Morelia/Bernardino Rangel
6 de la tarde. En coche no se puede llegar hasta el Centro de Convenciones donde los candidatos a la gubernatura de Michoacán, en teoría, debatirán por segunda vez sobre el suceder del estado. Los policías han cerrado todos los accesos y en cada esquina cercana, fans a sueldo, saltan, bailan, echan porras y ondean banderas cual barras del Cruz Azul. La atmósfera huele más a carnaval veracruzano que a debate de ideas. Quizá así sea. Si del despliegue de parafernalia saliera el ganador, Silvano Aureoles, con sus espectaculares ambulantes, sus mojigangas gigantes y sobre todo, su tráiler con grupo en vivo cantando éxitos de los ochenta, saldría victorioso y hasta en hombros. Nomás les faltaron los cohetes, para fortuna de los pájaros.
Para llegar a la puerta hay que pasar una valla de granaderos bien equipados a quienes todos los que no visten de corbata o camioneta del año les resultan sospechosos. La calidez completa de la cotidianidad michoacana desplegada en un ancho perímetro. En vez de alfombra roja, las celebridades caminan hasta la entrada por un pasillo de concreto cuarteado al que flanquean arbustos milimétricamente recortados. Donde termina, se aglutinan los inconformes que no pueden pasar. “¿Y ora por qué se pusieron tan sangrones?” “Ni quién los quiera ver…” “¿Qué pasó diputado? Oiga, consígame un pase ¿no?” Los pocos afortunados de entrar sonríen y se saludan mientras le quitan con elegancia el celofán a su invitación con el logotipo del IEM. Ni modo, hoy no es mitin muchachos.
En el salón principal hay tres enormes pantallas frente a unas doscientas sillas cubiertas con un forro negro. Nadie quiere sentarse aún. Hay que saludar, relacionarse y visitar la mesa bien dispuesta con bocadillos y refrescos. Le pregunto al primero que pasa por qué hay pantallas y no un estrado para los candidatos. Me contesta que ellos estarán en otra sala, “es para que no les avienten tomates”. ¿Y los reporteros? –vuelvo a preguntar- “Tienen su salón allá en la esquina”. Ok, entiendo, los candidatos en una, los invitados en otra, la prensa aparte y la gente en sus calles. Cuatro espacios.
Como feliz familia de gansos desfilan por el salón grupos uniformados con playeras de los candidatos. Ahí van los de Nueva Alianza con sus playeras turquesa; por allá pasan los de Morena, con el blanco de la pureza; los de Movimiento Ciudadano ya se acomodan en sus sillas vestidos de negro y naranja. Extrañamente, todo aquí parece perfectamente organizado. Hasta la sala de prensa es una chulada. Hay cincuenta lugares, computadoras y bocinas acomodadas frente a una fría pantalla donde se transmitirán en vivo las hostilidades.
Fue muy sutil. El jolgorio de la calle, las trompetas y los gritos que atarantaban hace apenas diez minutos, al pasar las aduanas, se tornaron lentamente en este suave murmullo que siempre adorna la expectativa. Todo está listo. Comenzamos.
Carlos Monge, el de las noticias, aparece en pantalla y saluda a todo los michoacanos. Parco y puntual da inicio al protocolo posmoderno del debate político. Presenta a los rivales y pone la pelota en el suelo. En la pantalla van apareciendo los candidatos acompañados de un reloj que fiscaliza su intervención. Los reporteros se inclinan sobre sus computadoras y celulares. Al revés, en la sala contigua, los invitados alzan la cara hacia las pantallas, cruzan la pierna, los brazos, ambos, se llevan la mano a la boca, se ponen los lentes. Que dios nos bendiga…
El primero al ruedo es Gerardo Dueñas del Partido Humanista. Su intervención avizora la pastosa neblina en la que se enredará más adelante. Cuando termina, tras de mí escucho a una reportera decir: “Ternuriiita”. Luego aparece Silvano. Entra con ritmo de Senador de la República hecho y derecho. Se gasta un minuto exacto en saludar y los restantes dos en decir que su campaña ha sido buena, excelente y, sobre todo, de propuestas. Visita el lugar común de mencionar que ha visitado los lugares más recónditos de Michoacán y termina su tiempo sin proponer nada. Ahí pa la otra. Le sigue una Cocoa muy maternal que nos tutea cálidamente y afirma estar preocupada por lo nos que pasa. Y para que nos quede más claro, utiliza la estrategia de las manzanitas: “Miren, Silvano sería Godoy y Chon sería Fausto”. Aparece la muletilla consiente que repetirá todo el debate: “Los malos gobiernos del PRD y el PRI”. Eso sí, ostenta en el blanco estrado la dúctil oratoria de su familia y de muchos de los panistas más recordados en la historia del país. El cuarto es Manuel Antunez, que comienza como si continuara el párrafo de un discurso anterior. Tal cual se hubiera quedado en pausa desde el primer debate. Aprovecha bien el tiempo y le cuenta un secreto al IEM: “Silvano, el de los helicópteros, ya se pasó del presupuesto”. Luego vira hacia la retórica más clásica y se saca un hilo negro de su corbata naranja: al final de su gobierno habrá menos pobres, no habrá corrupción ni gastos innecesarios y como en la Revolución Francesa, los ciudadanos, al fin, tomarán el poder. Termina con un zigzagueo asombroso que va de la academia a las banquetas: “empodérense porque como ustedes, yo ya estoy hasta la madre”. Aplausos de las camisetas negras y aparece el candidato del PRI, Chon Orihuela, con un saco azul, camisa blanca y corbata roja ad hoc para un debate entre demócratas y republicanos. A tono de locutor, le cambia el ritmo al encuentro. Detiene el balón y comienza a leer sus tarjetas moviendo cuidadosamente la batuta ficticia que sostiene con su mano derecha. Propone cosas y deja ver que esa será la línea punteada sobre la que caminará con mucho cuidado durante todo el debate. “Desarrollo en la costa, empleos para el turismo y somos una gran cultura”. A ninguno de sus asesores se le ocurrió decirle: “Oiga candidato, le está haciendo como Salinas de Gortari”. Ni modo, pal otro debate. Cierra como mesías: “Yo represento la visión del Michoacán unido”. Así dijo, si quieren revisen. La última en la ronda es María de la Luz, a la que luz le falta. Las tarjetas que lee visiblemente nerviosa son un híbrido entre el 20 de noviembre y el 14 de febrero. Dicen: compromiso con el pueblo, amor, honradez. Suelta cifras duras: entre el 10 y el 50 por ciento del dinero se va por el caño de la corrupción; ella reducirá el 50 por ciento de las percepciones de los funcionarios y le cobrará buen dinero a las grandes ciudades por beber del agua que aquí nace. Al final, quizá sin darse cuenta, promete algo que podría hacerle perder el voto no solo de los michoacanos sino de la mayoría de los habitantes del país: terminará con los diezmos y los moches.
