Crónica | El intempestivo y encontrado amor de los pequeños por las tortugas

(Foto: Rair Franco)

Un camino que inicia la vida…

Playa Azul, Lázaro Cárdenas, Mich. | Montserrat Herrera/Acueducto Online.- La calurosa costa michoacana nos regalaba un sol ardiente que entrecerraba los ojos de los que no encontraron sombra a la cual refugiarse.

La Expo Tortuga estaba por iniciar; ahí estaban, arriba, una enorme hilera horizontal de los integrantes del presídium, abajo decenas de pequeños y adolescentes estudiantes, abajo los adultos y no menos adultos mayores, cuya mayoría tenía el rostro moreno, nativo.

Miembros del Ejército Mexicano, el que oficialmente ya tiene permiso para salir a las calles, al menos hasta el 2028, no solo realizaron el protocolario acto cívico, los honores a la bandera tricolor, sino que blindaban seguridad alrededor de la plaza principal del pueblo.

Alrededor de la plaza, situada a menos de una centena de pasos hacia la orilla del mar, algunos puestos de comerciantes ofertaron sus productos, de los cuales sobresalen los artesanales, sobre todo aquellos elaborados con productos de la costa, como velas, recipientes de coco, joyería, etcétera.

Sin embargo, uno no puede dejar de detenerse en una llamativa galería de fotos, de tamaño visible, sobre este municipio, sobre Lázaro Cárdenas, y sus bellezas naturales y las creadas por el hombre, en especial en el puerto industrial, aunque solo sean unas pinceladas.

De esas imágenes no puede uno dejar de admirar la brevísima pasarela de pequeñas tortugas, en diversas poses dentro de un sencillo recipiente de plástico, lo que provoca una mezcla entre una ternura elevada a la quinta potencia y un penar porque no están en su habita, el mar.

Antes, en la plaza, para alegrar el momento, previo a la inauguración de la Expo, un grupo de danza folklórica dio paso al tradicional baile de las panaderas, quienes tras sus parsimoniosos movimientos sorprendieron lanzando decenas de empanadas de coco a los presentes, algunas parecían tiros de precisión que daban en sus cuerpos ante la torpeza por atraparlas con las manos, por supuesto.

La frustración de Chinto

Alterno a la situación, Jacinto Echeverría, un nativo, hombre amante de la naturaleza y creó un cuento para concientizar a las personas a cuidar a las tortugas, ilusionado esperaba leerlo en el evento; todo fue en vano, no le permitieron; la tristeza se le vino encima como balde de agua hirviendo.

Y, ¡el gran momento!

Después de la inauguración, la gente prácticamente corría, con pasos escasamente vistos, a la orilla de la playa, pero ese entusiasmo era contenido por dos cuerdas largas que impedían acercarse lo más posible; el calor parecía, no era, infernal.

Ya, en la orilla de la playa, delante de las típica, rústicas enramadas, en las cuales no pocas empezaban a tener vida en este día especial, la gente acalorada movía sus manos para obtener algo de brisa, esperado ansiosa observar cómo dos tortugas adultas eran regresadas a la mar y cómo un puñado de tortuguitas eran empujadas a las álgidas aguas del Pacífico, en una misteriosa aventura.

Mientras llegaba ese momento, uno de los más anhelados de los pequeños que no dejaban de moverse, que no dejaban de estar a la expectación, los organizadores y los invitados especiales, sobre la arena, jugueteaban con las tortugas, apostando a cuál de todas era la más rápida, teniendo un momento divertido.

Las dos grandes tortugas se hicieron a la mar, posteriormente, las más pequeñas que salieron de cuencos de coco, guiadas por el sonido de las olas, pero con un atrabancado y correr, con segundos de detenimiento, lograron, igual, zambullirse entre ese no bravío oleaje; tras ello, el aplauso no se hizo esperar, como si fuese una misión cumplida.

En especial, los pequeños de preescolar, más allá de los demás niveles educativos, tuvieron el emocionante privilegio de sostener una tortuguita en sus manos, y deletrear un intempestivo amor y en segundos un sentimiento encontrado al dejarla ir, al verla partir en la inmensidad, en ese gran horizonte azul.