Después de Brasil 2014…

Fotos Alan Ortega

 

Morelia/ Víctor Rodríguez Méndez

Un Mundial de futbol es más que un evento organizado por esa oligarquía empresarial llamada FIFA. Se trata de un fenómeno colectivo que ensalza y fortifica lo mejor y lo peor de la cultura universal. En realidad no se vive un Mundial, sino varios, dependiendo de la óptica y las costumbres de cada país. Porque sucede que el Mundial dota a sus aficionados de un nuevo bien de consumo para nutrir su realidad cotidiana. Y he aquí entonces que la justa futbolera se consume a raudales en las noticias que emanan de noticiarios, portadas de diarios, memes, tuits y homepages en todo el orbe. También se deglute con especial agrado en el imaginario colectivo, se saborea en la charla cotidiana de la calle, el trabajo, el bar y la sobremesa. Ningún espacio le es indiferente a este monstruo mediático llamado Mundial de Futbol.

Uno de esos mundiales se vive, se padece y se glorifica a través de los medios de comunicación; particularmente, en las transmisiones de televisión donde todo es imagen y representación, ficción y mentira, arrebato o mesura. Es en estas tribunas mediáticas donde se maquina la visión del futbol que a cada televisora le interesa. Una visión, por cierto, emparentada con el negocio y la provocación nacionalista.

Otro muy especial es el Mundial de las calles. Ése que tuvo un prolegómeno de índole social y política muy fuerte. Resulta curioso que en un país donde por antonomasia es de pasión futbolera, las críticas a la organización del evento se hayan dado con singular fuerza. En México también se calentaron los ánimos con la disputa política por la reforma energética, cuyas críticas negativas del sector progresivo del país veía en el Mundial una tórrida cortina de humo.

Pero empezó la fiesta pambolera y el espíritu del deporte le ganó a las consignas y los gritos de rebelión sociales. Ganaron el grito de gol, los cánticos de fidelidad e identidad, el buen futbol que se vio a raudales, incluso ganó la justicia deportiva al coronarse el equipo alemán.

La caótica escena que mostró el país meses antes del inicio del Mundial se convirtió en un acto punible cuando se vio reflejado en el triste espectáculo de la gran favorita, Brasil, por su tradición y su localidad. Acorde con el declive social, su selección mostró las miserias de un país en crisis y que, a patadas, literalmente, busca su reconstrucción.

Y también, vale decirlo, habemos muchos públicos que nos deleitamos y padecemos los sinsabores que nos prodiga en Mundial y nuestra selección en particular. Dice Vladimir Dimitrijević que el futbol “puede practicarse con no importa quién, no importa cómo, no importa dónde”, por eso es tan importante y representa más allá de síntomas de alegría o pesar para los aficionados. Es la convocatoria a la fiesta, al compartimiento de afinidades, a la revelación de un hilo conductor de la vida misma para mucha gente.

Dimitrijević también decía que el país organizador de cada Mundial condiciona al público y determina sus reflejos, por su decorado y estado de ánimo. Esta vez ganó la samba y el bossa nova, las caipiriñas y en general la alegría de un pueblo que padece injusticias y las proclama, pero no pudo —por ahora— en contra de la efusividad y encanto de este deporte. Ganó, por ahora, el futbol.


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