen, no lo toquen!” y era como, güey, ni siquiera sabemos qué acaba de pasar.

El profe nos dijo “nadie lo toque. Continúen con el ejercicio”, dejándolo ahí y diciéndole “No, no te duermas, no te duermas”. Una compañera decidió no seguir el ejercicio y quedarse al lado del compañero y llamaron a la ambulancia, y se llevaron al compa.

El morro dejó de andar en Patineta, dejó de haces malabares, el profesor jamás se hizo cargo de una atención médica o de o de preocuparse por terapias o de cualquier cosa.

Terminó con collarín. Jamás le pudieron hacer una operación porque la lesión que tenía era imposible hacer una operación para acomodarle, porque además creo que lo que se había movido eran sus lumbares.

El golpe fue tan fuerte que lo hizo acomodarse desde las vértebras cervicales dorsales hasta las lumbares, y las lumbares fueron las que quedaron empalmadas una sobre otra, lo cual a él le imposibilitaba tener mucho ejercicio de contacto con piso, como saltar.

Yo admiro mucho su evolución, porque tuvo que aprender un ejercicio de autocuidado para calentar. El calentaba para calentar.

 Tenía que hacer una rutina de 20 minutos de él solo para poder comenzar a calentar con el grupo, y eso fue un proceso que le llevó los 4 años y que lo condicionó como estudiante, pero ni el maestro ni la universidad se hicieron cargo de ese pedo.

El gusto de vivir fuera de casa

Acueducto.- Terminas Teatro en Bellas Artes, y llega el momento como de los estudiantes graduados de “¿Y ahora qué?”

Fue un momento de los más luminosos que he tenido en mi vida, porque termino la carrera y salgo de vivir de casa de mi familia. También comienzo a vivir gracias al programa de jóvenes construyendo el futuro.

La verdad es que gocé muchísimo mi último año y mi primer año fuera de casa. Digo, sigo gozando la vida, pero ese ese proceso fue muy bonito porque en cuarto año hicimos una obra con otros 2 compañeros, éramos nada más, 3 en escena y una docente, y estamos atravesando por un proceso emocional bien profundo, muy doloroso, que tiene que ver con pérdidas de familiares, acabar la escuela, pérdida de amigos, nociones que tenían que ver con el encontrarnos a nosotras mismas.

Yo en ese momento es el primer momento en el cual también comienzo a jugar más con mi performance. Yo no sabía lo que era un hombre, no sabía lo que significaba ser hombre. Y como ya también hacía danzas rituales, específicamente había leído mis primeros contactos con esto.

La obra más bella

Entonces para mí la cosmogonía de lo que era ser un actor, ser una actriz que era entrenar, que era bailar, que era disponerte emocionalmente, se había ampliado muchísimo.

Cuando yo estoy terminando la licenciatura comencé a hacer mi servicio social en la Secretaría de Cultura de Morelia, en donde abre una pauta para jóvenes construyendo, y me quedo ahí todavía 1 año, básicamente estuve trabajando como 2 años.

Entonces mientras todo esto está, yo terminaba la carrera con esta obra que yo sí considero que fue una de más bellas y gratas que he hecho en mi proceso como estudiante de licenciatura.

Creo que, uno, llamaba mucho público, y en segundo lugar, una confrontación muy tremenda con el público de que no sólo lloraban por el hecho de “ay, es que su última obra”, sino era como “güey, me estás haciendo tocar cosas que no son fáciles de digerir”.

Varias personas nos lo llegaron a decir, muchas nos felicitaron por eso y yo creo que para nosotros en ese momento hacer esa obra tenía una diametralidad ritual al hecho de estamos hablando de cosas que nos duelen, reales.

Y en la Luciérnaga

Junto a estas cosas, recuerdo que a mí me llaman para trabajar con la Luciérnaga Teatro en una cosa llamada teatro escolar, que fue mi primera participación como ya profe a nivel profesional.

Justo ser llamada por una compañía estable en Morelia es para mí algo maravilloso. Yo creo que hay varias agrupaciones en Morelia que a nivel profesional, cuando eres estudiante dices ¡guau!, su trabajo es maravilloso, La Ceiba, Foro Eco, la Mueca y Luciérnaga Teatro, por mencionar algunos.

