El encuentro de un mismo corazón

Foto: Enrique Castro

Héctor Tapia/Acueducto on line

Entre las nubes del humo del copal y el ponente sonido de las caracolas, los cargueros levantan el fuego viejo que está por comenzar su recorrido que habrá de llegar hasta la sede donde se festejará el año nuevo purépecha, este 1 de febrero.

El frío intenso del amanecer en Huáncito, municipio de Chilchota, obliga a los pobladores, que están por comenzar el recorrido, a arroparse con rebosos y zarapes; la caravana, que trae banderas de la nación purépecha, se alista para comenzar la larga caminata que habrá de pasar por distintas comunidades y municipios en su primera jornada.

Tienen que estar en Naranja de Tapia, municipio de Zacapu, el 1 de febrero, que es donde se habrá de llevar a cabo la celebración del año nuevo purépecha.

Foto: Enrique Castro

 El sol apenas comienza a levantarse detrás de los cerros y se difumina entre las nubes plomizas de la mañana, el único sonido es el de las caracolas que saludan a las cuatro deidades purépechas: el sol, la tierra, el agua y el viento.

A su paso, los pobladores de la comunidad que no acompañarán la caravana de apenas una treintena de personas, se asoman por las ventanas enmarcadas por cafés paredes de adobe, o se detienen a las orillas del camino para saludar la caravana.

El primer lugar en hacer una parada es en la comunidad de Santo Tomás donde espera otro grupo de unas 10 personas, quienes salen al encuentro del primer convoy; se saludan y abrazan dando la bienvenida.

Foto: Enrique Castro

 Al centro del grupo de personas el anafre donde un puñado de maderos mantiene viva una flama que apenas tímida que danza,  alrededor del fuego los cargueros llevan sus morrales cargados de maderos para ir alimentando la llama.

En purépecha los que llegan piden permiso para pasar a la comunidad, lo dicen de tal forma que suena como si fuera una oración, y al término alzan la mano empuñada en el aire gritan una potente consigna.

“Juchari Uinapikua”, que significa Nuestra Fuerza, es gritada al unísono en varias ocasiones por los caminantes, frase que enciende los ánimos de una nación orgullosa de lo que es.

Foto: Enrique Castro

Acompañados por una ambulancia al final de la caravana, continúan con su recorrido por terracería hasta llegar a Ichán, en el mismo municipio, donde esperan unas grandes ollas de canela caliente, arroz con leche y tamales; las raciones son repartidas amablemente por las mujeres del lugar a los que arriban, el descanso es apenas corto, unos 10 minutos en lo que los caminantes se hacen del alimento y de ahí se pasa a la comunidad de Tacuro que está cruzando una calle.

La caravana continúa su recorrido nuevamente hasta el edificio de la representación comunal de Carapan, a donde se lleva unos 20 minutos después de caminata; en la entrada principal los habitantes locales tienen instalado un pequeño tianguis donde frutas, verduras y pescados aromatizan también el paso de los visitantes.

Foto: Enrique Castro

A partir de aquí comienza el recorrido más pesado, la ruta hacia el municipio de Purépero; y para llegar a la ciudad se tiene que cruzar un cerro, entre pinos, caminos empedrados, senderos entre arbustos, a través de lo que se conoce como Camino Real.

El recorrido es extenuante. A la mitad del cerro, subiendo, la respiración se dificulta. El aire limpio y frío cala en los pulmones. Sin embargo los cargueros, cambiando de turno para llevar el fuego, continúan su avance en el camino de terracería, cada vez más complicado.

Foto: Enrique Castro

 Al frente de la caravana un niño continúa, de vez en cuando, haciendo el llamado desde su caracol; sonido que contrasta con el que hacen las ramas de los árboles al rozarse mientras son azotados por el fuerte y constante viento que se deja sentir mientras crece la mañana ya con un cielo relativamente limpio y despejado.

