Odisea al Paricutín

foto: Enrique Castro

Angahuan/Enrique Castro/acueductoonline.com

Amanece y ahí está; desde El parador turístico “El mirador” en Angahuan, se pueden ver los primeros rayos del sol que caen sobre el valle, los cerros y, sobre todo, el Paricutín, un joven-viejo conocido por todos los habitantes de la zona; a su vez, amado y odiado.

El 20 de febrero del 2018, cumplió 75 años de nacido, y desde entonces es catalogado el volcán más joven del mundo y el único documentado desde el nacimiento; sin embargo, este día parece ser como cualquier otro en el lugar. En 1943 tembló, se abrió la tierra y durante nueve años fue el proceso de erupción.

Foto: Enrique Castro

El pueblo más cercano llamado Paricutín fue borrado completamente por la lava, y el que le seguía, San Juan Parangaricutiro, también quedó enterrado, menos las torres y el altar de su iglesia. Esto ocasiono un éxodo, y la creación de dos comunidades de indígenas: Nuevo San Juan Parangaricutiro y Caltzontzin.

Ahora, el lugar es un sitio de visita de turistas y curiosos de todas partes del mundo. Desde Angahuan comienza el camino que lleva hasta los lugares de interés. Desde el inició el Paricutín, se ve cercano; un pequeño cerro frente a él con plantación de aguacate es la referencia.

Foto: Enrique Castro

Los guías se acercan a los visitantes y ofrecen el servicio de un caballo para llegar a las ruinas de San Juan o hasta las faldas del cráter. En promedio, se hace una hora y media a caballo hasta el lugar final. Los senderos que llevan a la primera parada que son las ruinas, están bien trazados y planos.

En primera instancia es un bosque de pinos en donde la luz del sol tarda más en entrar por la densidad de los árboles. Es una pendiente suave que llega a un llano, en donde la roca volcánica se concentra en los costados del camino, ahí y ya no hay pinos grandes, y por encima de la negra piedra se logra ver la parte más alta de la torre de la iglesia en ruinas. Aproximadamente de 25 a 30 minutos es el tiempo estimado si se decide bajar a pie.

Foto: Enrique Castro

Al llegar a un costado de las ruinas, el piso es gris y lleno de ceniza volcánica que al arrastrar el pie está se levanta y ensucia el calzado, ahí, unos puestos de comida dan de comer y beber a los visitantes, un grupo de perros se acerca a quienes llegan y en son de amistad brincan y “piden” comida. Curiosamente, el día del aniversario 75 del volcán, los puestos están cerrados y nadie está en la zona por la mañana.

Un pequeño sendero lleva hacia una pared de rocas que se encuentran uniformemente una sobre otra, dando “chance” de escalarlas para llegar al sitio donde se encuentra la iglesia, la fachada de está yace entre las rocas que la cubren hasta las torres, de las cuales solo una permanece en pie y de la otra solo queda la base. Brincando, escalando; subiendo y bajando, se recorre la zona, el grupo de piedras y lava a simple vista parece que enterró más de 10 metros de edificaciones.

Foto: Enrique Castro

Frente a las torres, el altar quedó también de pie parcialmente, una gran pared de piedra sepultó el lugar y ahora al estilo de una cueva el lugar es adornado por las personas de la comunidad; colocando altares, flores y alguna que otra prenda para que les haga “el milagrito”.

De fondo se ve el volcán, cercano de igual manera, y entre las ruinas y él, un gran “mar” de piedra negra se interpone. El camino hacia allá lleva a bordear toda esa lava y lleva aproximadamente 3 horas en realizarse, a pie, solo de ida. La ausencia de un guía y de la señalética necesaria obliga a preguntar varias veces el camino. Una persona que renta caballos afirma que son 21 kilómetros hasta el cráter.

Foto: Enrique Castro

El camino aleja del volcán a los visitantes y los lleva por medio de un no tan tupido bosque y por huertas de aguacate, el suelo es un camino marcado donde los vehículos circulan sin problema alguno. En algunas partes la ceniza acumulada señala que solo camionetas y cuatrimotos son candidatas a pasar, por ahí.

