Pátzcuaro/Sergio Pimentel
Se ven muy bonitos ahí sentados. Como un mar de sonrisas, un mar de cabezas bellas. En realidad, ustedes son los recipiendarios de este premio porque ustedes son quienes me la conceden”. Con estas palabras comenzó Elena Poniatowska su intervención en la Plaza Vasco de Quiroga de Pátzcuaro al recibir la presea Gertrudis Bocanegra, máximo reconocimiento del ayuntamiento a quienes se han distinguido por sus actividades humanitarias, artísticas y científicas y que mediante éstas han honrado a México, Michoacán o Pátzcuaro.
Con la atención de los cientos de personas que se reunieron para verla y escucharla, la periodista continuó con una pregunta tajante y extraña: “¿Qué les pasa a los hombres que van a fusilar?” Era su anzuelo para contar una anécdota, la de una mujer que retó a Pancho Villa por oponerse al fusilamiento de su esposo. “Llévensela de aquí, dijo Villa, y ella le disparó a la cabeza volándole el sombrero. “¿Quién disparó? ¿Quién quiere matarme?” Preguntó Villa dirigiéndose a un grupo de mujeres entre la que se ocultaba la rebelde. “Todas disparamos. Todas queremos matarte”. Contestaron las mujeres. De ahí, Poniatowska da un salto a Gertrudis Bocanegra y habla de la valentía y dignidad que le valieron ser fusilada hace doscientos años en esta misma plaza:
“Antes de la Revolución (sic), Gertrudis Bocanegra fue correo de los insurgentes donde había hombres y mujeres independentistas, fue descubierta y hecha prisionera, además de torturada, cuando la capturaron se negó a hablar, fue llevada a juicio y culpada por traición, sentenciada y fue fusilada”
La gente la interrumpe con un tímido aplauso pero Elena continúa. Habla de sus raíces patzcuarenses: un tío lejano que tenía un hotel por aquí por el centro; y de lo que la une a Michoacán: una sobrina que es hija de Alfredo Zalce, su cariño por los escritores María Luisa Puga e Isaac Levín, y el recuerdo entrañable del General:
“La presea Gertrudis Bocanegra me acerca a quien fuera el mejor presidente de México, el michoacano Lázaro Cárdenas del Río, quien jamás hubiera permitido la entrega del poder al crimen organizado, ni la entrega del petróleo, tal como lo ha hecho el mal gobierno que tenemos hoy en día, así como tampoco hubiera permitido el crimen de los 43 maestros rurales de Ayotzinapa”
En sus palabras aflora la sencillez de su prosa y su gusto por la anécdota, va del cine al agua de zarzamora que le ofrecieron en el hotel; del amor por la lealtad y la causa del México Independiente al agradecimiento al chofer que las trajo a ella y a Julieta Egurrola desde el DF; de sus hijos y sus nietos al listado de personalidades que ocupan la mesa de honor.
Agradecida, Poniatowska, con voz trémula y firme de 84 años, teje un discurso cálido y ligero que conecta con la gente y deja ver en ella a la siempre niña polaco-francesa que un día fue enviada a México para alejarse de la guerra. Su amor por este país que ella ha retratado desde tantas orillas se nota en el recorrido que hacen sus palabras desde el micrófono. Menciona flores, platillos, lugares y personajes, siempre amorosa, como su segundo apellido, y siempre comprometida con los que sufren y luchan. Se despide diciendo que este homenaje es inmerecido pero que le unirá para siempre a Pátzcuaro.
La gente aplaude y le despide con cariño. Buscan de ella un autógrafo, una foto o simplemente tocarla a su paso por la plaza. Elena Poniatowska Amor se retira cosechando afectos, quizá, más poderosos y trascendentes que la medalla que cuelga de su cuello.





