Morelia, Mich. | Xana Zamudio.- “Yo empecé a trabajar ahí en ‘San Diego’ en 1964. El hambre me hizo llegar ahí, muchos creen que estar ahí es fácil, pero no; son desveladas y fríos, a veces mal comidos y bien trabajados”.
El señor Froilán Silva cuenta ser uno de los primeros vendedores que, hasta la fecha, reciben las fiestas guadalupanas del templo del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe.
“Se principió por unos rosarios, que aún todavía existen, pero antes era muy poca gente la que iba. Eran unos 15, yo los llegué a contar, mujeres de antemano”, hace memoria mientras mueve con una mano el tostador de cacahuate y se baja el sombrero para cubrirse del sol.

A sus casi 40 años comenzó la venta de cacahuate en compañía de sus hijos, ya luego incorporó la caña, pese a que no acudían muchos compradores en ese entonces.
“No iba mucha gente. Y comerciantes había pocos, éramos como 5. Yo llegué a vender 4 o 6 pesos diarios. Venía y compraba un kilo de cacahuates y un manojito de caña”.
“De allá del templo para acá casi no atravesaba gente, tenían miedo atravesar la Calzada; no había luz”.

Don Froilán recuerda cómo poco a poco fue creciendo el comercio que año con año se colocaba en el lugar, a tal grado de necesitar organizaciones de los mismos vendedores, así como sus representantes para un mejor orden de la asignación de lugares, entre otras cosas.
Aunque, al día de hoy, la variedad de comerciantes es basta en el lugar, sigue predominando la venta de cañas, aunque no siempre fueron bien aceptadas por los compradores.
“Antes vendía cañas enteras, pero yo llegué a barrer muchos dientes, se les caían pelando las cañas, y si los traían flojos, con mayor razón. Entonces bajó la venta”.

“Luego pasó que un señor que le decíamos ‘chamangarrias’ porque tomaba, con un cuchillito, se puso a pelar las cañas y al ratito tenía el bolón de gente, -pues qué tiene este hombre, ¿les estará dando ‘chínguere o qué?, pensaba. Al día siguiente, ¡ya todos teníamos cortadora!”.
Es así que recuerda cómo se volvió una de las festividades favoritas de la gente por la venta de cañas.
Décadas después, dice, es la primera vez que está en riesgo el ingreso que cada año le permite la venta de temporada, pues, debido a la pandemia, instancias gubernamentales han acordado no llevarse a cabo el, ahora llamado, Cañafest.

“El gobierno ha de creer que nosotros ahí la gozamos, aunque, bendito sea Dios, sí sacamos para comer, para comprarnos una garrita y un pollito en fin de año, porque no vamos a decir guajolote”.
Desde la parte trasera de una camioneta roja, avanza con sus compañeros y compañeras comerciantes, que el día de hoy salieron a las calles del centro histórico a pedir a las autoridades les permitan la colocación de puestos en el lugar que año con año llevan a cabo su venta.
“No tenemos trabajo, estamos sosteniéndonos pos hay como Dios le da a entender a uno. Con la esperanza que estas gentes comprendan. Antes trabajábamos los días del rosario que eran 46. Nos recortaron a veintitantos días cuando entró Fausto Vallejo, ¡y ahora esto!”





