Acueducto Online / Héctor Tapia
No hay mejores atardeceres en la costa michoacana que las que se observan desde playa azul, cuando menos eso aseguran los propios habitantes de esta población que vive tanto del turismo como de la pesca.
Desde temprano llegan en sus pequeñas pangas los pescadores que estuvieron en la madrugada en el mar pescando pargo y huachinangos.
Desde esa hora, en fin de semana, poco a poco comienzan a llegar los visitantes a las enramadas hechas de palapa.
También lo hacen los comerciantes ambulantes que buscan seducir con collares, cacahuates o postres a los comensales que se instalan en las mesas y revisan los menús para ver qué habrán de comer.
Conforme avanza el día cada enramada se va llenando. De un lado a otro, a prisa, quienes atienden llevan cocos, cervezas y mariscadas; apenas se dan abasto.
Familias enteras se quitan zapatos y sandalias para meter los pies en la arena mientras charlan y ríen.

En la arena los niños juegan, corren tras la pelota, se meten al agua del mar, brincan entre las olas.
Una vez que han comido, muchos comienzan a retirarse y más cuando la luz natural del día también se va apagando; quedan pocos, una que otra pareja camina por la arena, y de fondo el sol comienza a ponerse, pintando de naranja el horizonte marino.





