Morelia / Nancy V. Herrejón
La luz se dispersa bella e incesante por las ventanas coloniales del Campanario, los vitrales iluminados con el sol de la mañana se antojan cristales tibios y de brillos propios, las voces se pierden, los pasos en desorden calman su resonancia para fijarse en un solo sitio. Manitas se va, y todos lo sabemos.
Sillas de madera ordenadas y en cantidad moderada para los comunicadores que asisten al que posiblemente sea el último comunicado ahí. Rosario Mendoza, alta como un sueño blanco nos recibe, en un atuendo binario de ausencia y color, sonríe a todos, su bella sonrisa engalana la despedida, el por qué, el adiós.
Acompañada de los voluntarios que se convirtieron en sus amigos y en sus otras manos expresa la delicadeza de su salud, motivo suficiente para emprender su salida hacia el norte del país en búsqueda de un tratamiento médico más alternativo a su vida.
Sus manos delgadas y finas dibujan caminos y líneas que combinan con su rostro delgado y atractivo, su peluca coqueta y colorida es una corona de embeleso y fortaleza, cuenta el camino que ha recorrido y agradece las palmas que se extendieron a su paso, humanas y honestas en venia de su salud y de toda la comunidad Manitas.
Han cumplido sueños, han reafirmado cada día su propósito: no morir en un diagnóstico y salvar a un padre o madre para que no haya niños sufriendo o padeciendo lo que han tenido los suyos.
“Para los que somos pacientes el futuro es hoy”, afirma aguda y contundente, más sonriente y amable, para las personas enfermas sólo existe el presente, es por eso que se les debe acompañar, y Manitas está ahí para todos y para decir cómo, aunque ahora solo será a distancia.
Rosario platica como en una charla familiar los avances y los pendientes, lo que se lleva y lo que se queda, y lo que no se sabe si tendrá. Aunque es una despedida no se percibe esa esencia, el paso de Manitas es fuerza, propósito, vida.
Sueños, medicamentos, terapias, biopsias, leucemia, pacientes, acompañamiento, campañas, exigir, derechos, ignorancia, vida, son las palabras que inundan todo el salón, se escuchan, llegan y se sienten. Rosario sonríe, se despide para quedarse siempre.





