Algo raro le pasa al gato

Morelia/Acueducto/Valdo Arciga

Nunca me gustaron los gatos, es más, no entendía la fascinación que tiene mi mujer por esos animales que miran a todos con desprecio y hacen de los humanos seres inferiores. Tal parecía que la situación era ambivalente: yo no le agradaba a los gatos; sin embargo, Toby, el gato que mi mujer encontró en la calle, me pareció muy amable. Aunque yo me alejaba de él y me sentaba en cualquier otro lugar de la casa, ese pequeño felino iba hacia mí y se montaba en mis piernas. No tenía otra opción más que acariciarlo, le pasaba la mano bruscamente al principio para que optara por irse, pero después le agarraba gusto y lo hacía con suavidad mientras que él ronroneaba. Tampoco entendía por qué mi mujer le había puesto Toby, me preguntaba si era como una metáfora que reducía a la masculinidad del club de Toby a un pequeño gatito indefenso. No lo sé, ella siempre ha sido feminista.
Mi mujer, Lucrecia –a la cual siempre me he referido como “Lu”-, era la dueña de la casa, no solo metafóricamente, en realidad la casa se la habían heredado sus padres. No era una casa grande, más bien era angosta; una construcción tan vieja como la mayoría de las casa del centro de Morelia.
Lu estudió veterinaria y le encantaban los animales; además del gato había dos pericos que apestaban la casa y a los cuales les enseñé a decir “puto”; también había un perro gigantesco (un labrador bastante miedoso que a diario iba a nuestro cuarto a acostarse y que más de una vez se orinó en la cama). Constantemente, los vecinos habían ido a casa para reclamar por el ruido. Yo me disculpaba y prometía que no volvería a pasar, Lu en cambio aprovechaba cualquier momento para defender a su rebaño.
Lu no tenía su propio consultorio, trabajaba en uno cerca de casa, la dueña era una amiga suya que conoció en la facultad de veterinaria. Yo apenas había terminado la prepa y trabajaba en la tienda que mi padre nos dejó a mi hermano y a mí. La mayoría del tiempo los dueños de la casa eran los animales.
Un día, después de hacer inventario, llegué a casa cansado. Me eché en la cama y quedé dormido sin recordar nada. Empecé a sentir un cuerpo ajeno en mi pecho, era ligero, pero incómodo, el cansancio me impedía abrir los ojos. Después de haber dormido un largo rato, desperté y me di cuenta que Toby estaba recostado sobre mí. Se escucharon golpes continuos en la puerta de metal de la entrada. Toby, alterado, se levantó, encrespó y contrajo las uñas: me tatuó un mapa topográfico en la piel. Grité, pero eso solo lo alteró más y huyó. No supe bien a dónde, siempre he considerado que los gatos son animales incapaces de ser domesticados. Toby salía de casa y regresaba sin ninguna pista que nos indicara adónde había ido. Lu en ocasiones se lamentaba al pensar que Toby tenía más de una familia.
Abrí la puerta y descubrí a mi vecina, doña Malu, con una camisa de algodón roja (de las que regala el PRI), unas mallas negras y unas sandalias de pata de gallo; en la mano derecha tenía una caja de cartón con agujeros y con la extremidad izquierda se disponía a tumbarnos la puerta.
-¿Qué pasó, doña Malu?
-¿Y todavía preguntas, cínico?
Me tallé el ojo derecho. Aún tenía sueño.
-¿Por qué dice eso?
-Tu pinche gato se metió a tragarse las enchiladas de mi marido. Él está vuelto loco, quería meterle un balazo en la cabeza a tu animal, pero no lo dejé.
-Eso no puede ser, doña Malu, el gato estaba aquí conmigo.
-¿No? Pues nomás mira.
La mujer arrojó la caja al suelo y esta se abrió, de allí salió Toby quien no dudó en escudarse detrás de mí.
-Óyeme bien, muchacho –continuó Malu-, que sea la última vez que se mete a mi casa, para la otra no respondo.
Doña Malu hacía ademanes con las manos, siempre le encantó el drama, en más de una ocasión protagonizó, junto a su marido, escenas de violencia familiar, su esposo la golpeaba por celos, y ella chillaba y gritaba por ayuda. Cuando un anónimo hacía el favor de llamar a una patrulla, ella arremetía contra los policías que intentaban llevarse a su hombre. A comparación de esas noches, Toby y los demás animales no eran ningún impedimento para dormir.
Me revisé el pecho. Aún tenía tatuado todo el amor de Toby en la dermis. Estaba seguro de que era él el que dormía sobre mi pecho cuando la vecina de chongo desaliñado llamó a la puerta. Me senté en el sillón. El perro se acostó a mis pies, los pericos me gritaban “puto” y Toby se subió a mis piernas. Con esa escena recibimos a Lu cuando llegó.