Entonces cuando a mí me llama Luciérnaga Teatro, Justo la manera en la que yo veía luciérnaga teatro era como “¡güey! ¡Es que estas personas tienen teatro escolar!”.

La dramaturga es egresada y es actriz, el que dirige viene de una escuela bien chingona y es un gran director. Y la verdad es que tiene una gran trayectoria en ese ejercicio. Entonces, cuando a mí me llaman para hacer teatro escolar fue una experiencia muy bella, muy bonita, porque era teatro profesional.

Me dijeron “Tu personaje tiene que andar en patineta, ¿Sabes andar en patineta? ¿No? Toma tu patineta, tienes 2 meses para aprender a andar en patineta”.

Entonces te lo juro, yo todas las tardes llegaba del trabajo, llegaba de lo que hacía en aquel momento. Yo iba a dar clases de teatro a Atécuaro, regresaba a mi casa, tomaba la patineta y me iba a una calle que estaba al lado y me ponía a patinar. Entonces como por 2 meses, los morritos se juntaban a ver cómo me partía el hocico.

Hubo un momento donde genuinamente ya no salían a jugar fútbol, sino se juntaban y veían cómo me caía.

Cuando los niños le pedían autógrafos

A nivel profesional fue algo muy bonito, digo, venía saliendo de la carrera, de una obra que había amado mucho, de procesos, que había amado mucho, en mi pensamiento estaba haciendo teatro profesional, verdaderamente me estaban pagando por hacer teatro profesional.

Estaba de gira, me quedaba en hoteles, en cabañas, me daban comida, los niños me pedían autógrafo. Ay, estuve en varios lugares, estuve en Pátzcuaro, estuve en Uruapan, estuve en varios municipios.

En mi narración utópica que yo tenía, trabajaba en Secretaría de Cultura, recibí una beca del gobierno, daba clases de teatro, era actriz. Entonces yo me sentía neta, muy entrada en el ejercicio cultural.

El parteaguas en pandemia

Luego, llegó la pandemia. Fue de los peores momentos de mi vida. Ya estaba sobre esta línea en la cual a mí ya me habían programado para dar talleres en varias tenencias de Morelia, ya me habían llamado de escuelas secundarias y preparatorias para dar clases.

En el momento en el que decido mudarme es cuando avisan nacionalmente de que nos vamos a ir a un encierro. Yo, todavía confiada, digo, güey, no hay problema, todavía me queda medio año de mi beca de Jóvenes construyendo el futuro, o como cuatro meses. Apenas me van a dar mi dinero en teatro escolar, y cuando esto se acabe yo regreso a dar clases. No hay ningún problema.

Pues no fue así, 2 años. De repente todos mis ahorros se fueron en esa casa, toda la posibilidad de hacer teatro se va, mi posibilidad de encontrarme con mi agrupación para hacer teatro también se va.

Rompo muchas relaciones, como que comienzo a aislarme, comienzo a quedarme sola. Puntos muy positivos que yo encuentro de ese aislamiento fueron que se continuó con un laboratorio de danzas rituales con un maestro llamado Diego Piñón.

La primera vez que yo conscientemente dialogué con mi inconsciente en un ejercicio de transición fue un ejercicio de danza de él, y para mí fue poderoso porque en ese momento dije, ¿Y qué tal si juego con mi femenino? ¿Qué pasa si lo dejo salir, si lo dejo ser visto?.

 Y cuando ese taller continúa en pandemia, pues a mí me daba espacios para llorar, espacios para gritar, espacios para bailarme desde un lugar distinto.

Es ahí en pandemia, donde conozco a Lucas Avendaño porque encontré sus poemas y sus videos. Comienzo a leer a Paul Beatriz Preciado, veo sus conferencias y conozco a una artista llamada Liniker, y creo que la primera vez que vi un video de ella cuando todavía era “él”, pensé, “güey, mi cuerpo es válido, yo soy válida, no sé cómo, no tengo idea, pero lo soy”

 Los primeros 2 meses de pandemia en esa casa para mí fueron un capullo muy profundo, por todo el hacer teatral que yo hice ahí entre danzas, comenzar a estudiar numerología, tarot, comenzar a leer teoría de género, decidir dejarme el cabello largo, probar con distintas prendas. Fue como un momento de metamorfosis muy grande para mí.

