Santa Fe de La Laguna, Quiroga, Mich. | Samantha Yépez.- Tierra mojada, pescado y humo de leño es la mezcla de olores que se pueden percibir al acercarte a los poblados a la orilla del lago de Pátzcuaro, mientras más te acercas al noreste se intensifica el aroma a barro, es como se sabe que has llegado a Santa Fe de la Laguna.
Se comienza a escuchar un armonioso sonido que se confunde con un rasgueo suave y cansado de guitarra, son dos mujeres que caminan y platican mientras intentan vender ramitos de flor de calabaza tiernitos, recién cortados en la mañana, todavía están humectados con rocío.

Se antojan para acompañar con una tortilla roja; de maíz rojo, de los labios rojos de las purépechas que vibran al cantar mientras muelen y amasan, de la piel roja que se tatema sin querer a lado del fogón, de rojo corazón de barro fresco.
Las piedritas del camino tamborilean suavemente al pasar los caballos, las ruedas de las bicicletas y las de uno que otro coche, y solo aumentan su ritmo para emparejar la corredera de los niños y sus risas.

En Santa Fe de la Laguna existen madres, hijas, hermanas, esposas y amantes, pero sobretodo todas llevan dentro una maestra, ellas son las que se atreven, las que crean y las que destruyen, son el alma primitiva e inventiva; las puedes reconocer por sus cabellos largos de colores negro, café oscuro, blanco y gris.
Ellas enseñan a las más pequeñas a tejerse las trenzas, y ahora las más jóvenes les enseñan a las sabias de la vida a contar, a leer y a escribir en español.
Es curioso que, en los intentos por incluirlas las terminamos alejando más, se nos olvida que ellas son como flores Tiringeni, sembradas así, al voleo por el propio viento.

Los humanos olvidan rápido, olvidan quiénes eran y quiénes todavía son. Olvidan que para arar la tierra y pescar charales no se necesita leer el yunte o escribir las redes.
Y los que nacieron en Santa Fe de la Laguna hace cinco o diez años también comienzan a olvidar, porque, aunque la escuela se hace llamar bilingüe, es más una máquina de tiempo que está en un solo canal que los lleva a un mundo extraño donde todos son de otro color distinto al suyo, hablan diferente, conversan sobre cosas que ellos no conocen, con otro ritmo.
No escasos hombres, no escasas mujeres, olvidan su sabiduría ancestral y cambian sus talleres alfareros por el sueño moderno de ganar papel y níquel en plantaciones de fresa y mora en Zamora, Los Reyes y los más aventureros en el norte.





