Anaís, Tarot y el ocaso de la vida.

(Foto: Cayetano Mac)

Morelia, Mich. | Cayetano Mac/Acueducto Online. – El tarot es para algunos un tema tabú, algunos lo rechazan, otros en privado toman la consulta, y otros más son curiosos.  Para Anaís, nombre con el que todos la conocen en el tianguis del audi, una mujer que se mostraba escéptica cuando comenzó, fue algo que llegó a su vida de manera repentina, sin tanta aura de misterio, solamente como parte de la terapia en un contexto turbulento como lo fue el México de finales del siglo.

– ¿Cómo que es que tomó este nombre de Anaís?

-Está vinculado a una planta en el caribe que da unas flores que según atraen los ángeles, pero también por un perfume que produjeron en Francia y a mí me gusta mucho.

Para Anaís responder el cómo fue que empezó en el tarot, es tener que remontarse muy atrás cuando trabajaba en una Organización No Gubernamental (ONG) de mujeres víctimas de violencia, agregando que ahora también el inicio de la pandemia por VIH. “Era de todos los días tener que atender situaciones difíciles, para finales de los 80 apareció el VIH, hasta ese momento todavía había gente que creía que eso era asunto de hombres y gays.”

Las presiones en las que era sometida todos los días en el trabajo, pero sobre todo un caso en especial de una mujer infectada de VIH, la cual significó mucho en su vida, fue la que por recomendación de su terapeuta la hiciera buscar otras actividades en las que desenvolverse. “Yo dije este tipo está loco, trabajo 20 horas diarias y ahora quiere que haga un hobbie.”

Un día Anaís llegó a un centro esotérico para pedir información sobre las clases de acupuntura para enterarse que no había cupos, pero la directora de aquel centro le comentó acerca de un curso de tarot “Yo le dije ¿y cómo se come eso? Y ya no estaba para pensarle mucho ni perder el tiempo, me inscribí.”

“Mi maestro de ese entonces era alguien fue alguien que pasó muchos en China, aprendió muchas lenguas, artes marciales y también cuestiones vinculadas a lo mágico, era una persona muy docta, gran maestro.”

Una anécdota interesante de cómo descubrió tener el don para tirar las cartas fue cuando una vez concluido el curso, el maestro pidió a todos juntarse en parejas y leerse las cartas al otro, por una distracción fue que Anaís se quedó sin pareja, pero su maestro le propuso que ella le leyera su futuro “Primero fue con timidez que tiro las cartas, me pide que las diga bien, lo vuelvo a hacer me dejé llevar por la intuición, entonces cuando sacó las tres cartas lo primero que se me ocurrió fue decirle lo primero que pensé.” Las carcajadas del grupo no se hicieron esperar, pero hubo alguien que no se rio con los demás, su maestro se miraba serio, sin decir nada, mudo, seis meses después de aquella lectura se hicieron realidad cada una de las cosas dichas, fue entonces en el que comenzaron a respetar su trabajo.

El tarot todavía era un entretenimiento para ella, en sus palabras, era una época convulsionada, asuntos políticos y políticos empezaron a hacerse presentes dentro de la ONG en la que trabajaba, lo que fue dando paso a su fin. “Sentí bien feo verlo de esa forma, fue algo a lo que le di 15 años de vida.”

Posterior a eso, tomó un año sabático en el que su terapeuta todavía insistía en que se dedicara al tarot. “Hubo una fiesta de despedida en el grupo de terapia y se llevaba un regalo cada quién, él me dijo que no llevara nada, que le tirara las cartas a los del grupo y eso sería su regalo, era la primera vez que hacía una tira de grupo, no sabía cómo la energía se iba a mover, pero se movió bien, la gran mayoría como mi maestro se quedaron callados, tres de ellos después me buscaron para mis primeras consultas.” Anaís siempre relacionó el tarot con su anterior trabajo, ya que al final su trabajo ha sido apoyar a la gente.

La fluidez de la conversación y el ruido de fondo del tianguis hizo evitar percatar aquel acento que se ocultaba, y fue así como explicó su llegada a esta ciudad. “Yo nací en El Salvador, migré a México como refugiada por la guerra, fue reconocida por el alto comisionado de naciones unidas para refugiados, tengo ese estatus, decidí quedarme acá y trabajar, como me enseñaron en mi casa, en Ciudad de México las cosas estaban bastante difíciles así que vine a Morelia.”

Recién llegada a Morelia, precisamente por una política que era diputada hace ya unos 20 años, fue que al no tener trabajo y por recomendación de alguien fue que comenzó a asistir a los tianguis de la ciudad para ejercer su oficio de la lectura de cartas. “fue así que me quedé en el audi porque es el más grande de todo Morelia, luego aquí vienen personas de todos los estados y ciudades de alrededor, de aquí han salido casi todos mis clientes.”

Lo que empezó como un simple entretenimiento y con expectativas un poco bajas se convirtió en su apoyo mismo, hace también el contraste de su infancia, donde asistió a un colegio de monjas hasta el bachillerato, y el choque que tuvo al llegar a la universidad nacional, que para ese momento había dejado de ser creyente. “Yo al tarot fui para entretenerme, tomé feng shui, un segundo curso de tarot, a mí el asunto de mi maestro me hizo saber que tenía el don, no creía hasta que las cosas comenzaron a pasar, me di cuenta que es real.”

La muerte, ella como lectora de Carlos Castaneda la considera el último enemigo a vencer, la frase como “Uno no se debe de entregar a la muerte, pero sí tenerle respeto, saber que ahí está, y que algún día te tendrás que ir” es como Anaís acepta sus últimos días en la tierra, por su edad, por su situación de salud, el único pendiente en vida es el de su albergue de perros y gatos. “Eso es algo que me ata, no me quiero ir hasta que haya arreglado eso y cómo van a quedar ellos.”

No solamente de la muerte propia, sino que también la última semana murieron dos seres muy queridos para ella, una amiga suya que perdió contra el cáncer, en sus palabras una mujer muy bella, bruja de nacimiento, nunca quiso practicarla, bióloga y maestra en antropología, había también perdido sus extremidades en el pasado. La otra vida perdida se trataba de una de las perras del albergue, de pelaje blanco, ya con 18 años de vida era una de las más viejas, murió por causas de la edad. “Fueron dos muertes muy importantes para mí en una semana, una humana y otra animal. Ese es el reto, que uno tiene que aceptar la muerte.”