Contra el totalitarismo

Acueducto.- ¿Qué tipo de teatro haces tú?

Más que tipo, creo que son las formas de hacerlo. Por ejemplo, como yo en este momento me considero dramaturga y directora teatral. He tomado mucho la batuta de que en mis procesos suelen ser largos.

Y suelen ser procesos de repente muy… en la escuela teatral moreliana clásica te enseñan a que el teatro es lo máximo en tu vida, o sea, tú comes, respiras, cagas y tragas teatro, eso son palabras de un docente. Existe la regla muy famosa también de no puedes faltar un ensayo a menos que tu mamá se muera o a menos que estés muerto.

Estos pensamientos son muy totalitarios con respecto a la manera de hacer teatro. Porque lo que yo me encontré en la carrera y afuera de la carrera, es que la vida te atraviesa y no puedes correr contra ella por más que lo intentes.

Como que, justo para mí, se vuelve muy importante en todos los procesos que tomo decirles a las personas que cuando haya algo en lo que yo me esté sobrepasando, cuando haya algo que te sobrepase, necesito que me lo digas, necesito que me digas.

Porque yo tengo la responsabilidad de cuidarte allá afuera, yo soy quien te está pidiendo hacer las cosas y si no tengo la conciencia para pedirte que las que las hagas si yo no pasé por ahí antes, no tengo ningún derecho a pedírtelo, y creo que luego eso a nivel de dirección y a nivel de cómo se piden hacer las cosas en otros procesos es muy horrible, porque lo he vivido, porque he estado ahí.

Lo horrible de juzgar al público

Acueducto.- ¿Y qué pasa con el público? En realidad, ¿Quién va a las obras, ¿quién consume teatro?

Pues creo que en primer lugar nuestra familia y nuestros compas, y eso es importantísimo.

Porque Morelia es una ciudad bellísima a nivel de arte, tiene muchas propuestas por todas partes. Pero no tenemos públicos específicos ni públicos entrenados. Y esto último suena horrible, porque es como si neta juzgáramos al público.

Pero eso hacemos. Digo, cuando volteamos a ver el festival de jazz o el festival de música nos encontramos de que es un festival que sí va gente, ¿Pero a qué gente encontramos ahí?. Encontramos gente que se dedica a la música, que se ha dedicado a la música, que tiene gente que se está dedicando ahí.

El coto de los payasos

El público que va ahí es el mismo público del gremio. Creo que en primer lugar tendríamos que pensar que el verdadero público teatral moreliano está en las plazas, y tan es así que los payasos lo tienen.

Nos puede no gustar, podemos decir lo que queramos decir de su comedia, pero el público verdadero del teatro moreliano lo tienen los payasos y lo tienen los recorridos de leyendas.

Y es algo de lo que la comunidad teatral no se ha hecho cargo. O sea, por ejemplo, a mí me alucinaba. Digo, no lo mencioné, pero a mí me alucinaba en segundo o tercer año cuando entré a trabajar a las leyendas porque decía “güey, me están pagando por actuar, me están pagando por usar mallas y usar capas y usar una espada. Eso es actuar.”

O sea, tú sales al centro de Morelia a las 8 o 9 de la noche, y ves las lámparas, y ves la cantera rosa, y ves la lluvia y ves a las personas oyendo, y dices es que esto es un escenario. Y de nuevo es un escenario en el que no nos hemos hecho cargo.

“Llueva, truene o relampagueé”

Nos gusta mucho hablar del Juan Tenorio como una de las grandes herencias del teatro moreliano, porque es teatro clásico y escuchar teatro clásico es maravilloso cuando alguien disfruta hacer teatro clásico, y ves a alguien diciendo un verso no sólo como un poema, sino como parte de su vida, y es delicioso y es maravilloso, pero no ves a un estudiante de teatro que tiene clases de versos, y que tiene clases de combate escénico, juntarse con un grupito y hacer teatro en las calles.

