Frases y flores sobre el piso

Imagen: Sergio Pimentel

Morelia/Bernardino Rangel

Díganme si no hay un misterio en el hecho de que un hombre con tan pocos elementos para la oratoria convoque, como ningún otro político mexicano, multitudes inmensas, ávidas de verle, gritarle, apoyarle, lanzarle flores, o, si hay suerte… tocarle. Andrés Manuel López Obrador no es más la espada amenazante de hace unos años, pero sigue llenando plazas. No tiene ya para su movimiento el brazo firme del corporativismo perredista, pero le queda ese místico imán con los más jodidos de todos los jodidos que formamos este país que aún nos resulta un misterio. Él lo sabe, y por eso no descansa de recorrer todos los rincones de la geografía para pararse en cada tarima que levanta su nuevo partido. Entiende que si algo salvará a Morena de desaparecer rápidamente de la trinchera electoral, será su imagen. Por eso vino la tarde de ayer a Morelia.

A las seis truenan las campanas de la catedral. Una nube muy negra a la que todos temen como tormenta o como presagio se acerca desde el sur. Los sones michoacanos soplan desde el templete con líricas adaptadas a la guerra en turno. No se ve por ningún lado el presupuesto de los grandes partidos. No hay pantallas, ni bandas, ni sonido, ni grúas, ni luces, ni pirotecnia. O las hay, pero en pequeño y con esfuerzo.

Los límites para agrupar a la multitud han sido colocados humildemente (con la justa medianía Juarista, diría El Peje) desde la puerta de la catedral donde se ha armado el escenario hasta la calle que parte en dos la plaza. El largo exacto de uno de los portales. La masa llena el cuadrado sin problemas. Son pocos, sí, pero más de los que juntó el priísmo.

Llega la nube negra y suelta las primeras gotas. Nadie se inmuta. Quieren ver a Andrés Manuel. Lo buscan en el templete y no lo encuentran. “¿No ha llegado?” “¿Lo ves?” “¿Segura que va a venir?” ”Pues sí, dijeron que a las seis”. Los que hablan al micrófono saben de la expectativa y por eso repiten su nombre cada tres minutos y arrojan al aire ese clásico del México posmoderno:

 “Es un ho-nor, es-tar con O-brador”.

La multitud, los viejos, los niños, se suman al coro.

Un marco de autobuses de todos colores rodea el centro de la ciudad. Los que han bajado de ellos son en mayoría extremadamente humildes. Muchos ancianos, muchos indígenas, casi todos morenos. Igual que cada partido en su cierre, pero el matiz de esta plaza en lunes es el espíritu combativo de sus asistentes. De aquí y de allá brincan consignas y gritos no dictados por quienes dirigen la ceremonia: “Muera Peña Nieto” “Muera el PRI” Un anciano encorvado en su asiento, de huaraches, pedazos de sombrero, lentes oscuros y una rama de tule como bastón, le grita al suelo: “¡Vamos compañeros! ¡Vamos! ¡Sí se puede!” Y a uno, que sólo fue a hacer la crónica, se le enchina la piel, porque no se puede ser tan reportero.

La lluvia arrecia un poco y melodramáticamente, El Peje entra por detrás de la multitud rodeado de los candidatos michoacanos. Le gusta así. Sin guaruras ni policías. Abre el gentío como un Moisés y caen sobre él drones, pétalos, flashazos y flores. Los sombreros y chales se arrejuntan para verle de cerca. A la comitiva le toma cinco minutos cruzar sobre la calle el largo exacto del portal para llegar al puerto del escenario. La gente quiere al Peje. Las banderas blanco y guinda se agitan mientras el maestro de ceremonias arremete con el estribillo:

“Es- un-honor…”

Pero luego llegan los discursos y un tinte mesiánico, barroco, de aroma anacrónico, se mezcla con el chispeo de la nube. Larga retahíla de lugares comunes y frases machacadas es arrojada sin piedad sobre todos nosotros. Desde la joven propuesta a diputada hasta la candidata al gobierno de Michoacán, todos los oradores van sacando de un costal hartas buenas intenciones salpicadas de demagogia y retórica sin chiste. Un viaje al tedioso pasado que nos ha heredado falta de imaginación y voces frías y engoladas. “Este domingo ganaremos”, “…cansados de los políticos de siempre” ¡Todos (¿cuál de todos los todos?) votaremos por Morena!”.

Hay en el tono de estos discursos un énfasis en la ética, pero que mal montados sobre una base de triste y torpe poética, termina por hacerlos cursis, fallidos y mudos. Las caras del público reflejan el extravío. Nada nuevo bajo la nube negra.

Quizá fue la inexperiencia, o quizá otra cosa, pero María de la Luz Núñez -candidata a la gubernatura- lee a ritmo y tono de discurso guerrillero un discurso de cuarenta y cinco minutos. Y además, llueve. Insensible al hartazgo de la gente, se regodea en las palabras. Asegura sin recato alguno que será la próxima gobernadora y entonces, entre puntos de su plan de gobierno y sentencias crudamente románticas borda una intervención surrealista: “La gente nos necesita” “Somos el partido de la verdad” “No tengo cola que me pisen” “Morena es el camino” “Soy la única que ha cruzado el pantano”. Presenta a su hija, a su equipo, a los candidatos y vuelve con la decadencia de los gobernantes, la simulación, el despilfarro, la opción verdadera y la Esperanza. Tres cuartos de hora. Hasta López Obrador a su lado se lleva las manos a la cabeza, se toma fotos con quien se arrima, voltea a la nube negra.

Lejos del pragmatismo político de estos tiempos que prioriza la brevedad y la contundencia, María de la Luz se pierde en una retórica inolvidable por lo olvidable de su estructura. Se cae su discurso y se cae  la lona que servía como escenografía. Tras los  candidatos queda un cuadro de edificios virreinales.

Al fin termina María. Toca la palabra a Andrés Manuel presentado previamente como pro hombre, líder, guía. Entre los que lo siguen nadie parece darse cuenta del daño que a su movimiento ha hecho este busto de oro en que lo han convertido. Ni él tampoco. Con una enorme bandera a su lado, las palabras le salen como gotas (o lágrimas), lentas, repetitivas:

Para ser de izquierda se necesitan dos cosas. Una, ser honestos, y dos, tener buenos sentimientos. 

Yo, que hago está crónica y le he visto y escuchado y respetado tantas veces, siento sus palabras frágiles y resecas. Algo se ha quebrado en el camino y no veo la voluntad ni la forma de repararlo. Quizá lo sepa, y por eso repite hasta que le duren y le sirvan las frases hechas: “la mafia en el poder”, “la honestidad para salvar al país” Sí, ya lo sabemos, cómo negarlo, pero ¿qué hacer para que eso se proyecte más allá de los límites de este pequeño mitin que apenas cubre el largo exacto del portal?

Tal vez otro día sea el momento de reconstruir este discurso. El entusiasmo de hoy deberá servirle a Morena para sobrevivir esta elección.

Las frases bienintencionadas y los pétalos quedan tirados sobre el asfalto de la avenida Madero. Una trabajadora del ayuntamiento, morena, las barre con la hoja enorme de una palmera.