Música, danza y sabor…

RECORRIDO POR LA PLAZA, LA IGLESIA, ENTRE OTROS ASPECTOS DEL FESTIVAL PURÈPECHA DE ZACAN. Foto: Wendy Rufino

Zacán/Julieta Coria

Atole de charanda, negro, mamey, de grano, de caña… son pocos sabores de los muchos que la Feria del Atole ofrecía, no había persona que no tuviera en sus manos un plato con uno o dos tamales rojos, o de zarzamora, buñuelo y un vasito de atole bien calientito para el frío que poco a poco llegaba.

Era un pasillo largo al lado del Auditorio del pueblo de Zacán, donde las mujeres no se daban abasto en servir y servir; entre los atoles favorito estaba el negro, hecho con los pelos del elote, con un sabor tan delicioso que exige tomar más de uno; las cocineras tradicionales comparten el calor de su fogón con los cientos de asistentes que van llegando conforme avanza la noche, niños y adultos por igual.

RECORRIDO POR LA PLAZA, LA IGLESIA, ENTRE OTROS ASPECTOS DEL FESTIVAL PURÈPECHA DE ZACAN.

Del otro lado del Auditorio, en el estacionamiento, las bandas limpiaban instrumentos y practicaban algunas notas, afinando los últimos detalles mientras el enorme círculo naranja que es el sol, poco a poco, daba lugar a la noche, cambiando los tonos rojos del atardecer con un cielo negro tan cubierto de estrellas que ni la luz de la luna, en cuarto creciente, lograba opacarlas.

En Zacán, el Concurso Artístico de la Raza Purépecha representa una de las celebraciones más importantes de las cuatro regiones en Michoacán – El Lago, la Cañada de los Once Pueblos, la Meseta y La Ciénega- donde participan con música y danzas.

Para ingresar al auditorio, la fila es ordenada y rápida, dos mujeres vigilan la puerta; al interior, aún quedan lugares en el amplio espacio, papel picado cuelga del techo formando un círculo de colores que se mueven con el viento nocturno de la meseta purépecha.

RECORRIDO POR LA PLAZA, LA IGLESIA, ENTRE OTROS ASPECTOS DEL FESTIVAL PURÈPECHA DE ZACAN.

En el escenario, una veintena de bailarines interpretan el baile de La Mariposa; los grandes de la tarde fueron pequeños niños de entre seis y doce años aproximadamente, con sus trajes tradicionales y bordados con figuras de animales; en las danzas, los hombres usan huaraches y las mujeres suelen ir descalzas, portando todo su ajuar en el cabello y sus ropas, brillantes y bordadas con flores. Una imitación del templo principal del pueblo es el fondo para todos los danzantes, a la izquierda, un pequeño cuarto de madera cuelga a los lados las banderas de la nación mexicana y del imperio purépecha, un pequeño con su sombrero de palma admira a los concursantes, con una serenidad y altivez de cual hijo de emperador.

Los concursantes pasaron uno tras otro, pequeños con los rostros cubiertos por máscaras de madera, y elaborados tocados y bordados brillantes a la espalda; la tradicional danza de los viejitos, mujeres con hermosos ropajes típicos de la cultura purépecha, sonrisas amplias y ojos discretos bailaban con los pies descalzos sobre la madera; entre las voces, el español y el purépecha se unían, sin entender en muchos casos unos a otras, pero todas las diferencias del lenguaje se borraban cuando, en una fuerte ovación, aplaudían a los bailarines; ahí los gritos y chiflidos transmitían lo mismo.

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La noche llegó, el viento frío de la meseta helaba las mejillas y el Auditorio se llenó totalmente; ni una sola silla vacía. Al frente una orquesta acomodaba sus instrumentos, eran al menos una veintena de integrantes. Nuestro viaje terminaba, y la música de aquellos que estaban en el escenario nos daría la despedida.

“Estos que van a tocar son de los mejores, ¡uy! Nada más deja que los escuches”, le decía un señor algo pasado de copas a su compadre, poco antes de la primera nota de aquella enorme banda. La noche es la mejor parte de esta fiesta de tres días que cada año realizan en Zacán, y así mismo lo demostraban las personas, quienes desbordaban el lugar cada vez más, conforme avanzaba el tiempo y la noche llegaba.

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Eran las diez de la noche en punto cuando la orquesta invadió los oídos de los asistentes. El talento era tal, la coordinación, la canción, los segundos… que no hubo quien dijera ni pio durante su presentación, al menos durante los primeros minutos de ella. El escenario contrastaba contra el mar de sombreros de palma en cabezas de los asistentes; la música que emanaba de la orquesta no se limitaba a la música tradicional, sino que presentó una perfecta versión de “Can-Can” from Jacques Offenbach que deslumbró a todos los presentes y fue cerrada con una fuerte brisa proveniente de los entusiastas aplausos.

La fiesta apenas comenzaba, “lo mejor es a las 4 de la mañana, los danzantes nunca dejan de zapatear”, nos decían los que nos veían partir; sin embargo, el deber llama y la ciudad espera; dejamos atrás la pachanga y el Concurso siguió su ritmo, tres días de fiesta por cientos de años de legado de una de las culturas más diversas, valientes, artísticas y deliciosas que existen en México; aquella que le dio poderío y orgullo al estado de Michoacán, la raza purépecha.

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