Michoacán, la candidatura de sacrificio de Felipe Calderón

Morelia, Mich./Acueducto.- En su reciente libro “Decisiones difíciles”, el ex presidente de México, Felipe Calderón Hinojosa, habla de cómo llegó a ser candidato a gobernador de Michoacán, así como de las vicisitudes que enfrentó.

Sin embargo, según el autor, su presencia como candidato del PAN a gobernador llego a desequilibrar “por completo el escenario político que se entendía perfilado a una contienda donde sólo existían dos invitados: el PRI y el PRD”. A continuación, presentamos íntegro el texto de esa parte de “Decisiones difíciles”:

Mientras tanto, disfrutaba a plenitud mi responsabilidad como secretario general del PAN. Recorría de nuevo el país intensamente. Un día, en alguna reunión con militantes, que por lo común eran reuniones de amigos, Alejandro Ruiz López, un panista michoacano de enorme calidad humana que, aunque unos 20 años mayor que yo, era igualmente hijo de uno de los fundadores del PAN en Michoacán y muy amigo de mi padre, abordó el tema de las elecciones venideras en ese 1995.

Michoacán no sólo había sido priista siempre, sino que además era la cuna del cardenismo. Tres Cárdenas habían gobernado el estado: Lázaro, Dámaso y Cuauhtémoc (Lázaro hijo lo haría después). El general Cárdenas había escogido su propia tierra para iniciar el reparto agrario y aún después de ser Presidente siguió ejerciendo su influencia, entre otros a través del cargo que los gobiernos subsecuentes le habían dejado de vocal ejecutivo de la Comisión del Río Balsas, una comisión muy poderosa, dotada de amplio presupuesto.

De manera que no era sólo el tradicional dominio político del PRI, sino, al mismo tiempo, la creciente influencia del cardenismo, que como ya he señalado, muy probablemente había ganado las elecciones intermedias en el estado en 1989. En 1992 se habían realizado las de gobernador, y aun habiendo resultado triunfador el priista Eduardo Villaseñor sobre el perredista Cristóbal Arias (en medio, claro, de una campaña profundamente inequitativa), al primero le fue hecha la vida imposible, incluso con la complicidad de otros priistas que habían permanecido en control político del estado. El PAN, aun con el heroico esfuerzo de Fernando Estrada Sámano, había obtenido una votación marginal.

“Oye, Felipe, ¿por qué no nos ayudas? —soltó Alex Ruiz tomándome del hombro con una mano y con su cigarro en la otra—. Sabes que necesitamos un candidato a gobernador, ¡anímate!” Era una decisión fácil: había que declinarla por inaceptable. Al mismo tiempo, toda mi formación personal conspiraba para aceptarla.

El argumento de Álex era directo, terriblemente simple: el PAN tenía nulas posibilidades de ganar, por lo mismo nadie quería ser candidato. Se requería de una candidatura que permitiera al partido salir del rincón donde lo tenía el conflicto entre el PRI y el PRD. Una candidatura de sacrificio que le diera al PAN la posibilidad de crecer y organizarse; sólo así podría crecer como organización política y algún día aspirar a ganar el estado o la Presidencia de la República. Un sacrificio, un deber moral con la patria, los mismos argumentos que había oído una y otra vez en casa.

Así que, pasado un breve periodo de reflexión, y después de platicarlo con Margarita, tomé la difícil decisión de aceptar la invitación para ser candidato a gobernador de Michoacán. A Carlos no le gustó la idea, pero de todos modos generosamente me apoyó. En julio era yo el candidato a gobernador por el PAN. Contra el pronóstico generalizado de la prensa y de los partidos, la campaña desequilibró por completo el escenario político que se entendía perfilado a una contienda donde sólo existían dos invitados: el PRI y el PRD.

Sin recursos económicos, sin estructura en la mayoría de los municipios del estado (en dos terceras partes de los municipios el PAN tenía menos de 5% de la votación y en la mitad no tenía comités ni militancia), me lancé a recorrer por carretera uno por uno los 113 municipios de la entidad. Puse la logística en manos de mi hermano Juan Luis, y mí otro hermano, Luis Gabriel, me acompañó todo el camino. Jaime Rivera, un politólogo michoacano de reconocida capacidad y honestidad intelectual, describía así el momento:

´Sin nada que perder y mucho por ganar en Michoacán, el PAN decidió lanzar a la contienda a una de sus mejores cartas: el entonces secretario general del Comité Nacional, Felipe Calderón Hinojosa. Éste es un político muy joven, hijo menor de uno de los fundadores del PAN, que en pocos años se había forjado un lugar prominente en los círculos dirigentes del partido, al lado de Carlos Castillo Peraza. Con un estilo político brillante y agresivo, Calderón se colocó en seguida en el centro del ruedo electoral´.

Además de la campaña presidencial, la de Michoacán ha sido la más apasionante que he realizado. Era enfrentarse a lo imposible. Sin embargo, a los 32 años, todo era entusiasmo. En medio de aquella increíble experiencia una noticia nos alegró: Margarita y yo esperábamos nuestro primer hijo. En medio de aquella increíble experiencia una noticia nos alegró: Margarita y yo esperábamos a nuestro primer hijo. Poco a poco las dificultades fueron encarnándose. En primer lugar, los medios: la cobertura de mi campaña era totalmente nula. El PRI controlaba prácticamente todo. Sólo algunos medios comenzaban una incipiente independencia, pero eran afines al perredismo. Debo reconocer, sin embargo, que algunos periodistas, a pesar de las circunstancias, observaron objetividad y rigor en su trabajo, en especial Teresa Gurza, corresponsal de La Jornada, y Andrés Resillas, corresponsal de Reforma.