La vegetación incluye pinos, flores, magueyes y aguacate, es la zona poblada que se dedica a la siembra de este fruto; el Paricutín se ve más alejado y en primer plano se puede mirar la gran pared de lava que se pretende bordear.

Foto: Enrique Castro

A mitad del camino una pequeña cabaña con un “portón” de cuerda, cobra 20 pesos por el acceso al volcán, en esa parte ya no entran automóviles solo a caballo o a pie.

Ahí el suelo se convierte en algo más flojo por la ceniza y el andar es lento por el hundimiento de los pies. Se llega a una zona llana, a simple vista estéril por su gris color, sin embargo, flores y pequeños pinos contrastan en algunas partes; esos ya son los linderos del volcán que aún se mira lejos.

Foto: Enrique Castro

El paisaje volcánico se llena con formaciones rocosas que parecieran maquetas de película sobre ciudades en el desierto, o, incluso el viento forma pequeña dunas sobre las paredes inclinadas del cerro que se encuentra cubierto de ceniza. Un paisaje desolador y a su vez, lleno de vida nueva.

Después de dos horas caminando, los pies pesan y la ceniza que levanta el andar llega a la garganta y la seca, ya es necesario tomar agua y descanso. El volcán ya está más “a la mano”, al menos su falda.

Dentro de todo lo gris del paisaje y los pinos sembrados por alguien, helechos dan color verde, flora de bosque o de selva presente y abundante. La fauna se limita a liebres y zopilotes a simple vista, sin reptiles o mamíferos más grandes.

Una gran pendiente da entrada a la falda del volcán, ahí, este ya se ve imponente y sobre todo cercano para alivio de los caminantes, aunque este sentimiento solo sea paliativo, ya que al llegar al par de trojes que ofrecen agua a los viajeros, justo en la entrada a la falda, la subida hasta el cráter representa 40 minutos de escalada.

Foto: Enrique Castro

Por 5 pesos se ofrece una ayuda con un bastón y se desea la buena suerte por parte de “los de abajo”. Se comienza el ascenso por los casi 500 metros adicionales que hay que subir.

El piso no es firme y los pies se hunden completamente debido a la ceniza y arena volcánica.

Un par de perros locales siguen a los caminantes y descansan al igual que ellos cada cierto tiempo. Tras la cansada subida y al llegar a la cima el espectáculo se muestra frente a los cansados escaladores.

El cono del cráter en primer plano, exhalaciones de vapor provenientes de este lo hacen un gran paisaje para admirar. Se debe rodear para llegar al punto más alto donde una cruz dedicada a un ciclista difunto remata la cima.

Foto: Enrique Castro

La vista del paisaje de la zona es total, de un lado el bosque purépecha en su máximo esplendo, sin tala visible y solo verde. Del otro lado el gran “mar” de lava que expulsó el volcán por los 9 años que duró activo.

Las ruinas se ven a lo lejos y la zona donde comenzó el camino solo lo ven los que tienen buena vista. Un día despejado se puede ver el pico de Tancítaro y hasta el Volcán de Colima, digno vecino del Paricutín en el eje transversal o eje volcánico que se forma en el centro del país.

Abajó se encentra el famoso Sacuicho (niño, en purépecha), o una “ramificación” del volcán por donde salen considerablemente vapores con algún olor a azufre.
Cuando todo parece perfecto por la vista y la satisfacción de llegar hasta arriba, la bajada es por una ladera que simula ser una resbaladilla de medio kilómetro llena de tierra volcánica. Los perros acompañantes se deslizan como cachorros y los humanos bajan con cuidado para no rodar hasta abajo.

Al llegar de nuevo a la falda, es necesario tomar agua; esperan tres horas de camino y la luz del sol debe alcanzar para llegar hasta Angahuan. Se comienza el camino, solo que ahora la diferencia es que el cumpleañero y dormido gigante, “cuidará” las espaldas de los que se atrevieron a visitarlo a pie.

En el llano que flanquea las ruinas de la iglesia de San Juan Parangaricuro, donde se encuentran los puestos de comida cerrados, el silenció inunda el lugar hasta que los perros comienzan a ladrar en señal de alerta, del camino aparece una figura de un anciano con un bastón, sombrero y un parche en el ojo izquierdo.