Morelia/Constanza Orozco
A las 4:30 legaron las integrantes de Que se arme la tejedera, en la calzada de San Diego, el que es su punto de reunión habitual.
Pusieron grabados y bordados sobre el piso, una manta grande y colorida pero tan doliente al leerse en ella “ni una más”. Casi coreográficamente ensartaban los hilos en las agujas y éstas en las telas, mientras los guadalupanos que pasaban por ahí se detenían a verlas y tomar fotos de sus trabajos, tal vez ya están acostumbradas.
Entre las famosas “cañas” y la “noche de estrellas” se fueron encontrando las mujeres que se reunían para marchar en el día de la eliminación de violencia contra las mujeres. Llegaban no solo “chavitas” sino niñas, señoras, chavitos, niños y señores.
Hasta las 6:15 se dio comienzo la marcha que avanzó por la Avenida Madero y llegó hasta palacio de gobierno, y durante el trayecto que pareció más largo de lo que realmente es, ni un segundo hubo silencio. Muchas voces gritaban consignas exigiendo justicia, pidiendo respeto.
Las personas solo los veían pasar, las mujeres que iban de los brazos de sus esposos o novios, contemplaban unos minutos más, luego simplemente volteaban las miradas y continuaban.
“No es fácil pero es necesario”, comentaban algunas mientras avanzaban con una vela en una mano y una cartulina denunciante en la otra; y siempre con la vista al frente. No solo las consignas, también la música acompañaba la contingente, cantos llenos de rabia pero ya sin miedo. Las letras que algunas les daba fuerza y algunos miedo o algo de incomodad.
Al llegar frete a Catedral, la que tal vez de manera irónica estaba pintada de rosa, comenzaron a tender las cartulinas y mantas, las fotografías de mujeres desaparecidas, velas, zapatos y todas se reunieron en media luna para escuchar a quienes querían compartir algún pronunciamiento, pero al no haber micrófono, sus denuncias salieron de sus doloridas gargantas, uniéndose fraternalmente y reclamando la noche.





