Crónica: El delirio de «Juan Diego»

Morelia/René Akbar
En medio de un ambiente solemne se pueden ver a los grupos de personas que lentamente avanzan por la avenida Madero, los automovilistas no hacen más que mostrar su respeto y permitir el paso a los miles de peregrinos que arriban al Santuario de la Virgen de Guadalupe provenientes de todo Michoacán e incluso otros estados.
Algunas caravanas portan imágenes y llegan como en un sueño, rodeados de humo de incienso y recitando los rezos con los que demuestran su amor hacia su reina, a quien acompañan con pasos lentos pero firmes, y llevan hasta su altar mayor al interior del santo recinto.
Ya en la entrada metafórica al sendero de cantera, el arco del Acueducto que indica el inicio del camino, algunos feligreses han prometido recorrerlo de rodillas, en la súplica de un milagro o en agradecimiento por haber recibido uno, a ellos, sus familiares les acompañan tendiéndoles lienzos que hagan menos doloroso el camino, pero para los arrodillados, el dolor es la prueba de que están conectados con lo divino.
Y, en el andar, centenares de pequeños asistentes se mezclan entre la multitud, pero sobresalen los que van a tono de la peregrinación, los Juanes Diegos, pero uno de ellos hace la diferencia, aquel que mira los pedazos de pizzas secuestrados en una vitrina y solo se observa una ansía inmesurable por deleitarse, por sabrorearla, pero si lo hizo, eso no lo sabremos.
Por fin se ve la entrada, una enorme fiesta marca el anuncio de la llegada, mares de gente rodean las puertas del también llamado Templo de San Juan Diego, en honor al primer mexicano que conoció la madre de este pueblo. Cohetes y música de banda suenan desde la noche anterior, el fervor está al máximo, colmando de alegría la sublime llegada.
Finalmente es la hora de entrar al santuario, la marcha llega a su destino y la fe nuevamente transforma y acerca a los creyentes a su verdadero origen; agradecer, de eso se trata, de agradecer a la Virgen de Guadalupe por ser su santo, ser la madre inmaterial de un pueblo, y dar un motivo para amarlo y creer en él.