Pátzcuaro/Fernando Salgado
En el centro de lo que fue una de las capitales del imperio Purépecha, se levanta el fundador Vasco de Quiroga con sus manos y cuerpo de piedra mirando fijamente hacia el norte. Un monumento que parte desde el centro para mostrar abrirse en una plaza dónde las personas llegan para disfrutar del atardecer.
La ciudad de Pátzcuaro tiene otra plaza que se oculta en una de las calles que tiene la plaza principal Vasco de Quiroga, arterias vehiculares espejo que pierden a los turistas y los distraídos.
El verano se hizo presente con la humedad del ambiente y unas gotitas que se veían a lo lejos como nieve, provocando que las personas del centro corran a un lugar seco y no mojarse.
La estatua de Vasco de Quiroga, a pesar de la lluvia, se queda ahí como buen monumento, mientras que, en la otra plaza pública, también se queda congelado el monumento a Gertrudis Bocanegra.
Esta, la otra plaza. Es la contraparte de la ciudad de la Riviera de Pátzcuaro. Se vive verdaderamente el sincretismo cultural entre las gorditas, las enchiladas los huchepos y los taquitos.
En el fondo de una de las 4 calles, un mercado abre la boca para que las personas entren y admiren lo que en cada local exhiben.
En medio de la plaza, los patzcuarenses adultos suelen sentarse en las bancas y ver pasar la vida, mientras pasan las combis o las señoras con la compra, hasta que se tienen ganas de probar una rica nieve de pasta o caminar hasta San Pedrito para mirar el muelle.
De calles llenas de identidad, de plazas hermanas siamesas pero con diferentes gustos, y un ojo enorme de agua, componen una ciudad mágica.





