El noble sazón de doña Paulita

Imagen: Xana Zamudio

Morelia, Mich./Xana Zamudio.-

“Soy orgullosamente el hijo de la fundadora de este platillo aquí en Pátzcuaro, que hace más 60 años, que sin saber leer ni escribir, tuvo esa idea, por la necesidad de darnos de comer a todos mis hermanos”.


Armando Vélez es el más chico de 11 hermanos, pertenecientes al legado de uno de las sazones más tradicionales de Pátzcuaro; las enchiladas placeras de «La Pollita Feliz».


“Cuando inició con el negocio mi mamá, doña Paulita, como la conocen todos aquí, no había trabajo y pues ella sabía mucho cocinar y tenía muy buen sazón, ese que yo nunca más he vuelto a probar”.


Con un brillo nostálgico asomándose por sus ojos, relata los primeros tiempos en que la gente del pueblo acudía con sus familias después de visitar el templo o ver una película.

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“En aquel tiempo, cuando estábamos chicos, en Pátzcuaro había mucho trabajo en la madera, y la costumbre era que los fines de semana, a los señores les pagaban su “raya”, y salían al cine o misa y venían a las enchiladas con mi mamá”.


Entre un pueblo trabajador y de familias numerosas, cuenta que la generosidad de doña Paulita es uno de los recuerdos que más arropa su corazón.


“Ella era muy buena gente, “ay doña Paulita, regáleme un taquito’, le decían, ‘órale hijo’, contestaba. A veces hasta nos enojábamos con ella porque le decíamos, ‘nosotros allá en la casa lave y lave y tú te la pasas regalando”.

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Hace ya cinco años que la fundadora abandonó el barco, para ceder timón a sus hijos, siendo tres mujeres al mando del comal entre la mezcla de tortillas bañadas en chile guajillo y pollo frito, como les enseñó su madre.


Hace cinco años que ya está con San Pedro. No hizo cama, el lunes se enfermó y el sábado murió, pero fue por lo mismo, ella toda su vida trabajó”.


“En esos últimos días, decía, ‘vayan a ver al puesto para ver si hay gente, y si llega ‘sultano’, díganle que acá estoy, pero trátenmelo bien, no quiero quejas’”.

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El Día de las Madres, una de las fechas más remembradas por Armando, dice nunca será igual, pues era el único día del año en que las actividades paraban por completo en el negocio para dedicárselo por entero a doña Paulita, quien a regañadientes aceptaba dejar de cocinar sus famosas tradicionales placeras de Pátzcuaro.


“Aquí es el lugar de mamá y el recuerdo que tiene la gente de ella, va a ser difícil que se borre porque para eso estamos nosotros, para seguir adelante su legado”.

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