Morelia/Nancy Viridiana Herrejón
Tlatelolco es una herida que cada 2 de octubre emana recuerdos, miedos e injusticias. A 51 años de esta tragedia, el tintero, la pluma, el color, la voz y los instrumentos han estado presentes para rendir homenaje y recordar a los acaecidos esa tarde; hombres y mujeres dueños de una sensibilidad cercana que nos permite acercarnos a ellos y a los muchachos de barro y lumbre que se manifestaron aquella vez.
El artista multidisciplinario Gildardo Noble, nacido en la Ciudad de México, compuso la canción “Octubre desaforado” en memoria del 2 de octubre, pieza musical que forma parte del disco “A la izquierda del canto” (2010). En ella describe “Míralos/ ya vienen caminando en llamaradas/ llenos de sol y de agua/ cargando la pancarta/alzando la voz maravillados/pisando fuerte/cubiertos por el héroe/ de puño a puño/ no falta ninguno/ son ellos de barro y lumbre/ los muchachos de octubre/ con un solo recado en los ojos/ Véngame, te amo/ Véngame te amo” En esta canción describe la utopía de los jóvenes, la desigualdad y la represión, la injusticia, la muerte, más la esperanza de una venganza por la libertad.
El poeta michoacano Alberto Portillo, escribe “Tlatelolca” poema homónimo al libro (2007), en este texto, el poeta nos habla de la unión, los ideales de varios personajes revolucionarios que no son lejanos a la naturaleza del estudiante, más torna a que después de la paridad de fuerzas e ideales la invitación a comulgar con la esencia de recordarlos siempre. “Pero en la carrera corrimos juntos/separados pero juntos en la esperanza/desbocados hacia las cien salidas de la plaza/ corrimos separados pero juntos/desde la punta de la cuchilla/hasta el final de la culata/quedamos regados en el suelo/ empapados de libertad/cuajados en rojo moreno de purísima soledad/”.
La escritora Rosario Castellanos da un mensaje contundente en su “Memorial de Tlatelolco”, señala puntualmente la diferencia entre los que matan y los inocentes, repudia la impunidad gran madre de la burocracia, más nos dice que recordar, es la mejor manera rendir homenaje: Recuerdo, recordamos/Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca/sobre tantas conciencias mancilladas/sobre un texto iracundo sobre una reja abierta/sobre el rostro amparado tras la máscara/Recuerdo, recordamos/hasta que la justicia se siente entre nosotros”.
Oscar Chávez, máximo representante nacional de la canción de protesta, del canto nuevo, alternativo, tradicional, entonces más joven, unía su voz a la lírica del 68, con guitarra en mano, interpretaba canciones que hablaban de libertad y de justicia: así inauguraba su rebeldía. Indicó como «impresionante» la conmovedora carta que le envió en 1973 una muchacha llamada Margarita, «que nunca conocí y a quien le deseo la mejor de las fortunas. Me atreví a publicar la carta, de la cual conservo el original. En la grabación la lee Ofelia Medina». Le cuenta lo que le sucedió en la Plaza de las Tres Culturas: «No me siento una persona tonta o loca al escribirte esta carta, que tal vez no mande o que tal vez no leas.
«Hace muchos años que yo no estaba bien, no lloraba, no tenía lágrimas. No hablo de ese llanto que nos hace secarnos los ojos y limpiarnos a nariz, es que simplemente no sentía, nada me conmovía, estaba como estática, en un marasmo de soledad, de tristeza y de agonía.
«Sabes, yo presencié eso que tuvo lugar el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, sin entender de qué se trataba: sólo fui por ir con él, qué fue aquello, aún no me lo explico, esta es la primera vez que voy a tratar de hacerlo; no tenía a quién decírselo, no podía porque yo misma no sabía qué era; qué había pasado. Sólo recuerdo nuestras risas y bromas y de repente el caos, alguien me tomó de la mano y corrimos: no puede ser, estoy soñando, me decía; entonces algo golpeó el pecho de él, él era quien me llevaba de la mano, se paró en seco y al instante surgió una flor roja que le dejó un agujero con pedazos de carne revuelta con grasa y sangre y yo no entendía, caí con él y rodé hacia un desnivel con las piernas heridas y las ropas llenas de sangre (…) Nadie sabía, ni siquiera yo, que lo amaba tanto.»
Es sólo un fragmento de la misiva. Oscar tartamudea algo, una especie de sentimiento. Dijo que la muchacha estuvo lejana de la realidad, en otra realidad, «cinco años. Recuperó la memoria cuando escuchó los discos míos, que había puesto la familia. Reaccionó. Guardó la carta, por respeto. De ahí surgió la canción La flor roja: «Una flor roja se detuvo en mi alma; una flor roja que me impide la calma». La cantan a dos voces él y Eugenia León.





