Morelia, Mich./Nancy Viridiana Herrejón
La Plaza de las Tres Culturas se tiñó de rojo, hoy a 51 años de la Matanza de Tlatelolco, la peor masacre estudiantil en México la cifra exacta de fallecidos oscila pendular entre el eco oficial y el real. Antiguas versiones hablaban de 25 víctimas, otras de más de 300; unos aseguraron pocos heridos en los hospitales, mientras que más de uno hablaba de cuerpos tirados por la plaza y sus alrededores, contando como si aún pudiera verlos.
El conflicto inició el 22 de julio de 1968, fuerzas de seguridad intervinieron en un enfrentamiento entre estudiantes de preparatoria. Hubo varios detenidos, los uniformados tomaron la Vocacional 5 y se registró uso excesivo de la fuerza contra los jóvenes

Casi una semana después, del 26 al 29 de julio, varias escuelas entraron en paro de labores y estudiantes del IPN convocaron a una marcha para protestar contra la reacción de las autoridades y exigir más democracia; a la marcha se sumaron alumnos de la UNAM y de la Universidad Chapingo. Y una vez más, el gobierno mandó policías para controlar a los manifestantes
Para ese momento, México se preparaba para ser sede de los Juegos Olímpicos —que se celebraron del 12 al 27 de octubre—, por lo que al gobierno del priista Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) le preocupaba que un conflicto estudiantil dañara la imagen del país.
Para entonces ya también había surgido el Consejo Nacional de Huelga (CNH), conformado por estudiantes de la UNAM, del IPN y de otras universidades. Posteriormente se sumaron profesores, padres de familia, activistas políticos, intelectuales, obreros y ciudadanos, quienes consideraban que las autoridades limitaban la libertad de expresión y acción de la sociedad.
Entre las demandas concretas estaba la destitución de jefes de policía, la desaparición de grupos de choque y la eliminación del delito de «disolución social», con el que se justificaban detenciones arbitrarias.
El 27 de agosto, estudiantes que protestaban en el Zócalo capitalino decidieron bajar la bandera nacional y colocar una pequeña bandera rojinegra. Para la madrugada del día 28, tanques del Ejército salieron de Palacio Nacional para dispersar a los manifestantes.
El 13 de septiembre, cientos de estudiantes marcharon por la Ciudad de México con pañuelos en la boca como un mensaje para que la policía no pusiera de pretexto la provocación de los manifestantes para reprimirlos. El acto fue nombrado «La marcha del silencio».
El 18 de septiembre, elementos del Ejército tomaron Ciudad Universitaria, el principal campus de la UNAM. Las autoridades justificaron la decisión con el argumento de que había edificios «ocupados ilegalmente por grupos extrauniversitarios ajenos a fines académicos». Los militares también tomaron instalaciones del IPN.
La Cámara de Diputados, entonces dirigida por Luis Farías, había acusado al rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, de dirigir el movimiento estudiantil contra el gobierno. Barros Sierra presentó su renuncia, pero no fue aceptada; el 25 de septiembre, la Junta de Gobierno de la UNAM le pidió expresamente permanecer al frente de la universidad.
Para el 2 de octubre se convocó a un mitin en la Plaza de las Tres Culturas. Cientos de estudiantes se dieron cita en Tlatelolco. Mientras esto ocurría, el Ejército vigilaba que no hubiera disturbios.
Cerca de las seis de la tarde, casi finalizado el acto, un helicóptero sobrevoló la plaza y disparó luces de bengala, lo que se ha interpretado como señal para que los francotiradores del Batallón Olimpia ubicados en el edificio Chihuahua abrieran fuego en contra de los manifestantes.
Entonces comenzaron los intentos de los jóvenes por huir y la confusión. Distintos testimonios señalan que algunos vecinos abrieron las puertas de sus departamentos para resguardar a los muchachos, aunque los militares iniciaron cateos y detenciones que se prolongaron hasta las primeras horas del 3 de octubre. El número de víctimas sigue sin estar claro, al igual que el de heridos y detenidos. Algunas estimaciones señalan que hubo 700 lesionados y más de 5,000 aprehendidos.
En los días siguientes, mientras diferentes autoridades intentaban justificar la actuación militar, bajo argumentos como que había estudiantes armados, también se registraron protestas hacia el gobierno. A la par, algunos líderes estudiantiles mantuvieron contacto con representantes del gobierno y, según el recuento de Nexos, informaron a sus compañeros que el Ejecutivo tenía intención de cerrar las instituciones públicas de educación superior.
El sábado 12 de octubre, el presidente Díaz Ordaz inauguró los Juegos Olímpicos. En ese momento, un grupo de manifestantes lanzó sobre el palco presidencial un papalote de color negro en forma de paloma, en repudio por la matanza del 2 de octubre. En noviembre se realizó un acto luctuoso en honor a las víctimas y, para el 4 de diciembre, los estudiantes regresaron a clases.





