Crónica. Un desfile, sin cánticos de victoria

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Morelia/Julieta Coria

Son 208 años del aniversario del ‘grito de la independencia’ y en la ciudad de Morelia, se encuentra resguardada para ser parte de una de las tradiciones más viejas del país.

Las calles, hoy soleadas, en la ciudad de las canteras, lucían limpias, sin el diario ajetreo de los automóviles y el constante ruido de los vendedores y las gentes que de a pie camina diariamente por las calles del centro histórico.

Desde la calzada que indica en el jardín de Morelos, los participantes aguardan turno para desfilar sobre la Avenida Madero, y voltear por unos segundos retando al sol, para saludar al gobernador.

Doña Lupita, lleva toda su vida acudiendo cada año, al desfile, cada vez son más los integrantes que la acompañan, entre hijos, nietos y sobrinos cargan bancos en sus manos, para atestiguar el momento.

«Cada año nos juntamos, luego aquí ya hasta comida nos traemos, desde las tortas de frijol hasta la bolsa de churritos con salsa y a veces la coca que no falta» dice mientras camina pasa a paso ayudada por uno de sus hijos, con rumbo a un costado de catedral pues es ‘el lugar perfecto» dice.

Claro que cada año veo cosas diferentes «ya no es como antes hija, antes veía harta emoción, ahora ya no» dice con un poco de descontento.

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«Como que cada vez hay más jovencitos vándalos que nomás vienen a ver que agarran y luego ni ven nada del desfile» dice al ser cuestionada sobre los cambios que ella percibe con el paso de los años…

Desde las Tarascas, la emblemática escultura de bronce de 1984, con tres mujeres purépechas con el torso descubierto, cargando una gran batea llena de frutos, la concentración comienza, cientos de gente reunidos junto a las princesas indígenas Atzimba, Eréndira y Tzetzangari, buscan un lugar.

Sin duda los pequeños son los más emocionados, sus miradas deslumbran y se emocionan cuando ven las figuras militares tocar los tambores, las trompetas y la algarabía tricolor en todas partes.

“Mira esas metralletas, deberían usarlas contra el crimen organizado” “Ya pasó el gobernador” “¿y, los perros policías…?” se escucha entre la gente.

«¿A qué hora los de la Marina, a eso vine?», se rumora…

Sin duda el principal atractivo y los más aplaudidos; marinos, los soldados.

Minutos antes los niños se encontraban ubicando sus lugares mientras a algunos su mamá les acomodaba la camisa, arreglaban el peinado, y que ningún detalle salte a la vista. Se escuchan ya algunas trompetas y tambores desde lo que comienza a formar las bandas de guerra de escuelas y militares y grupos al servicio del estado.

Uno, dos, uno dos, comienzan los contingentes a avanzar por la Avenida Madero, luego comienzan a circular los militares, los marinos, los grupos motorizados de policías estatales seguidos por escuelas secundarias (técnicas, privadas, y públicas), cerca de 3 mil jóvenes entusiastas.

 “Mira mamá los camiones” “Mira acércate a ver a los caballos” “Escucha la banda de Guerra”

Un grupo de niños se emocionaban con las sirenas de los camiones de Policía federal, Ambulancias, patrullas, el entusiasmo aumento cuando final mente empezaron a llegar los cuerpos de caballería montada regional perteneciente al ejército de la XXI zona militar, así como los grupos de charrería, escaramuzas y demás grupos de jinetes que lucían sus trajes elegantes mientras hacían algunas suertes desde su caballo.

Con esto terminó el desfile y la gente comenzó a desalojar el lugar buscando a sus hijos y familiares para continuar con normalidad, el estrepitoso ruido cotidiano, otra vez…