
Tzintzuntzan, Mich. | Martín Equihua-Acueducto Online.- Encapuchados, con apenas delgadas rendijas para espiar sin delatarse, con trajes a rojo y blanco, seguramente irreconocibles por los soldados romanos que representan, más de medio centenar de jóvenes, montados a lomos de caballo, van de casa en casa, de calle en calle, buscando a ese judío que se dice el mesías salvador de un pueblo esclavizado, liberado, sometido y vuelto a someter, y al que, como ahora sabemos, le irá mal en los siguientes siglos.
Así inicia un nuevo ciclo en la representación de escenas bíblicas de los tiempos de Jesús, uno de los personajes más influyentes de la historia mundial, a cuyas andanzas y predicaciones se debe la religión cristiana y sus múltiples variantes en que se ha fragmentado.
El recorrido incluye la visita a 16 cristos resguardados por generaciones en los barrios, a quienes también rinden honores con el pitido de sus silbatos. Primero el Santo Entierro, después el Cristo de Santa Rita, para enseguida hacer parada en el depósito de agua, con “uno de los cristos más recientes, de los agregados”, y luego a casa de familiares de los fallecidos que en vida contribuyeron en el ceremonial de representaciones de años pasados. Por la tarde llegan a Yaguaro, desde donde se organizan para salir en parejas por las calles, en búsqueda del así proclamado hijo de Dios.


El anonimato lo garantiza la capucha de franela, para poder estar de infiltrados entre la gente común, sin ser detectados por posibles adeptos del nuevo culto que se propagará en los milenios siguientes. Esperan que la traición, la envidia, el odio disfrazado y la hipocresía hagan su trabajo, como ha sido siempre, para saber qué trazas porta ese judío.
Concluirá la averiguación mañana, Jueves Santo, con la visita a casas de los cristos de barro y el regreso a dar gracias a la imagen sufrida del Santo Entierro. Por la tarde, continuarán con representaciones de “la Última Cena, Sanedrín, Concilio, la Samaritana, María Magdalena, el arrepentimiento de Pedro y la traición de Judas…”, nos dice Ruperto David Urbano Francisco, del grupo coordinador, quien agrega la puesta en escena del Viernes Santo, el clímax de la Pasión de Cristo. “Empezamos a las diez de la mañana con Sanedrín, Concilio, Prendimiento, juicio con Anás, Caifás, Pilatos y Herodes. Después, el doloroso viacrucis…”, dice.
También, el Viernes Santo, por la mañana, aparecerán los penitentes con grilletes, encapuchados y cubiertos con sábanas blancas, quienes arrastrarán su pena en el Atrio de los Olivos, pidiendo limosna que entregarán, como es normal, a la iglesia. Por la noche, será turno de los penitentes de pesadas cruces, con cuatro colillas terminadas con clavos, “para pagar sus deudas al señor”.
RECOMPENSA A SACRIFICIO
Pablo Francisco Cuiris es uno de los espías. Hace “este sacrificio, para que me vaya bien en mi trabajo, y para que, cada vez que salga pueda regresar con bien a casa”, como no le ha ocurrido a otros.
Es su tercer año continuo y lo hace con plena devoción, como se le advierte en la emoción de sus breves palabras. Está convencido de que se vive un tiempo especial, tanto por la pandemia y su estela de muerte y miedo, como por la violencia que no cede y por la que “las cosas están descontroladas”, aunque en su pueblo está tranquilo “casi siempre, aunque algunas veces no”, por lo que espera que otros jóvenes se acerquen a la iglesia, “porque la verdad es que les hace falta”.
Del equipo coordinador, Urbano Francisco observa que ahora hay espías jóvenes de 16 años, y otros “no tan jóvenes que se habían alejado, ellos saben por qué, pero regresaron a agradecer después de años difíciles”.





