Mi crónica | Y, cuando desperté, el Covid seguía ahí

(Viñeta: cortesía)

Morelia, Mich. | Montserrat Herrera/Acueducto Online.- Desde que comenzó la tos seca tuve un mal presentimiento, la tarde de un domingo mi garganta comenzó a picar tanto que me hacía toser casi todo el tiempo, “miel con limón y quedarás mejor” me dijo mi mamá, y decidí ir a dormir sin tomarle importancia.
La mañana del lunes estaba dispuesta a salir a trabajar, pero mi garganta inflamada me estaba impidiendo hablar y la mala espina se clavó más; por peras o manzanas, decidí no ir, “no vaya a ser”, me dije.
Después de un rato, la tos volvió más fuerte y el frío parecía venir de todas partes, por más que dormía, mi cuerpo parecía no tener descanso; aunque no hice mucho esfuerzo, sentía como si hubiera cubierto un turno de 24 horas.
La larga fila del médico me daba miedo, miedo por contagiar a alguien o ser contagiada, miedo a lo que me pueda decir o que me llenen de pastillas; aunque todavía no pasaba a consulta, sentía que el olor de la clínica me enfermaba más.
Loratadina, Amoxicilina, Paracetamol, Naproxeno y unas cuantas inyecciones fueron mis acompañantes de lucha para recuperar mi salón aunque, desde siempre, ingerir tantas pastillas me desanima.


El miércoles desperté peor, el frío se sentía por dentro de la piel, como si la sábana más afelpada no pudiera cubrirme; me abrigué hasta las manos, pues no soportaba el aire, ni la luz, ni seguir despierta.
Los ojos me pesaban, como si quisieran quedarse cerrados para siempre, y mi garganta empeoró, al grado que ni pasar saliva era grato. Mis comidas se volvieron líquidas para poder tragarlas, pero no podía comer sin malestar.
La cabeza me daba tantas vueltas y los oídos comenzaron a punzarme, como si “alguien hablara mal de mí”, dirían los mitos… Té de manzanilla, hierbabuena, jengibre, todas las infusiones posibles, pero nada me calmaba.
El jueves, después de tres largos días, por fin pude hacerme la prueba Covid, el cotonete que entró a mi nariz me raspó y me hizo toser, aunque fueron segundos, el dolor los hizo eternos.
Y sí, lo era, tenía Covid, después de dos años de pandemia y salir libre el Covid llegó a mí, aunque las vacunas hicieron que me salvara de algo peor.
Comencé a avisar a todos mis amigos y familia para que tomaran precauciones y los remedios caseros me llovieron por doquier, fui la única en mi hogar en contagiarme.
Para mi suerte (que no duró mucho), la enfermedad comenzaba a apaciguarse, la garganta se desinflamó y, por fin, sentí que podía respirar correctamente.
Aunque el doctor me recomendara una semana más de descanso, quise probar suerte… recién se fueron los síntomas, retomé el trabajo sin escuchar a mi mamá que me recordó quedarme en casa, y me jugó a mal… las mamás son sabias.
El camino de mi casa hacia el trabajo, para mí, es insoportable, las ventanas cerradas del transporte y la gente amontonada genera un calor que me marea y, más de una vez, he querido vomitar.
Caminar desde mi parada hacia la oficina, algo que disfrutaba, se volvió un mártir, pues las ráfagas de aire me pegan en la piel y el frío lo siento mil veces peor.
Debí quedarme en casa, porque el Covid no se fue…