-Estoy muerta –dijo.
-Ya somos dos.
Se sentó a mi lado.
-Hoy tuve que atender a un conejo, me gustan esos animalitos pero son muy inquietos, me tiró una mordida.
-Gajes del oficio, mi amor –la abracé.
Continuamos viendo televisión hasta que nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente lo primero que vi fue una mancha en la manga de Lu, la arremangué y le descubrí una herida en el brazo, estaba en carne viva, parecía muy reciente. Toby no estaba, el labrador seguía allí y los pericos también –¿adónde más irían?
Lu comenzó a temblar. Le toqué la frente y estaba hirviendo, sudaba a litros.
La desperté y ella tenía los ojos muy rojos… carnosos.
-Lu, ¿te sientes bien?
No contestó, no con palabras, pero su rostro cansado, pálido, me decía todo. Me levanté de inmediato. La cargué hasta la cama. Ahí estaba el gato viéndonos, me pareció extraña su mirada: altanero, satisfecho de haber cometido algún crimen. Odié a Toby, lo odié como no creo haber odiado a ningún animal. Le arrojé el bote de crema Ponce pero no logré impactarlo contra el felino porque Toby salió disparado. Se detuvo un momento en la ventana y salió.
Llamé a Rodrigo, mi hermano, (él sí tenía carro) para poder llevar a Lu a la sala de urgencias del IMSS. Lu estaba volviendo el estómago en litros de jugo gástrico amarillo.
En Urgencias, una mujer morena, rechoncha, nos dijo que no se había renovado el carnet y sería imposible atendernos así. Respingué, pero no sirvió de mucho, Lu seguía agonizante. La sacamos de allí con Rodrigo y la llevamos a casa. En el camino aproveché para llamarle al doctor Marcos, pero su consulta era muy cara, ya habíamos intentado en una Similares pero se quedaron sorprendidos y reconocieron que no sabían qué hacer, les costó, pero lo hicieron. Saqué dinero de la ranita de ahorro para poder pagarle al galeno, me descapitalicé, aunque sabía que en determinado momento tendría que pagar medicinas, tal vez tomaría prestado del dinero de la tienda.
Llegamos a casa y de nuevo la recosté en la cama. El doctor llegó poco después. Las heridas en el brazo de Lu se habían expandido creando yagas, era como si le hubieran quemado el brazo.
Mientras el doctor la analizaba, descubrí que el gato estaba en la ventana, mirándonos sin descanso, con desprecio, como si nos preocupáramos por nada. El doctor dijo que en el brazo se notaba una mordida de algún roedor, le aclaré que había sido un conejo, él me dijo que se trataba de un parásito muy agresivo que se alojó dentro de Lu. Con unas pinzas, sacó un gusano larguísimo de la extremidad de Lu. El gusano era negro, se secó en cuanto le pegó la luz. El doctor me dijo que era probable que el “hematófago” (así lo nombró) haya incubado dentro de Lu, así que recetó antibióticos y lavados constantes con agua oxigenada. El doctor se fue bastante tranquilo, pero yo me sentía morir. Si eso le había hecho un solo parásito, no quería imaginar lo que le harían varias de esas cosas. Rodrigo se fue para atender la tienda y yo fui a la farmacia a comprar el agua oxigenada y a consultar el precio de los antibióticos. Cuando regresé vi al gato lamiéndole la herida. Enfurecí. Estaba colérico y arremetí contra él, pero de nuevo fue más rápido que yo. Me senté junto a Lu y le acaricié la cabeza. Ella estaba inconsciente.
A la mañana siguiente, desperté sin Lu a mi lado. No estaba en la cama. Me levanté desesperado y la descubrí en la cocina. Ya no estaba pálida, no presentaba ninguno de los síntomas del día anterior, pero sí se advertía triste. Miraba al gato que estaba tumbado de lado en el piso, con el abdomen inflamado. Parecía que le explotaría. Su rostro se veía cansado, me dirigió una ligera mirada pero esta vez no percibí desprecio, sino súplica, como sí el gato me pidiera perdón. Dejó caer la cabeza.
-Algo raro le pasa al gato –exclamó Lu. No parecía que se me estuviera muriendo el día anterior.
El gato murió antes de llegar al consultorio. Lu le sacó del abdomen un gusano negro igual que lo hizo el doctor Marcos con ella. Toby, muerto y con las tripas de fuera, me seguía mirando y no creo poderme librar de esa mirada jamás.


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