Lázaro Cárdenas / Héctor Tapia
A su paso en la arena van quedando sus huellas. Bajo los rayos del sol de medio día, en playa jardín, van cargando sus metálicos instrumentos.
Hasta adelante va el clarinete, le siguen la tambora y el trombón. La tuba va hasta atrás.
La banda viste pantalón formal y camisa larga, contrasta con el dorso desnudo de los porteños y las mujeres en traje de baño que se pasean en la orilla de la playa o que se sumergen en las olas del domingo en familia.

Un grupo de niños escarba en la arena con sus palas de juguete, entierran medio cuerpo de uno de ellos; mientras otros patean una pelota de un lado a otro.
De fondo una tercia de buques está anclados a la espera de entrar al delta del Balsas para ingresar al recinto portuario que se encuentra en la Isla del Cayacal para descargar o subir mercancías en los patios de contenedores.
La banda sale de una de las enramadas hechas de palapa, donde se refugiaron por un momento para tocar algunas canciones a los comensales, y toman de nuevo su camino que se enmarca con el cielo despejado y los intensos rayos del sol.
Se detienen en otra pequeña palapa. Transpiran, pero se secan sudor constantemente.
Un grupo de jóvenes, entres cervezas, piden una serie de canciones, con las que la banda comienzan a amenizar, mientras ellos cantan.
Al terminar, retoman su camino; el de la tuba ahora encabeza de los músicos en el camino sobre la arena. Fruncen el ceño mientras caminan bajo los rayos del sol. Hay otra enramada a la vista.





