Posada, el padre de la muerte

Morelia/Redacción

En México, en el estado de Aguascalientes, un 2 de febrero de 1852, nació el grabador, ilustrador y caricaturista que daría vida a la figura más emblemática de la nación mexicana: José Guadalupe Posada, también conocido por algunos como el padre de la muerte.

De una familia de artesanos, Posada enfrentó grandes dificultades por elegir una carrera considerada bohemia; sin embargo, logró ingresar al Taller de Trinidad Pedrozo, quien le enseñó el arte de la litografía y el grabado, y al ver el talento innato que poseía para la caricatura, fue poco a poco introduciéndole en el mundo del periodismo y la prensa gráfica, convirtiéndose a la edad de 19 años en un caricaturista irónico, pintando la «tragicomedia» de un México que vagaba entre la desigualdad y la muerte.

Sus primeras obras de crítica política se publicaron en el periódico de El Jicote, lo que más tarde le ocasionaría la urgencia de abandonar su ciudad y su estado; trasladándose entonces a la ciudad de León, en Guanajuato, donde continuó realizando grabados y fue profesor de litografía a nivel preparatoria, esto por influencia de su familia, quienes continuaban viendo «con malos ojos» su profesión.

Posadas, aunque ejerció la profesión de maestro durante cinco años, jamás abandonó lo que realmente le apasionaba: la litografía, particularmente numerosas obras del escritor Ireneo Paz.

Sin embargo, en el año de 1888 la ciudad de León sufrió graves inundaciones, lo que ocasionó se trasladara a la Ciudad de México, donde, invitado por Ireneo Paz, abuelo del poeta Octavio Paz, le invitó a trabajar en sus periódicos, tras lo cual colaboró con «La Patria Ilustrada» y «La Juventud Literaria»; de acuerdo con el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), Posada se convirtió en el primer caricaturista y dibujante mexicano.

También colaboró con la Revista de México, El Ahuizote, Nuevo Siglo, Gil Blas, El hijo del Ahuizote; poco a poco, comenzaba a tener un incremento en su popularidad y solvencia económica, con lo que logró abordar una serie de experimentos gráficos, tales como la utilización de planchas de zinc, plomo o acero para la realización de sus grabados.

Fue a partir de la década de 1890 cuando Posada se dedicó de lleno a la ilustración de carácter nacionalista y popular, de la mano del impresor Antonio Venegas Arroyo. De esta época, Posada dibujó un sinfín de volantes, cuentos, leyendas, almanaques, caricaturas y bocetos satíricos narrando la vida cotidiana de un México gobernado por Porfirio Díaz. Poco a poco, Posada se acercaba a su máxima creación: La catrina.

Sus obras poco a poco fueron consolidándose como una crónica visual de un México desigual, innumerables sátiras de un país que se debatía entre el desastre y la ironía, con calaveras y esqueletos simulando la despreocupada vida del mexicano y su peculiar relación con la muerte.

Su obra abarca múltiples temas, entre los que cabría destacar las célebres «calaveras» o imágenes de ultratumba; los «desastres», que comprenden catástrofes de tipo natural (inundaciones, epidemias, sucesos astronómicos, nacimientos de seres monstruosos), accidentes, hechos sobrenaturales, crímenes y suicidios; los «ejemplos» o lecciones morales que pueden extraerse ante la perversidad y bestialidad humanas; sucesos sociales y políticos, donde sobresalen las viñetas referidas a las ejecuciones y los «corridos» revolucionarios; los milagros religiosos; la serie denominada Don Chepito, que narra las desventuras de un solterón ridículo, una especie de antihéroe; así como las imágenes captadas de la vida cotidiana con inigualable precisión e intención certera.

La Catrina surgió a partir del reflejo de la sociedad privilegiada, la clase alta y adinerada que, siguiendo la tendencia del presidente, comenzaba a tener una vida afrancesada, lo cual era considerado ridículo por otras clases sociales. La primera figura no tenía rasgos físicos aparentes, vestía sombreros y trajes de la clase alta, algunos fumando puros, bebiendo, en fiestas de ricos o pobres, la estampa perfecta de la burguesía, frívola y pretenciosa, del México del siglo XX. Así surgió la Catrina.

La Catrina no era el nombre oficial de aquel grabado, sino «La Calavera Garbancera», esto en referencia a los conocidos garbanceros, indígenas que dejaban atrás la venta del maíz por el garbanzo, y quienes pretendían ser europeos, renegando de su cultura y origen.

Fue Diego Rivera quien le dio el famoso nombre que perdura hasta hoy, luego de retratarla vestida (las calaveras de Posada solían estar desnudas a excepción de un sombrero, para evidenciar la pobreza de las personas que pretendían ser lo que no eran), en su mural «Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central».

A pesar de su trabajo, fue hasta su muerte que se comenzó a valorar la estética de su trabajo, específicamente al aprecio de Diego Rivera, quien lo consolidó como «Tan grande como Goya, Posada fue un creador de una riqueza inagotable. Ninguno lo imitará. Ninguno lo definirá. Su obra es la obra de arte por excelencia».

Posadas murió en la misma pobreza en la que había nacido, en la Ciudad de México, un 20 de enero de 1913.

Posada cerró su legado con la famosa Catrina, convirtiéndose en el Padre de la muerte, de la cual alguna vez dijo: «la muerte es democrática, ya que a fin de cuentas, güera, morena, rica o pobre, toda la gente acaba siendo calavera».