Para Agustín Beltrán, de Jacques Coste

Viñeta André

Hermano mío, el mundo va a extrañar a alguien con tu inteligencia, tu agudeza, tu sonrisa, tu generosidad y tu sentido del humor refinado y único. Al menos, yo te voy a extrañar. Nos íbamos a ver en unos cuantos días. Hoy, no puedo creer que ya nunca más nos veremos.

Siempre te admiré: esa congruencia, esa autenticidad, esa risa, esa brillantez, esa costumbre de siempre ser amable con todos por igual y esa convicción de luchar por tus sueños decididamente. ¡Vaya! ¿Cómo no te iba a admirar, carajo? ¿Quién deja un gran trabajo en el Banco de México porque no lo hace feliz y opta, sin chistar, por hacer lo que más le gusta? ¿Quién corre un maratón por el simple gusto de correrlo?

¿Quién lee novelas rusas a los trece años? ¿Quién lee poemas de Federico García Lorca en clase sin importar que se burlen de él sus compañeros de la secundaria? Hasta puedo recordar un verso del poema con el que participaste en el concurso de declamación:

El día se va despacio,

la tarde colgada a un hombro,

dando una larga torera

sobre el mar y los arroyos.

Las aceitunas aguardan

la noche de Capricornio,

y una corta brisa, ecuestre,

salta los montes de plomo.

Antonio Torres Heredia,

hijo y nieto de Camborios,

viene sin vara de mimbre

entre los cinco tricornios.

Siempre que fallece alguien, se dice que era una persona especial, única, llena de virtudes y casi sin defectos. En tu caso, es cierto. Eras un gran amigo. Siempre escuchabas con interés a los demás y dabas tus opiniones sin juzgar. Realmente ponías en práctica esa vieja máxima de: “Vive y deja vivir”.

Para recomendaciones de libros, pocos como tú. Apenas ayer, un buen amigo comentó al respecto: “Agustín siempre sabía que libro recomendar, como si supiera de antemano qué te iba a gustar”. Es cierto. Doy fe de ello. Compartíamos el gusto por los novelistas del boom latinoamericano y gracias a ti leí por primera vez a Hemingway. Ahora, es uno de mis autores favoritos. Aún tengo la copia de A Farewell to Arms que me prestaste. Supongo que ya nunca te la devolveré, pero la conservaré como un gran tesoro.

Apenas en enero, tuve el gusto de comer contigo y tu familia. Platicamos de temas profundos y triviales. Eso era una canija maravilla cuando al conversar contigo: podíamos planear cómo arreglar el mundo o intercambiar opiniones sobre política y alta literatura, pero también podíamos bromear, hacer chistes locales y recomendarnos series cómicas. O, ¿por qué no?, hablar de cómo iba tu querido Chelsea en la Premier League.

Trato de encontrarle sentido a tu injusta partida y no puedo. Creo que hay cosas que no están hechas para que las entendamos. Sin embargo, podemos decidir qué aprender de esas experiencias amargas e inexplicables. Yo aprendí mucho de ti y trataré de honrar tu memoria siguiendo tu ejemplo: siendo congruente, siguiendo mis sueños, procurando ser generoso y disfrutando cada día.

Tuve la fortuna de conocerte durante quince años. Me hubiera encantado que fueran más, pero este corto tiempo me alcanza para decir que dejaste una huella indeleble en mi vida. Y sé que tus demás amigos se sienten igual de afortunados por haberte conocido y haber disfrutado de tu compañía.

Hasta siempre, hermano. Te voy a extrañar. Me despido de ti con el último poema de José Emilio Pacheco que te compartí hace apenas unos días:

¿Qué va a quedar de mí cuando me muera

sino esta llave ilesa de agonía,

estas pocas palabras con que el día,

dejó cenizas de su sombra fiera?

¿Qué va a quedar de mí cuando me hiera

esa daga final? Acaso mía

será la noche fúnebre y vacía

que vuelva a ser de pronto primavera.

No quedará el trabajo, ni la pena

de creer y de amar. El tiempo abierto,

semejante a los mares y al desierto,

ha de borrar de la confusa arena

todo lo que me salva o encadena.

Mas si alguien vive yo estaré despierto.

Y sí, hermano. Mientras nosotros vivamos, tú seguirás despierto.