En una de las planicies que se encuentra la caravana hay un par de Yácatas, todavía dentro de los márgenes del municipio de Carapan, que por el desconocimiento de viejos pobladores que llegaron a ese lugar, fueron prácticamente destruidos, pero ahí están los vestigios, los cuales son señalados por los cargueros que son portadores del conocimiento purépecha y que es transmitido a los que acompañan.

Foto: Enrique Castro

Al retomar el camino rumbo a Purépero, hay que seguir subiendo una parte del cerro que es todavía un poco más complejo, hace más lento el avance; sin embargo, hombres jóvenes, ancianos, mujeres, niños, a paso firme y decidido, continúan animados para llegar al lugar de guerreros.

Luego de casi dos horas de caminar, bajando el cerro, se ve a lo lejos la mancha de casas de Purépero, el municipio vecino y hermano, donde al llegar a la primera calle los aplausos y saludos de los pobladores hacen la bienvenida de los caminantes que portan el fuego viejo.

A unas dos o tres cuadras se tiene instalada unas mesas y sillas; los habitantes de Purépero han preparado una gran recepción con carnitas y agua de Jamaica para los caminantes hambrientos, para que recuperen fuerza y continúen con su encomienda de llevar al fuego hasta la sede final, para dar la bienvenida al nuevo año purépecha; aún falta mucho de camino y se tienen que alimentar.

En este municipio, los habitantes, la mayoría mestizos, se congregan alrededor del templete dispuesto para hacer el ritual de saludar a las cuatro deidades purépechas; a los asistentes les piden respeto sobre la tradición, y también solicitan que no hagan “mal uso” de las imágenes y videos que hagan de la festividad.

 “Este es un encuentro de identidades, del mismo corazón”, pero que ratifican ser purépechas, remarca uno de los cargueros desde el templete; cuenta que Purépero hace tiempo dejó de tener el purépecha como lengua oficial o predominante, “pero no por eso deja de serlo”, enfatiza.

Vuelven a levantar el puño al aire y gritan en varias ocasiones: ¡Juchari Uinapikua!.

Foto: Enrique Castro

 

 

A 34 años de que se inició estos recorridos del año nuevo purépecha, este grito parece más un símbolo de resistencia de una nación que se niega a enterrar sus tradiciones y su cultura, una ratificación de su existencia y un grito de orgullo que apunta a la lucha por su permanencia.

Una vez terminado el ritual en Purépero los caminantes, una vez un poco descansados, retoman su ruta y avanzan a Caurio de Guadalupe, en el municipio de Jiménez; los caminos de terracería se han dejado atrás, ahora sobre la carpeta asfáltica avanzan los cerca de 50 purépechas que cuidan que no se extinga el fuego en su andar.

 

Se extiende el camino cuesta arriba, lo que comienza a hacer más complicado y cansado el paso de la caravana que toma sólo uno de los dos carriles para llegar al siguiente punto; por el otro carril, camiones con jornaleros, y coches apresurados, rebasan para dejar continuar la caravana en su ruta, cada vez más lenta.

Ya son casi las 7 de la tarde, los pies punzan de tantos pasos dados en la caminata. 26 kilómetros después de haber andado desde Huáncito, tras pasar curvas y paisajes fríos y arbolados, la caravana es recibida con fiesta por la comunidad de Caurio de Guadalupe.

Foto: Enrique Castro

Los niños de la comunidad, que portan banderitas purépechas hechas de papel, a medio kilómetro de la entrada a la población, corren al encuentro de la caravana que ve por primera vez frente así la posibilidad de un amplio descanso.

Al entrar al pueblo se dirigen a un auditorio o cancha donde se instalan en las gradas, mientras al centro la ceremonia ritual se vuelve a representar.

“El fuego, que está en el centro, simboliza nuestro creador”, remarca uno de los cargueros al hacer una explicación a los asistentes, donde enfatiza que les fue heredada la cultura y que la intención de la caravana del fuego viejo tiene la intención de que cada una de las poblaciones por donde pasan, donde han estado asentados históricamente los purépechas, conozcan la cultura y tradiciones de esta nación.

Foto: Enrique Castro