Dolor a flor de piel…

Imagen: Héctor Tapia
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Santa Fe de la Laguna, Mich/Héctor Tapia

 

Los preparativos avanzan. No es algo menor: son días de recordar a los que ya se fueron, a los que están, desde la memoria, acompañando a los que se quedan.

Por la plaza de Santa Fe de la Laguna caminan algunas persona con grandes ramos de flores de Cempasúchil a cuestas; ahí mismo, los puestos tienen cubetas repletas de éstas flores, utilizadas durante los rituales de la memoria, para alumbrar el camino del momentáneo regreso de los ausentes, de quienes están ya en otro plano: el de los muertos.

Al voltear a uno u otro lado, ellas, las madres, de pelo con trenzas teñido de canas y rebosos negros, a paso corto pero apresurado, llevan en los hombros las flores.

Niños purépechas juegan a la pelota frente a un Vasco de Quiroga de metal que, inmóvil, presencia el paso indolente de las horas.

La primera camioneta con turistas, se les ve a lo lejos, que, aunque con sus atuendos típicos de esa región michoacana, traen cámaras en mano, dialogan en inglés, caminan entre los portales, toman fotos. Los lugareños no se inmutan. Al ser fechas tradicionales, que distinguen a la zona, han de estar acostumbrados a recibir este tipo de visitas durante los días de muertos.

 

En familia…

 

Si bien, regularmente se llevan a los panteones las ofrendas, con lo que le gustaba al ausente, en lo que es el primer año de su ausencia la ofrenda se hace en casa.

Así lo hizo la familia de Isidro Samuel. Su esposa y 7 de sus 8 hijos, más yernos, nueras y nietos, se reúnen en la casa, están haciendo el altar, justo en el patio central de la casa.

A la entrada de la casa un grupo de ellos elabora parte del altar. Con taza de atole o café a un lado, cortan y cortan tallos a las flores. En la puerta, dos tinas de peltre que casi desbordan maíz cocido. Se utilizará para el pozole que se ofrecerá a los visitantes, a los familiares, vecinos, amigos, que recuerden a don Isidrio Samuel.

Sus últimos 10 años fueron un tormento, dice su viuda. Padecía la enfermedad de Parkinson, hasta que finalmente le llegó la hora apenas en diciembre pasado. Es el primer año que a Isidro le tocará visitar a sus familiares desde el umbral de los ausentes. Le recibirán con lo que le gustaba: pescado, pozole, menudo.

Era todo un señor respetable, lo dice la gran cantidad de ahijados que tenía don Isidro Samuel. Se espera que todos ellos vayan a la casa a estar con la familia.

Parece no haber dolor por la falta de don Isidro; no hay lágrimas, caras largas ni congoja. Aunque quizá lo viven distinto. Ahí están los hijos, nietos, todos colaborando para tener todo listo para el mero día, éste primero de noviembre, que es el día de los adultos y “los casados”, explican los familiares.

Son amables, platicadores. Hay tranquilidad y calor de hogar en esa casa. Hasta el gato que duerme en el tejaban lo percibe, descansa, vigila. Juntos pero separados saben lo que cada uno tiene que hacer para que todo quede listo. Llevan dos días trabajando en el altar, van en el tercero. Seguro quedará listo para este primero de noviembre.

 

 

Infantil ausencia

 

A unas cuantas cuadras de la carretera, cerca de la plaza de Santa Fe de la Laguna, en el Portal Irecha, preparan todo para esa noche. Ahí, hace apenas un par de meses vivía una jovencita de 12 años que murió atropellada. ¡12 años!, una niña.

Afuera, cortan pencas de maguey en formas de cucharas. Adentro, el camino está trazado, va desde la entrada de la casa hasta la habitación que era de la niña. A poco tiempo de su muerte: ¿cómo preguntar más sobre la niña?, ¿cómo vivirán su ausencia?, ¿cómo, sin invadir de más su espacio, preguntar sin despertar el dolor?

En el cuarto, la ofrenda, con pan de muerto, veladoras, flor de cempasúchil. Hay un retrato de la jovencita, trae un vestido tradicional, en la imagen está sonriendo levemente. A una veladora alumbra el portarretrato.

La casa está prácticamente en silencio. Sólo se escucha el pasar de un lado para otro de las mujeres de la casa que buscan que nada falte. Atienen a todos. De igual forma, de manera amable reciben en su casa, dejan pasar, conversan. Ofrecen un plato de pozole. “Ahorita traen el limón, fueron a cortarlo del árbol”. Siguen en sus labores. Es el día de Santos, todo tiene que quedar listo para la noche. “Hay más pozole, por si gustan”, pregunta la anfitriona. Amables, sonríen, continúan con lo suyo.