Sigue la fase de las preguntas, y el sospechosismo que nos distingue, supone que alguien ya les había pasado el examen. A puntuales cuestionamientos, los candidatos devuelven esquemáticas y estructuradas respuestas. Sobresalen los asesores de Antunez y se hunden los de Silvano que afirma que los purépechas nunca fueron conquistados por los españoles. No mexicas, españoles. ¡Sí señor!
A estas alturas, los espectadores se aflojan un poco. Cuando a los candidatos se les pasa la mano de la demagogia y avientan frases como: “cuando yo sea gobernador”, en la sala de prensa se escapan algunas risas. Sí, el formato es tan organizado que parece inglés, pero aún no llega el gol que todos esperan, el exabrupto, el tropezón. Además, los meseros han retirado los refrescos y las galletas. Nos falta algo. Quizá una jugada estilo Messi o ya de plano estilo Cuauhtémoc Blanco que justifique la expectativa de espectáculo que nuestra sociedad ha depositado sobre los debates. Luego por eso la gente prefiere las telenovelas. Los candidatos contestan lo que no les preguntaron, dan vueltas o divagan abiertamente, como Dueñas Bedolla, que de repente como que toma vuelo, se inspira y quiere explayarse sobre las leyes del mercado, luego recuerda que está en un debate, se detiene, se nos va… La reportera de atrás le repite: “Ternuriiita”.
Al fin, Cocoa ataca. Acusa a Silvano de robar a los campesinos. Les prometió cientos de tractores y sólo les entregó tres. Gol. En la sala de invitados se escucha la primera ovación de la tarde. Silvano le responde que no se haga, que la que se robó los tractores más bien es su amiga. Aplausos de la grada contraria. Cuando le toca Antunez, saca un regalo con moñito para Silvano: calculadora para que aprenda a hacer cuentas. El público se anima, comenta, se ríe… hasta que llega Chon y como el ñoño de la clase, se pone a hacer propuestas. Se agüito el show, porque además, sigue María de la Luz Núñez. Pero al final del bloque, algo rescata Dueñas Bedolla para el ánimo de circo de la gente, ahora, tratando de explicar que tiene como cuatro o cinco teorías que maneja regularmente (incluso da los nombres) y que piensa que si una no le sirve entonces sacaría la otra, que seguro le funciona. Y si no, pus ya veremos.
El resto del debate son las notas del estribillo político nacional que por monótono y acartonado no desglosaré para esta crónica. Por ejemplo, Cocoa le avisa a Silvano que lo ha demandado y se despide de él jurándosela como la juramos los michoacanos: prometiéndole unos videos. Chon, como todo priista que se respete, cita a Colosio y sigue leyendo tarjetas de un discurso que parece bajado de internet. Silvano nos confunde con California diciendo que somos la ventana entre las dos grandes potencias económicas del mundo: China y Estados Unidos. María de la Luz responde lo que no le preguntaron y también nos confunde, pero con los suecos, afirmando que aquí la gente no quiere dádivas, ni regalos. ¿Dijo aquí? Antunez, de plano, se arroja al precipicio de lo ontológico: “¡No hay michoacanos malos!” “¡Hay que rescatar el lado humano de los policías!”. ¿De verdad? ¿No será que eso es lo que les sobra? Mientras, María de la Luz y Dueñas, naufragan en un pantanoso charco de irrelevancia.
De todos ellos saldrá el nuevo gobernador de Michoacán.
Al ocaso del debate, se cuela un invitado simbólico. María de la Luz Núñez ocupa un minuto de su tiempo para guardar silencio por el candidato asesinado de Morena, Enrique Hernández. Tiempo de silencio en un debate en el que el tiempo es oro. Silencio que expone mejor de lo que nadie hizo, la realidad michoacana. Duelo por ti y por todos mis amigos.
¿Quién ganó? es la pregunta de los pasillos. Nadie dice nada porque nadie es la respuesta. Nadie dice que los debates no se ganan. Afuera, hay una enorme fiesta que ha cerrado toda la avenida. Banderas y hurras a uno y otro candidato. Mientras camino las cuadras para llegar a mi coche, recuerdo aquella idea de Camus:
« ¿Se podría formar el partido de los que no están seguros de tener la razón? Sería el mío.»





