Morelia, Mich. | Xana Zamudio.- “Empecé a prostituirme desde los 15 años de edad y hasta los 17. Mucho tiempo me relacioné con gente que se dedicaba al crimen”, cuenta Alejandra detrás de la bocina del dispositivo desde donde comparte su historia.
Dispuesta al relato, recuerda en voz alta y precisa cómo las carencias de su entorno familiar, el consumo recurrente de alcohol de su padre y la falta de trabajo, fueron adentrándola en el mundo de las adicciones y la prostitución en una comunidad pequeña de Michoacán de dónde es originaria.
“Muchas de mis hermanas ya estaban haciendo sus vidas, cuando a los 13 años, comencé a consumir alcohol. Era una vida dura, yo por ser de familia numerosa, padecí de muchas carencias, no había la suficiente economía”.
En plena adolescencia, recuerda cómo empezó a faltar a clases desde el inicio de la secundaria, atendiendo la necesidad de algunas bebidas que la hicieran sentirse bien, por lo que, desde entonces, empezó a recurrir a diferentes hombres en busca de un par de tragos y un poco de dinero.
“Yo lo veía en las chavas más chicas que yo, así aprendí. Y, conforme fue pasando el tiempo, a los 15 años empecé a prostituirme, empecé a buscar a hombres mayores que yo”.
Con el tiempo, tuvo que recurrir a proxenetas que le ayudaran a acercarse a hombres de mayor poder económico, muchos de ellos del crimen organizado, con quienes, cuenta, fue imposible “echarse para atrás”, pues el miedo que le causaban la llevó a refugiarse con mayor fuerza en el alcohol, sin posibilidades de visualizar otra salida.





