Su mejor obra

Desierto

En 1909, miles de «guerreros del desierto» y sus familias, pertenecientes a diversas tribus del noroeste de África, confluyen en Sagia el-Hamra y, guiados por el cheij Ma el-Ainin, inician una ardua marcha que tal vez les lleve a enfrentarse al ejército francés.

Varias décadas después, esa terrible y hermosa historia ha caído casi en el olvido para todos, incluso para Lalla, una niña descendiente de los «hombres azules» del Sahara, que vive con la familia de su tía Aamma en los suburbios de una gran ciudad a orillas del Mediterráneo. Pese al sol y el viento implacables, Lalla ama las dunas, el silencio y, sobre todo, la libertad.

Es feliz escuchando las leyendas que le cuentan su tía y el anciano pescador Namán, y recorriendo pedregales junto al joven pastor Hartani, con quien descubre el amor.

Pero debe despedirse de ese mundo y embarcar hacia Marsella, donde tiene que buscarse la vida entre miles de emigrantes; un fotógrafo, tras descubrir su rara belleza, le brindará la oportunidad de mejorar su situación. Sin embargo, hija del desierto, Lalla querrá regresar a la tierra de la que partió, a sus verdaderos orígenes.

Desierto es una novela de sensaciones y lo es verdaderamente, es el contraste brutal entre la dureza singular del desierto del Sahara y los hermosos sentimientos que entrega a sus habitantes se hace patente a lo largo de las dos historias que se cruzan en el relato. Como denominador común, el desierto hace de anfitrión permanente, como un homenaje del propio autor hacia ese inhóspito escenario.

Desierto es un ejemplo que muestra claramente que el lenguaje puede ser bello y que lo bello puede ser descrito por ese lenguaje.

El Africano

En El africano Jean Marie Gustave Le Clézio (Niza, 1940), premio Nobel de Literatura 2008, apuesta por el bosquejo breve que se desdobla en múltiples escenarios y preguntas. El libro ofrece una poética condensada, llena de ramificaciones que establecen interrogantes, arenas movedizas donde se desplaza la pluma del autor. Le Clézio, más que abordar de manera lineal su biografía, de cotejar con minucia datos y fechas, nos cuenta de él a través de su padre; evoca la imagen distante, a ratos borrosa, de un médico militar en África, trabajando para el gobierno inglés, alejado de su familia por largas temporadas.

Para Le Clézio el recuerdo de África dista mucho de la experiencia romántica de los viajeros que replican sin pudor la imagen del turista, del explorador que tiene entre las manos el boleto de regreso a casa. El pueblo de Ogoja, en Nigeria, representa para Le Clézio la única referencia de un lapso de su vida, el continuo forcejeo con su pasado, con la relación con su padre, pero también con su lugar en el mundo, elementos que reconstruye en párrafos densos y febriles.

En El africano se percibe una lucha con la memoria, transmitida en un lenguaje que no cuenta de primera intención sino que se sumerge en una especie de reescritura, salvando fragmentos, imágenes que reviven oleadas de insectos, la humedad nocturna de la selva, la conciencia del cuerpo en medio del agobio, en un entorno a veces hostil, donde resalta la diferencia con los cuerpos africanos, casi desnudos, evocando figuras de arcilla bajo el sol. El clima abrumador de África es reflejado en una prosa que privilegia lo sensorial, complementada con fotografías del padre de Le Clézio que aportan una referencia interesante a la obra.

El africano es un ejemplo de las posibilidades ilimitadas de la biografía, el cruce de géneros y el rescate de una vida que se transforma en una experiencia perturbadora y estética: condición fundamental de la literatura.