Ágora | De la esperanza al desencanto

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Acueducto | Jaime Martínez Ochoa

Unos cuantos meses han bastado para que el gobierno de la esperanza de Andrés Manuel López Obrador se convirtiera en el gobierno del desencanto. Durante su campaña, el morenista se presentó como un restaurador de la vida pública mexicana, tan deteriorada por los gobiernos panistas y de Enrique Peña Nieto, pero con el paso del tiempo se ha convertido en más de lo mismo.

Su manera de responder a los desafíos más apremiantes, su forma de reaccionar ante las críticas, lo han presentado no como un estadista que vela por el bien de la República, sino como el integrante de una secta que sólo ve por sus intereses y desoye las voces que le sugieren un cambio de rumbo.

Los mexicanos queríamos un gobierno progresista, que supusiera una ruptura total con lo que había sido el gobierno de Enrique Peña Nieto. La lucha contra la corrupción, el fin de las prácticas económicas neoliberales, el apoyo a los sectores desprotegidos, el impulso a la ciencia, a la cultura y el deporte, se veían como las rutas que podían significar un nuevo modelo de gobierno.

Había más, claro: el tema financiero, el de la seguridad, de la creación de empleos. México necesitaba con urgencia un nuevo proyecto económico, político y social, que supusiera una vía para escapar de la debacle institucional que supuso el gobierno de Peña Nieto.

Fue por eso por lo que votaron millones de mexicanos. La esperanza y el optimismo les hicieron creer que, ahora, por fin, las cosas serían diferentes y mejores.

Sin embargo, muy pronto se vio que el tabasqueño tenía otras ideas. Su forma personalista de gobernar, el rechazo a toda crítica, incluso a la bien intencionada, su menosprecio a sectores clave del país, como el de las mujeres y las comunidades científicas y culturales han revelado su verdadero rostro, el de un autoritarismo velado por las buenas intenciones. En este contexto, las mañaneras lo han revelado como una persona poco afecta a los que discrepan de él, por más que tengan la razón.

Si bien AMLO sigue teniendo una base importante de simpatizantes, lo que se refleja en las encuestas más recientes, también es cierto que ha empezado a cundir un cierto desencanto entre sectores que confiaban en él.

Y no es que en este cambio de percepción tengan algo que ver los críticos más recalcitrantes del presidente o la derecha casi ignorante que lo cuestiona a cada momento. Ahora es gente de su propio grupo o de grupos neutrales los que miran, con preocupación, las decisiones últimas que ha tomado el presidente.

AMLO sigue teniendo a su favor que en sus políticas mantiene su apoyo a las clases más desfavorecidas, mediante la aplicación de programas sociales y becas, pero esta es una base que, por sí sola, no puede sacar adelante al país.

Si no hay un cambio de rumbo, si el presidente se obstina en mantener su manera personalista de gobernar, los mexicanos estaremos asistiendo a la culminación de otro sexenio perdido. A un desencanto más.

jmochoa4@hotmail.com