Y bueno, lo vimos hace poco con este proyecto de teatro pegamento o algo así, de un egresado llamando a Abraham. No creo decirle el primero al que se le ocurrió, pero fue el primero que yo sí vi dedicado a “mi obra va a ser aquí, va a ser en Las Rosas y va a ser en la Calzada, y se va a presentar así llueva, truene o relampagueé”.

Lo que estamos viendo justo es a nuevas generaciones tomando en cuenta eso de la teatralidad de Morelia, y que no sólo es como “ay, no, güey. O sea, yo voy a hacer teatro, pero lo voy a hacer en mi forito, y voy a esperar a que la gente venga a mi forito”. O sea, está lindo, pero no siempre es así.

Hay mucha gente allá afuera que quiere ver y que sale con sus familias, pero que no sabe dónde verlo y que no sólo por arte de magia va a llegar a tu foro, tiene que llegar porque tú también estás ahí afuera.

Referentes inevitables, La Mueca y el Foro La Ceiba,

Acueducto.- ¿Por qué la gente que no tiene amigos en teatro no va al teatro?

Creo que se responde un poquito con la otra, porque no conocen que hay teatro en Morelia, porque además el concepto de teatro que tenemos en general siempre es esta sala enorme con un espacio de caída de talones rojos. Entonces puede sonar muy abrumador, porque incluso la manera en la que se les presenta el teatro a las infancias es más obligatoria que por gusto.

Por ejemplo, yo recuerdo mucho del lugar a donde fui a dar clases en Atécuaro, porque la razón por la que a mí me llevan es porque quieren obligar a un grupo de niños a montar una pastorela.

Lo primero que yo le dije al padre fue yo no voy a hacer esto, no les puedo obligar a hacer esto porque evidentemente lo que termina pasando es que en el futuro, cuando le digas a esa persona “vamos al teatro” te va a decir “No, gracias. ¿Para qué quiero ver eso?”

Hablando, por ejemplo, de que uno de los grandes referentes teatrales en Morelia fue Uno más otros Teatro, que tenían esta cosa de Fantasma de las Navidades, Drácula, que puede no gustarnos a varios hacedores de teatro, pero que no podemos decir que no hizo también un legado, porque varia gente que conoce y que iba va al teatro que sigue yendo es porque ese grupo presenta cosas, nos guste o no nos guste.

 Ahí pienso que es muy afortunado que existan propuestas como La Mueca y como Foro La Ceiba, que se han preocupado por salir de sus espacios pequeños para generar teatro afuera. Que el público diga, “Ah, quiero ver esto, decido ver esto”. Repito que es porque los espacios de mayor actuación los tienen personas como el gremio de payasos y el gremio del recorrido de leyendas.

El teatro, un juego muy serio

Acueducto.- En Morelia la gente gasta mucho en música, hay conciertos muy caros que se llenan, la gente sí expone cuadros en una galería, cada vez más cafés galería, danzas, pero en el teatro parece que aún no hay escena muy sólida. ¿Por qué esa diferencia con el teatro?

Considero que tiene que ver por la calidad del teatro que hacemos. Aunque en Morelia hay muchas propuestas de teatro, y de teatro que juega a ser profesional, justo se queda necio el juego.

Aquí traigo las palabras a colación de una docente de la de la universidad, el teatro es un juego, pero es un juego en serio. No depende tampoco como de la gran producción a nivel dinero, que claro, eso ayuda muchísimo, pero que tiene que ver con la seriedad de cómo lo presentas, dónde lo presentas y por qué lo estás presentando.

De nuevo traigo mucha colación, por ejemplo, a este grupo de Uno más otros Teatro, porque puede no gustarnos el tipo de teatro que hacen, puede darnos risa incluso, pero lo están presentando en el Teatro Ocampo, están pagando o por lo menos le están pagando bien a sus técnicos, quiero creer, para que sus técnicos sepan lo que están haciendo.

Otorgan actores y actrices que actúan en sus obras, que son estudiantes de sus cursos, la posibilidad de estar en esa ficción, en un teatro por el que la gente va a pagar. Y a lo mejor sí.