Sin organización ni presencia partidista, sin cobertura mediática, sin propaganda en medios impresos o electrónicos y con apenas cierta presencia de gallardetes y pintas en bardas nos fuimos abriendo paso.

En las cabeceras municipales donde no había nadie que nos recibiera armábamos un escándalo como si una caravana triunfante de miles de simpatizantes marchara anunciando lo que verdaderamente creíamos, la llegada de una fuerza política renovadora.

Entrábamos por la carretera echando cohetes —literalmente—, a veces con una banda de viento, la mayoría de ellas con equipo de sonido interpretando “Caminos de Michoacán”, “Juan Colorado”, “El ausente” y, por supuesto, “El hijo desobediente”.

La gente se asomaba, con curiosidad y asombro. Poco a poco la campaña se fue llenando de entusiasmo. Encontré un sorprendente hartazgo de la polarización PRI-PRD. Si era necesario, hablaba en la plaza con 15 o con 50 transeúntes. Mis mensajes estaban llenos de convicción y fuerza como si la plaza estuviera a reventar.

Hubo también penalidades: nos dirigíamos a Churumuco a la orilla del Balsas, con la preocupación de llegar tarde a un evento. Íbamos a gran velocidad cuando de pronto la carretera se cortó de tajo en un río: después de la ilusión óptica de una pequeña elevación no había ni puente ni vado, sólo el cauce del arroyo.

La camioneta en que viajábamos salió disparada por los aires. Por fortuna sólo tuve algunos moretones, pero el camarógrafo que me acompañaba resultó con un brazo y la clavícula rota. Hubo otro evento especialmente triste: a un mes y medio de las elecciones perdimos al bebé que esperábamos con gran ilusión.

Hacia el final crecía el respaldo de la gente, pero se fueron esfumando los apoyos económicos. En las últimas semanas pagaba con mi tarjeta de crédito el diésel del autobús (El Huracán) en el que me transportaba y el de la camioneta que me acompañaba.

No había propaganda ni dinero para cierres, menos para el día de las elecciones. La prensa local, exigiendo el pago de onerosos “convenios” como condición para informar, nos relegó en el mejor de los casos a notas incidentales en páginas interiores. Fue difícil terminar, sin embargo, el cierre de campaña fue espectacular: un mar de gente llenó la plaza de armas y varias cuadras de la Calle Real de Morelia, plena de decenas de miles de esperanzas. Una tarde inolvidable.

El día de las elecciones los resultados sorprendieron a muchos. No a nosotros, que llegamos a pensar en la victoria. De hecho, en los resultados preliminares íbamos arriba en los conteos hasta bien entrada la noche.

Al final, aun sin ganar la gubernatura, el PAN obtenía más distritos electorales que el PRD, y triunfamos en 11 de los 15 municipios más grandes del estado, incluyendo Morelia, la capital, donde gané dos a uno, y también la segunda ciudad más grande, Uruapan, y la tercera, Zitácuaro, tierra del candidato priista, además de Zamora y una decena más de municipios del estado.

Con ello el PAN gobernaría casi 40% de la población de Michoacán a nivel municipal, mucho más que el 25% que gobernaría el PRI. Había ganado yo arrolladoramente en las zonas urbanas.

El PRD había triunfado en las zonas rurales. Sin embargo, el ganador de dos segundos lugares, el urbano y el rural, el PRI, se quedaría con la gubernatura a pesar de haber perdido en todas partes.

A final de cuentas, como decía el siempre querido y ocurrente Luis Mejía, su candidato Víctor Tinoco tendría que gobernar “como quinceañera: sin saber ni dónde pararse”.

Dadas las circunstancias, la campaña de Michoacán había sido una auténtica proeza. La votación del PAN pasó de 7 a 28 por ciento. Una campaña de garra, de coraje, un verdadero desafío que asumí con la mayor fuerza de mis años jóvenes. La recuerdo con afecto, como el reencuentro con mi bellísima tierra en “tiempo de aguas”, reconfortado con la generosa y entusiasta respuesta de los michoacanos.

Con todo, al final de la campaña estaba sin empleo y sin dinero, y con muchas deudas de campaña. Para pagarlas hicimos rifas y eventos, incluyendo una velada de salsa inolvidable en el Salón México.

Margarita era diputada, y ella me mantuvo mucho tiempo. La crisis económica desatada en ese 1995 hizo que las mensualidades de la hipoteca de nuestra casa en México se fueran por las nubes y nos era imposible pagarlas.

Margarita y yo, abogados al fin, evaluamos la situación y un día decidimos que demandaríamos la nulidad de las cláusulas draconianas de las Udis. Seguramente ganaríamos. Sin embargo, no iba con nuestro talante. Al día siguiente pensamos que deberíamos intentar primero negociar con el banco. Eso hicimos.

Pasada la coyuntura de Michoacán, había que redefinir la vida hacia delante.