Ciudad de México/Samuel Ponce Morales
En la noche de Navidad, desde lo más alto de la Torre Latinoamericana, las céntricas avenidas parecían hormigueros; sin embargo, al menos en la Juárez, en un parpadear, aparecieron solo decenas de luces intermitentes acercándose al majestuoso edificio cuasi porfirista, el Palacio de Bellas Artes.
Y ya, desde abajo, uno podía contar del 1 al 43 luces, 43 antorchas enarboladas por familiares de los jóvenes desaparecidos de Ayotzinapa. Y es que, como dijo uno de los líderes, “olvidar sería abandonar la lucha; olvidar es abandonar la esperanza y no queremos eso, queremos seguir caminando”.
Fue una inesperada caminata, al menos por los cientos, por los miles paseantes que mayoritariamente en familia se desbordaron en forma festiva desde el Zócalo hasta la Alameda, pasando por Bellas Artes, en donde conformaron ríos de gente que oscilaban en su serpenteante fluir.





