Morelia, Mich. | Samantha Yépez.- Desde el día primero de mes de septiembre las paredes de la capital de la cantera rosa se van adornando con colores patrios, de esperanza, de unidad y de sangre.
Son tiempos en que el tequila y el mezcal correrán en una parte de los mexicanos por sus gargantas para diluirse con el fluido que viene del corazón ardiente.
Un latir que se entona al ritmo de la guitarra y la trompeta; al cerebro lo adormecen un poco para no sentir los dolores que llegan en forma de indignación y furia de solo recordar.
Y en días como hoy es justo el recordar a los caídos, porque en los 210 años que hemos caminado desde aquella madrugada las cosas han cambiado muy poco:
La cantera sigue incrustada en el Palacio de Gobierno, el adoquín pegado y repegado, la campana de la iglesia suene y suene y los mexicanos luche que luche en su diario quehacer.
Luchar es resistir, lo saben muy bien aquellos que van llegando de uno en uno en silla de ruedas y muletas al costado de Catedral.
Y es que ahí se encuentra un frío bloque de concreto que pretende ser un recordatorio, como si hiciera falta, de los que sin deberla ni temerla vivieron hace doce años una noche patria de terror.
Si, hace doce años, en el corazón moreliano, en medio del Grito de Independencia, detonaron indistintamente dos granadas provocando casi una decena de muertos y casi una centena de heridos.
Y en este aniversario luctuoso, llegan cabizbajos, entre la tristeza y el rumiar, los familiares de las víctimas de honrarlos, a su manera, y a la par decenas de servidores públicos que parecen uno mismo.
Los dos mundos dejan numerosas rosas rojas, encima de aquel memorial helado, sin almas, ninguno dijo nada en el acto, mucho protocolo y pocos signos de vida.
En una imaginaria tribuna, en aquella plaza de Melchor Ocampo, los del Gobierno y los de las víctimas hablaron sin más, sin menos, sin decir casi nada.
Ahí, aparecen de la nada, números fríos: 15 del mes 9 del año 2008, 8 muertos, más de 130 heridos. Sin número exacto, algunos son los afectados de ese día que reciben pensión vitalicia, dicen los que trabajan dizque para el pueblo.
Y así crecen y hasta bajan las cifras no exactas de las víctimas, de los desaparecidos y de los muertos.
Y, aun así vuelven a llegar a aquella plaza pública una a una las banderas; se empiezan a ver sombreros, reguiletes y los vendedores de elotes y chucherías, para festejar el día en que, de alguna manera, se sienten libres.