No es el mejor teatro ni es la mejor calidad, pero lo que estamos viendo ahí es un proceso de producción donde hay una valoración tú como espectador, de que están haciendo esto y el boleto cuesta esto, evidentemente quiero pagar y me voy con una experiencia y me voy con una buena anécdota.

¿A poco tu teatro está tan chido?

Pero luego te encuentras con propuestas de teatro independiente, y me incluyo en ellas, donde tenemos que resolver a partir de nuestro propio dinero, no tenemos un Fonca, no llevamos 15 años haciendo teatro, no tenemos inversionistas y terminamos haciendo teatro de 3 pesos, que no está mal si sabes hacer teatro de 3 pesos.

No puedo decirle a ese payaso que se hace 1,000 volteretas hacia atrás que no está haciendo teatro de calidad, porque tiene un entrenamiento físico que no tengo, y por el cual a lo mejor no lo sabe, pero se podría dar el derecho de cobrar 150 la hora.

Y de repente creo pasa que hay escenas en Morelia que te cobran 150 y su función es de una sola persona, sentadita con una luz nada más por 15 minutos, y pienso, carnal:

¿A poco tu teatro está tan chido como para cobrar eso? Y creo que pues en ese sentido creo que sí es muy necesario ser muy honesta también con el tipo de teatro que haces para el precio que le pones.

Soltar el celular

Acueducto.- Y para ir cerrando. El público, ¿Qué debe saber del teatro? ¿qué sería para ti un público entrenado para consumir teatro?

Un público entrenador para consumir teatro, en primer lugar, y asumiendo que es muy difícil, en primer lugar, creo que tendríamos que estar dispuestos a soltar el celular 40 minutos.

Y más allá de la mamonería de no tomar fotos y videos, porque creo que el teatro es un arte que sucede en el momento real. Entonces, si no estás dispuesto, dispuesta a ver lo que pasa ahí arriba y te permites distraerte, porque es eso, permitirte distraerte con algo más, puedes perder el hilo de lo que ocurre y puedes no entenderlo.

 Porque además el chiste de ver teatro creo que es eso. No sólo es sentarte y ver una pantalla, es ver cómo las cosas ocurren, cómo aparece un mar dentro de un teatro, cómo alguien se mata, cómo aparece una muralla, cómo desaparece el mundo.

El reto de Amar(nos) o morir

Acueducto.- Para finalizar, ¿A qué quieres invitar al público o a quien lea esto respecto a tu teatro o al teatro en general?

Sí, bueno, principalmente les invitaría a seguirnos en redes sociales. Nos encuentran como Amar(nos) o morir, nos pueden encontrar en Facebook, en Instagram y en TikTok.

Nuestro lugar principal donde presentamos obras es en El Agasajo aquí en Allende 695 en el centro histórico. Usualmente presentamos obras en periodos de 3 meses aproximadamente, acabamos de presentar Payasos sobre la lluvia, y nuestra ilusión es entre septiembre y octubre estar presentando nuevas obras aquí, pero también en la Pulke.

Los invitaría mucho a checar proyectos como La Ceiba que son un proyecto medianamente joven, pero que está hecho por egresados de la licenciatura que son docentes. Que son maestras, que son dramaturgas, que son directores y que son muy buenos.

Los animaría también a sentirse con el derecho de espectadores de decir “Quiero algo de calidad”, “No me gusta. Me paro y me voy”. Se vive mucho en esta ficción de “Ay, estoy haciendo teatro, estoy haciendo arte, vienen a verme”, y luego siento que el público se siente muy obligado también después a que ya no puede irse porque ya pagó.

No, levántate, vete. Di que no te gustó, dínoslo. Yo sí me tomo la libertad de acercarme con las personas que han visto mi teatro y preguntar, “Dime qué cosas no te gustaron”, y más allá de un ejercicio mancillista, sino porque creo que eso nos lleva como creadores a decir, “bueno, ¿Qué puedo hacer ahora?”, a reinventarnos en ese proceso. Entonces yo invitaría al público a ser retador, a decirnos “No me gustó esto, sí me gustó esto. ¿Qué tal si ahora haces esto?”.