Acueducto| Hugo Rangel Vargas
En la jerga de las encuestas de salida, popularizadas recientemente en su uso por partidos políticos y que sirven para estimar las tendencias de las votaciones mucho antes de los conteos rápidos, hay un anglicismo que se utiliza para expresar que el método utilizado para pretender determinar un ganador no es el adecuado debido al margen tan estrecho entre los dos punteros.
“Too close to call”, es la expresión que suele utilizarse para decir que es imposible determinar un ganador, misma que seguramente veremos circular entre noticieros y opinólogos el próximo 3 de noviembre durante el proceso electoral en el que los norteamericanos determinarán quien será el inquilino de la Casa Blanca para los próximos 4 años.
Mas allá de las implicaciones que podrá tener para la relación bilateral de nuestro país con el vecino del norte, la elección del mandatario norteamericano representa un ejercicio democrático singular que por su método podría derivar en intrincados interesantes para cualquier analista.
Hasta el momento, las encuestas han colocado al candidato demócrata Joe Biden como el claro favorito en la contienda frente al presidente Donald Trump. Las encuestas en promedio otorgan una ventaja de 8 puntos porcentuales al primero, lo cual ha hecho que estimaciones como las realizadas por el sitio web de estadísticas FiveThirthyEight otorgue al mandatario solo un 13 por ciento de probabilidades de ser reelecto. Pero fue ese mismo portal el que daba al propio Donald Trump apenas el 28 por ciento de posibilidades de triunfo en 2016 frente a Hillary Clinton.
El espejismo de las ventajas en las encuestas en el caso del sistema electoral norteamericano radica en que el presidente es elegido a través de los votos del colegio electoral y no a través del voto popular, derivado de lo cual en cinco ocasiones el presidente norteamericano designado no ha obtenido la mayoría del voto de los ciudadanos, tal como ocurrió justo en el proceso que tiene a Trump actualmente a la Casa Blanca.
Un dato que abona a la incertidumbre es que apenas cuatro presidentes en la historia de los Estados Unidos no han logrado su reelección y que la contienda en los llamados estados swing está muy cerrada entre ambos competidores: en Florida la ventaja de Biden no rebasa el 1.5 por ciento; en Carolina del Norte y Arizona el demócrata esta arriba por dos puntos; en Ohio y Georgia Biden solo saca un punto a Trump, mientras que en Iowa la ventaja de Trump es de apenas dos puntos sobre Biden.
Hay un fenómeno adicional que está operando en las encuestas y es conocido como el efecto Bradley. Este sintetiza la imprecisión que tienen los estudios de opinión medir el sentir de la ciudadanía. Y es que el declararse simpatizante de Trump ha sido estigmatizado y suele ser visto como políticamente incorrecto, por lo que la intención de voto a favor del republicano suele tener una estimación oculta entre ciertos estratos sociales y raciales.
Seremos testigos lejanos de una nueva prueba de fuego para la democracia norteamericana y sus instituciones. Prueba que ahora estará atemperada aun mas por una pandemia que ha obligado a tomar medidas como el voto a distancia, así como por la toma de partido de factores de poder como Twitter. El pronostico es reservado y seguro es que Trump, el amo del histrionismo, tiene aun recursos bajo el brazo.





